Opinión

Diferentes voces sobre la decadencia de Occidente

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La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos presenta una Europa en franca decadencia. Algunos analistas, de diferentes lados del espectro político, también sugieren que realmente se está entrando en ese proceso.

Occidente atraviesa una crisis en la que las instituciones muestran signos de fatiga, la polarización se intensifica, el crecimiento económico se desacelera y la cohesión cultural se fragmenta.

Basta mirar las encuestas, las calles, los Parlamentos o los propios hogares : el malestar ya no es anecdótico. No creemos que afirmar esto sea caer en un discurso apocalíptico, sino aceptar un reflejo de la realidad que coincide con las advertencias que los grandes teóricos del ciclo civilizatorio formulan desde hace décadas.

Lo que para algunos observadores pudiera tratarse de un mal momento cíclico, para ellos era el síntoma inequívoco de un agotamiento profundo. Si el Estado es un organismo vivo, como defendían los padres de la geopolítica, hoy ese organismo parece entrar en una fase crítica de desgaste interno.

Hace bastante tiempo ya, se había afirmado que el Estado funciona como un ser vivo porque tiene metabolismo económico, sistema nervioso institucional, tejido social y un cuerpo físico representado por el territorio.

Esa visión recordaba que ningún organismo está exento de ciclos : puede expandirse o atrofiarse, fortalecerse o enfermar. El Occidente contemporáneo parece ajustarse cada vez más a la descripción de un organismo que ha pasado de una sólida madurez al inicio de una obvia decrepitud, es decir, se manifiesta como un adulto que aún camina erguido, pero respira con dificultad.

Otros no percibían la decadencia como una catástrofe, sino como un enfriamiento, porque a su juicio, una civilización entra en declive cuando conserva su poder técnico pero pierde su impulso espiritual.

Lo que predomina entonces es una atrofia administrativa : reglas, procedimientos, burocracias y estructuras cada vez más complejas que sustituyen la vitalidad cultural por mera gestión, y es que el mundo occidental actual encarna con precisión ese diagnóstico.

Según otras vertientes, el final no llega como un derrumbe, sino como una larga maduración donde el sistema se conserva, pero ya no crea.

Algunos autores aportaron una explicación casi mecánica al final de las civilizaciones : los sistemas sociales aumentan su complejidad para resolver problemas, pero llega un momento en que cada incremento adicional produce rendimientos decrecientes, ya que sostener la estructura consume más energía de la que la estructura devuelve, y cuando eso ocurre, las sociedades se vuelven rígidas, vulnerables y económicamente insostenibles.

El Occidente actual muestra síntomas inequívocos de ese exceso : una Administración lenta y pesada, normativas que proliferan sin resolver, instituciones incapaces de adaptarse a la velocidad del entorno.

La complejidad, en vez de un recurso, se convierte en lastre, y los ciudadanos y las empresas lo perciben cada vez que realizan un trámite que antes era sencillo y hoy parece diseñado para agotar su paciencia.

Algunas voces veían la clave del declive no en la economía o en la técnica, sino en la capacidad de las élites para ofrecer respuestas creativas a los grandes desafíos, y cuando estas élites se transforman en grupos defensivos, más preocupados por conservar su estatus que por renovar el proyecto colectivo, la civilización entra en una fase de descomposición moral.

Esa pérdida de liderazgo no sólo erosiona la legitimidad, sino que destruye el relato coherente que permite a una sociedad sostenerse en momentos de crisis. El liderazgo occidental actual, enfocado en la premisa del corto plazo electoral, encaja dolorosamente en el modelo ese que dice que “administra pero no inspira confianza”. La política se ha transformado en un espectáculo de supervivencia, no de visión.

Según algunos modelos de dinámica histórico-demográfica, las sociedades entran en fases de turbulencia cuando coinciden la sobreproducción de élites, el estancamiento del nivel de vida y una presión fiscal creciente que no se traduce en mejoras perceptibles.

Estados Unidos, y con él buena parte de Occidente, atraviesa desde 2020 un período que confirma estas predicciones : polarización extrema, deterioro institucional, declive del bienestar real y un clima político cada vez más volátil. Y no se trata de incertidumbre, sino de un patrón repetido a lo largo de la historia.

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