Cada cierto tiempo, algunos empresarios deciden explicar los problemas económicos y sociales del país mirando siempre en la misma dirección: hacia abajo. De los creadores del “en España falta compromiso con la cultura del esfuerzo” de Juan Roig o “yo quiero trabajadores que me cojan el teléfono a las 11 de la noche” de José Elías llega ahora el “la gente está muy pendiente de cuáles son sus derechos como trabajadores” del fundador de Scalpers, Borja Vázquez. El empresario andaluz afirmó sin rodeos que “la gente no quiere currar”, que vivimos en “tiempos fáciles” que crean trabajadores “débiles”, entre otras lindezas que delatan algo más que un argumentario de regeneración económica y moral.
Desde el Sindicato de Trabajadores creemos que hay que responder con serenidad, pero con enérgica firmeza a este tipo de comentarios y los marcos mentales que pretenden implantar. Detrás de estas palabras hay una idea peligrosa: que los derechos laborales son un capricho y no el resultado de décadas de lucha social. Reducir el debate laboral a que las personas se interesen por el teletrabajo o por la conciliación es no haber entendido nada de lo que está pasando. Los trabajadores no preguntan por sus derechos porque sean vagos; lo hacen porque saben, por experiencia que, si no los defienden, nadie lo hará por ellos.
Hablar de la reducción de jornada como de un ataque a la productividad es ignorar que cada paso adelante en la rebaja del tiempo de trabajo ha ido acompañada de aumentos es este indicador clave, de mejoras en la salud laboral y de avances sociales que hoy damos por sentados. No es que “lo hayamos permitido”; es que la sociedad ha decidido, democráticamente, que vivir no puede ser solo trabajar. España tiene un problema de productividad, sí. Pero no porque los trabajadores no quieran trabajar, sino porque demasiadas empresas siguen compitiendo a base de salarios bajos, precariedad y jornadas interminables. La productividad no se incrementa exprimiendo más a quien ya está agotado; se incrementa con inversión, innovación, formación y buenas políticas de recursos humanos.
Compararnos con países donde “la gente no se pregunta por sus derechos” debería hacernos reflexionar, pero no en el sentido que sugiere el señor Vázquez. Allí donde los trabajadores no preguntan por sus derechos suele ser porque no los tienen. Y eso no es un modelo a imitar, sino una advertencia. Uno de los mensajes más preocupantes de sus declaraciones es la idea de que las empresas están “obligadas a sostener a la base activa de la población” y que eso no debería ser así. Conviene recordar algo básico: las empresas no existen en el vacío. Funcionan gracias a infraestructuras públicas, educación financiada con impuestos, sanidad que cuida a sus trabajadores y un marco legal que garantiza estabilidad. Y, por tanto, es justo exigirles que correspondan a tanto beneficio social.
Es alarmante que, a estas alturas, hay que recordar que los derechos laborales no son concesiones del empresariado; son normas colectivas que equilibran una relación que, por definición, es desigual. Sin derechos, no hay libertad real para el trabajador, solo necesidad. Se acusa a los trabajadores de vivir en una cultura de “haz lo que quieras y no pasa nada”. Resulta curioso escuchar esto desde posiciones de poder económico. Porque si hay alguien que ha gozado durante años de libertad sin consecuencias, han sido muchas grandes empresas: despidos baratos, externalizaciones, beneficios privatizados y pérdidas socializadas.
Nadie niega que emprender implique riesgos. Pero asumir riesgos no convierte automáticamente al empresario en un benefactor social ni justifica despreciar a quienes sostienen el negocio con su trabajo diario. Sin trabajadores no hay empresa, del mismo modo que sin empresa no hay empleo. La diferencia es que el trabajador arriesga todos los meses su estabilidad vital, no solo su capital. Cuando se despide a alguien con un “búscate otro trabajo”, se olvida que detrás hay hipotecas, familias y proyectos de vida. Normalizar el despido como algo casi trivial no es realismo económico; es deshumanización.
Hablar constantemente de los “deberes” de los trabajadores sin mencionar los deberes empresariales —salarios dignos, estabilidad, respeto, condiciones decentes— revela una visión muy desequilibrada de la relación laboral. España no es un país de “hombres y mujeres débiles”. Es un país de personas cansadas de la precariedad, de jóvenes que no pueden emanciparse, de trabajadores que quieren vivir mejor que sus padres y no peor. Defender nuestros derechos no nos hace débiles, nos hace una sociedad más fuerte. Y de ahí salen empresas más competitivas. Los empresarios como Borja Vázquez deberían saberlo y obrar en consecuencia. O, al menos, no opinar a la ligera en espacios afines como determinados podcasts que solo ejercen de palmeros.