Opinión

Educar con el alma: los hijos no se pierden en la calle, se pierden en casa

Los hijos no se pierden en la calle, se pierden en la casa. Esta frase, encierra una verdad incómoda: el destino interior de un hijo no se decide principalmente en el exterior, sino en el espacio más íntimo y cotidiano de su vida. La calle puede ofrecer riesgos, tentaciones o desvíos, pero el verdadero rumbo —o extravío— se gesta en el hogar, en la calidad del vínculo con quienes lo educan.

La familia es el primer mundo que el niño habita. Antes de comprender normas, valores o palabras, el hijo aprende a sentir. Aprende si es digno de amor, si el mundo es confiable, si su existencia tiene valor. Por eso, cuando hablamos de hijos perdidos, no siempre hablamos de conductas visibles o de rupturas evidentes. Muchas veces hablamos de pérdidas silenciosas: la pérdida del sentido, de la identidad, de la confianza básica en la vida.

Ser padres: más allá de lo biológico

Ser padre o madre no se reduce al hecho biológico de engendrar. Procrear es un acto natural; educar es un acto humano. Los animales cuidan por instinto, pero solo el ser humano puede formar, acompañar, orientar y amar con responsabilidad consciente. La paternidad y la maternidad auténticas no comienzan ni terminan en el parto: se despliegan a lo largo de la vida como una vocación que exige presencia, compromiso y sentido.

Ser padres implica estar, no solo con el cuerpo, sino con el alma. Estar disponibles emocionalmente, atentos a las necesidades profundas del hijo, dispuestos a escuchar más allá de las palabras. Un padre o una madre ausentes emocionalmente pueden convivir bajo el mismo techo sin realmente acompañar el crecimiento interior del niño.

El hogar como primer lugar de sentido

La casa es mucho más que un espacio físico. Es el primer lugar donde el ser humano se pregunta, aunque no lo sepa, si la vida merece ser vivida. Desde una perspectiva humanista, influida por la logoterapia de Viktor Frankl y desarrollada por Elisabeth Lukas, sabemos que el ser humano no vive solo de afecto ni solo de normas: vive de sentido.

El sentido no se enseña como una lección, se transmite como una experiencia. Se comunica en los gestos cotidianos, en el modo en que se resuelven los conflictos, en la manera de mirar al otro. Un hogar marcado por la indiferencia, la violencia, el silencio emocional o la sobreprotección no solo confunde al niño: lo desorienta interiormente. Allí comienza una pérdida importante, aunque todavía no se manifieste hacia fuera.

Cuando un niño no se siente visto, escuchado o valorado por quien es, puede empezar a desconectarse de sí mismo. Aprende a adaptarse, a cumplir expectativas, a callar lo que siente. Y ese abandono interior suele preceder a cualquier extravío posterior.

Educar es construir humanidad

Educar no es imponer ni controlar. Tampoco es moldear al hijo según los deseos o frustraciones de los padres. Educar es acompañar a un ser único e irrepetible a descubrir quién es y para qué está en el mundo. Es una tarea lenta, artesanal, que no admite recetas rápidas.

Ser padres es convertirse en constructores de humanidad. Es preguntarse cada día qué tipo de persona se está ayudando a formar, no solo qué logros se están obteniendo. Esta tarea exige tiempo, paciencia y renuncia. A veces, educar consiste más en sostener que en corregir; más en escuchar que en hablar.

Desde una mirada humanista, educar es también enseñar a enfrentar el sufrimiento con dignidad. No se trata de evitar todo dolor, sino de ayudar al hijo a descubrir que incluso en la dificultad puede encontrarse sentido. La vida no siempre será justa ni fácil, pero siempre puede ser significativa.

Amar sin poseer: el camino hacia la autonomía

Uno de los mayores desafíos de la paternidad es aprender a soltar. Al inicio, el hijo depende completamente de sus padres. Con el tiempo, necesita separarse, tomar decisiones propias, equivocarse. Este proceso, aunque natural, suele ser doloroso para los padres, porque confronta el miedo a perder.

Sin embargo, los hijos no pertenecen a los padres. Son confiados por la vida durante un tiempo, como dice el poeta. Amar no es poseer, sino preparar al otro para la libertad. Educar es ayudar al hijo a volar, aunque ese vuelo implique distancia.

Frankl recordaba que el ser humano se define no solo por lo que recibe, sino por cómo responde a lo que la vida le presenta. Los padres no pueden elegir por sus hijos, pero sí pueden ofrecerles recursos interiores: valores, confianza, sentido. Esa preparación comienza en casa, en lo cotidiano, en los pequeños actos coherentes.

Cuando el hijo se pierde dentro del amor

La mayor tragedia no es que un hijo o hija se pierda fuera, sino que se pierda entre quienes lo aman. Esto ocurre cuando hay presencia física, pero ausencia emocional; cuando se provee lo material, pero falta el encuentro profundo. Padres agotados, absorbidos por el trabajo o por sus propias heridas, pueden no advertir que el hijo necesita algo más que cuidados externos.

No basta con compartir un espacio: hay que compartir la vida interior. Un niño puede sentirse solo incluso rodeado de afecto si no se siente comprendido en su singularidad. A veces, el amor se transforma en control; otras, en indiferencia disfrazada de libertad. En ambos casos, el hijo puede crecer con la sensación de no ser suficiente o de tener que ganarse el amor.

Esto no es una acusación, sino una invitación a la conciencia. Todos los padres están aprendiendo. Todos arrastran historias, carencias y miedos. Educar con el alma exige también mirar hacia dentro, reconocer las propias heridas para no transmitirlas sin querer.

Una paternidad humanista: amar con sentido

El humanismo personalista ofrece una mirada esperanzadora: el ser humano siempre está en camino. Siempre puede cambiar, reparar, volver a empezar. Aplicado a la paternidad, esto significa que nunca es tarde para reconstruir un vínculo, para pedir perdón, para estar de un modo nuevo.

Ser padre o madre no es alcanzar la perfección, sino vivir la autenticidad. Es acompañar al hijo en su búsqueda de sentido, respetando sus tiempos y sus procesos. Confiar en que incluso en la fragilidad existe una capacidad interior de elegir el bien.

Los padres están llamados a ser faros, no jaulas. A iluminar, no a encerrar. A señalar horizontes, no a imponer caminos. Educar con sentido implica escuchar más que juzgar, preguntar más que afirmar, amar incluso cuando no se comprende.

Educar con el alma

Los hijos no se pierden en la calle. Se pierden cuando no se sienten amados en su totalidad, cuando no encuentran una mirada que los reconozca y los oriente. Pero también pueden reencontrarse. Porque el amor auténtico, cuando es humilde y perseverante, tiene una fuerza profundamente sanadora.

Educar con el alma es reconocer que el hijo no es una extensión de uno mismo, sino un misterio confiado. Es aceptar que no hay padres perfectos, pero sí padres presentes, que saben distinguir entre el “tener y el ser”. Y es, igualmente asumir que ser padres es una de las formas más ricas y transformadoras de construir humanidad y sentido en el mundo.

Miguel Cuartero. Orientador Familiar.

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