“La grandeza para poder sentirse uno embellecido, no se enseña ni se adquiere, se cultiva internamente con aire donante y místico horizonte. Esto se consigue, con más poética que política; es decir, avivando el calor de hogar como brío cooperante y con una educación en familia, que nos despierte hacia el fraterno cambio”
El proceso de globalización de este mundo nuevo, nos llama al entendimiento, ofreciéndonos la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria, lo que requiere de todos nosotros una buena gestión, comenzando por un total desprendimiento de lo mundano. Por desgracia, la realidad suele llamarnos al orden, siendo testigos del incremento de la pobreza y la desigualdad, contagiando asimismo con una crisis a todo el mundo. A poco que nos adentremos en las diversas situaciones, seremos testigos de las consecuencias de nuestro fracaso actual, sobre todo a la hora de equilibrar las dimensiones económicas, sociales y medioambientales del desarrollo. Comencemos a darle valor al bienestar humano, siendo más éticos y responsables.
Lógicamente, esto significa que los dinamismos del progreso deben gestionarse, superando la idolatría del beneficio y poniendo siempre al individuo y a su impulso sistémico en el centro. Lo frágil es lo que debe importarnos y ponernos en movimiento, con una actitud más benigna y solidaria, jamás egoísta o excluyente. En efecto, porque todos compartimos idénticos espacios; en consecuencia, hemos de asegurarnos que las novedades sean tratadas con hálito colectivo y desvelo amistoso. Reconocer nuestra común humanidad nos insta a ser más alma que armadura, para sustentar la savia y sostener el aliento viviente, sin andares interesados, para no agotar los recursos del planeta, de los que todos somos parte.
Despoblémonos de mediciones injustas y poblémonos de amor verdadero; ese que se dona sin esperar recompensa alguna, pero que aminora tensiones e incertidumbres, sobre todo ante el deterioro de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad, el aumento de los conflictos y la inseguridad alimentaria, sumado todo ello a las desigualdades históricas, que nos dejan sin conciencia para hacer propósito de enmienda. La vida no es para que la vivan los privilegiados, es para que la disfrutemos todos los seres, lo que nos demanda a implicarnos mutuamente. La cuestión, por tanto, no debe quedar únicamente en manos de las élites políticas, científicas o académicas. Jamás olvidemos, pues, que nadie es más que nadie, para colaborar y cooperar por un orbe más justo.
La creatividad nos regenera realmente, conectando pulsos y pausas diversas, es más celeste que mundana. Trabajarla en comunión y en comunidad es como se avanza. Muchas veces es cuestión de estar en guardia como auténticos cultivadores del edén poético, sobre todo para asegurarnos de que, cuando se satisfagan las necesidades más complejas, no se descuiden las vitales. Este atropello general hace que las personas se vean privadas de lo necesario y sumergidas en las cosas accesorias. Hoy más que nunca, tenemos que mostrar empeño en que un mayor adelanto de la civilización, pasa por universalizar la salud, el capital social y la calidad del medio ambiente; contribuyendo de manera integral, a la realización de la persona, como ser pensante con libre voluntad.
En el fondo, todos somos cantautores de belleza, lo importante es conseguir expresar lo creado, el níveo reflejo del esplendor que durante unos instantes brilla ante los ojos del espíritu condescendiente. Así, mientras cada contienda nos destruye mar adentro y no deja a nadie preservado, el amor y el deseo son las hélices del soplo de las magnas hazañas. La grandeza para poder sentirse uno embellecido, no se enseña ni se adquiere, se cultiva internamente con aire donante y místico horizonte. Esto se consigue, con más poética que política; es decir, avivando el calor de hogar como brío cooperante y con una educación en familia, que nos despierte hacia el fraterno cambio. Porque el vigor no lo da sólo el dinero, que también, pero aún más soñar; como no es sólo existir, es además asistir.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor