Durante una completa charla-coloquio, el investigador totanero expuso los resultados de dos años de trabajo que combinan prospección arqueológica, análisis documental y revisión de las fuentes clásicas para ofrecer la visión más completa elaborada hasta la fecha sobre la presencia romana en el municipio.
Su estudio cuestiona algunas teorías tradicionalmente aceptadas y abre nuevas líneas de investigación sobre la verdadera importancia que pudo tener Totana en época romana.
La historia de Totana aún guarda numerosos capítulos por escribir. Bajo las calles del casco urbano, entre los campos de cultivo del Valle del Guadalentín y en las laderas de las sierras que rodean el municipio permanecen ocultos vestigios de un pasado que apenas comienza a conocerse. Esa fue la principal conclusión de la conferencia pronunciada este jueves por el historiador Jesús Sánchez Alguacil en la Biblioteca Municipal "Mateo García", donde presentó oficialmente su libro El núcleo romano de Totana. Una visión de conjunto, obra distinguida con el IX Premio de Investigación Histórica "Alporchón".
La charla reunió a numerosos vecinos, investigadores y aficionados a la historia local que siguieron con atención una exposición apoyada en abundante material gráfico, fotografías de yacimientos, mapas históricos y reconstrucciones del territorio. Más que una presentación literaria, el acto se convirtió en un recorrido por casi dos mil años de historia, desde las primeras noticias sobre restos romanos en Totana hasta las investigaciones arqueológicas más recientes.
Un premio que impulsa el conocimiento del patrimonio local
La encargada de abrir el acto fue la concejala de Cultura, Maribel Rubio, quien agradeció la asistencia del público a pesar de las altas temperaturas y recordó la importancia del Premio de Investigación Histórica "Alporchón", una iniciativa municipal destinada a fomentar el estudio y la difusión del patrimonio histórico y monumental de Totana.
Rubio explicó que el certamen, de carácter bienal, amplió en esta edición su ámbito de participación para permitir la concurrencia no solo de historiadores, sino también de investigadores de otras disciplinas relacionadas con el patrimonio, con el objetivo de enriquecer la calidad de los trabajos presentados. Precisamente ese carácter multidisciplinar ha permitido reconocer una investigación que combina arqueología, historia, geografía y análisis documental.
La edil recordó igualmente que el libro presentado es fruto de dos años de intenso trabajo investigador, desarrollado mediante campañas de prospección arqueológica, revisión bibliográfica y estudio de la documentación conservada, un esfuerzo que culminó con la concesión del galardón y la publicación de la obra por parte del Ayuntamiento.
La edición consta de 209 páginas cuidadosamente ilustradas y documentadas. Se han impreso 200 ejemplares, que pasarán a formar parte de la Red Municipal de Bibliotecas y de diversos centros educativos con el propósito de acercar la historia local a las nuevas generaciones.
Dos años recorriendo el territorio palmo a palmo
Nada más tomar la palabra, Jesús Sánchez Alguacil quiso dejar claro que, aunque el libro lleve únicamente su firma, se trata de un trabajo que ha contado con la colaboración de numerosos compañeros de campo. El investigador agradeció expresamente la ayuda de quienes le acompañaron durante las largas jornadas de prospección arqueológica, recorriendo caminos y parcelas bajo el intenso calor del verano.
Esa labor sobre el terreno constituye precisamente uno de los principales valores de la investigación. Frente a estudios anteriores basados casi exclusivamente en documentación histórica, esta obra incorpora una importante cantidad de información inédita obtenida directamente mediante trabajos arqueológicos de superficie.
Graduado en Historia y Geografía por la Universidad de Murcia y especializado posteriormente mediante un máster en Patrimonio Histórico y otro en Arqueología Profesional por la Universidad de Alicante, Sánchez Alguacil ha participado en diversas campañas arqueológicas que le han permitido conocer de primera mano numerosos yacimientos del sureste peninsular. Esa experiencia ha servido de base para afrontar un proyecto que pretendía responder a una pregunta aparentemente sencilla, pero cuya respuesta sigue abierta: ¿qué fue realmente Totana durante la dominación romana?
El punto de partida: cuatro siglos de referencias dispersas
El conferenciante explicó que cualquier investigación sobre la Totana romana debía comenzar revisando todo lo que se había escrito desde hace siglos. Existían noticias, referencias y menciones, pero dispersas y, en muchos casos, difíciles de comprobar arqueológicamente.
Las primeras referencias documentadas se remontan a 1602, cuando durante la apertura de los cimientos del Convento de San Buenaventura apareció el conocido Miliario Augusteo, una pieza fundamental para comprender las comunicaciones romanas en el municipio. Aunque hoy resulta imposible determinar con absoluta certeza si se encontraba en su ubicación original o había sido reutilizado posteriormente, su hallazgo constituye la primera gran evidencia material conocida de la presencia romana en Totana.
Aquella noticia fue recogida posteriormente por José María Munuera y Abadía en sus conocidos Apuntes para la historia de Totana y Aledo, una obra imprescindible para cualquier investigador del municipio. En ella también aparecen referencias a inscripciones latinas, tumbas, restos arquitectónicos y otros hallazgos que, lamentablemente, han desaparecido con el paso del tiempo o cuyo paradero resulta hoy desconocido.
El historiador lamentó que muchos de esos materiales descritos hace más de un siglo no hayan podido localizarse nuevamente mediante investigaciones modernas. Sin embargo, esas referencias antiguas siguen siendo de enorme utilidad porque permiten reconstruir parcialmente un patrimonio arqueológico que probablemente fue mucho más abundante de lo que hoy conocemos.
El mito de "Deitana"
Uno de los momentos que despertó mayor interés entre los asistentes fue la explicación sobre el antiguo debate acerca del nombre romano de Totana.
Durante los siglos XVIII y XIX diversos autores intentaron identificar el topónimo que habría recibido la población durante la Antigüedad. Entre las propuestas figuró "Deitana", un nombre que todavía permanece vivo en la memoria gracias a distintas empresas y negocios locales.
Sin embargo, Jesús Sánchez Alguacil explicó que esa identificación fue finalmente descartada por la historiografía moderna al carecer de pruebas materiales que la respaldaran. No existe hasta la fecha ninguna inscripción, documento o hallazgo arqueológico que permita afirmar que ese fuera realmente el nombre romano de Totana. La teoría, por tanto, pertenece hoy más al terreno de la tradición histórica que al conocimiento científico.
Emil Hübner y las inscripciones desaparecidas
Otro personaje clave en esta reconstrucción histórica fue el gran epigrafista alemán Emil Hübner, responsable del volumen dedicado a Hispania del monumental Corpus Inscriptionum Latinarum.
A través de la correspondencia mantenida con Aureliano Fernández Guerra, Hübner pudo conocer varias inscripciones latinas procedentes de Totana, incorporándolas al gran catálogo internacional de epigrafía romana.
Paradójicamente, la mayoría de aquellas piezas ya no se conservan. Salvo una excepción, las inscripciones citadas durante el siglo XIX permanecen hoy desaparecidas, circunstancia que convierte las antiguas descripciones en testimonios de enorme valor para intentar reconstruir el pasado romano del municipio.
De las fuentes documentales a la arqueología de campo
Tras revisar toda esa documentación histórica, la investigación dio un paso decisivo hacia el trabajo arqueológico.
Sánchez Alguacil repasó las principales intervenciones desarrolladas en Totana durante las últimas décadas. Recordó, en primer lugar, las campañas de prospección realizadas entre 1990 y 1991 en la rambla de Lébor, que permitieron identificar diversos yacimientos de cronología romana. A ellas se suman las numerosas intervenciones arqueológicas efectuadas desde 2007 en distintos puntos del casco urbano, normalmente vinculadas a obras de construcción o rehabilitación.
Estas actuaciones presentan, sin embargo, una limitación importante. Al tratarse de excavaciones motivadas por obras concretas, únicamente permiten conocer pequeñas porciones de los yacimientos, sin ofrecer una visión completa de su extensión o de su organización.
Por ello, el investigador destacó especialmente la reciente campaña de prospección realizada en el entorno del Camino Real, donde el trabajo sistemático sobre el terreno ha permitido localizar nuevos enclaves romanos y ampliar considerablemente el conocimiento sobre la ocupación antigua del Valle del Guadalentín.
Un territorio privilegiado para el asentamiento romano
Uno de los ejes centrales de la conferencia fue explicar por qué el actual término municipal de Totana reúne tantas evidencias de ocupación romana. Para comprenderlo, el investigador invitó a observar primero el territorio antes que los propios restos arqueológicos.
El Valle del Guadalentín, explicó, constituye uno de los grandes corredores naturales del sureste peninsular. Se trata de un espacio que ha estado ocupado prácticamente de forma continuada desde la Prehistoria gracias a unas condiciones geográficas especialmente favorables. La presencia de agua, la fertilidad de los suelos y su función como vía natural de comunicación entre distintos territorios hicieron que sucesivas culturas eligieran este enclave para establecerse.
No resulta extraño, por tanto, encontrar huellas de ocupación paleolítica, asentamientos argáricos, poblados de la Edad del Bronce, enclaves ibéricos y, posteriormente, una intensa presencia romana.
Entre todos ellos sobresale el Cerro de Las Cabezuelas, considerado el principal asentamiento prerromano del municipio. Las excavaciones desarrolladas en este yacimiento han permitido documentar una importante ocupación ibérica que, lejos de desaparecer con la llegada de Roma, continúa durante los primeros siglos de dominación romana, lo que constituye uno de los aspectos más interesantes del proceso histórico.
Los romanos, recordó Sánchez Alguacil, no elegían al azar el lugar donde fundaban una ciudad, levantaban una villa agrícola o establecían un núcleo de población. Buscaban siempre una combinación de recursos hídricos, tierras fértiles, disponibilidad de arcillas y buenas comunicaciones, condiciones que el corredor del Guadalentín reunía de forma excepcional.
Totana, en el cruce de las grandes vías romanas
La posición estratégica del municipio se veía reforzada además por una importante red de comunicaciones.
La principal era la Vía Augusta, la gran arteria del Imperio en Hispania tras la reorganización promovida por el emperador Augusto. Precisamente, el famoso miliario hallado en el Convento de San Buenaventura podría proceder de esta vía o, como planteó prudentemente el investigador, quizá de uno de sus ramales interiores, aunque la ausencia de excavaciones antiguas impide asegurarlo con total certeza.
Junto a ella destacó la vía Ilici-Eliocroca, un itinerario secundario que enlazaba la actual Elche con Lorca atravesando el interior de la actual Región de Murcia. A esta red se sumaban el Camino Real de Vera, el Camino de Aledo y el Camino del Puntarrón, itinerarios que comunicaban el valle con el litoral, con las zonas mineras de Mazarrón y con otros núcleos del interior.
Las recientes prospecciones realizadas en el Camino Real han permitido identificar una notable concentración de yacimientos de cronología romana, especialmente correspondientes al Alto Imperio, reforzando la idea de que este corredor desempeñó un papel mucho más importante de lo que tradicionalmente se había considerado.
La llegada de Roma no supuso una ruptura con el mundo ibérico
Uno de los aspectos que el conferenciante quiso desmontar fue la imagen simplificada de una conquista romana basada exclusivamente en la violencia y la sustitución inmediata de la población indígena.
Las evidencias arqueológicas disponibles apuntan precisamente en sentido contrario.
En Las Cabezuelas han aparecido materiales romanos de cronología muy temprana, entre ellos dos monedas fechadas en el siglo I antes de Cristo, que demuestran la presencia romana en el territorio desde fechas muy antiguas. Sin embargo, lejos de apreciarse una ruptura brusca entre ambas culturas, la arqueología revela una etapa de transición en la que la población indígena continúa ocupando el asentamiento mientras incorpora progresivamente elementos materiales y culturales romanos.
El historiador explicó que Roma solía aprovechar la mano de obra local y favorecer procesos de integración más que de sustitución absoluta de la población. Esa convivencia puede observarse incluso en determinados tipos cerámicos, donde algunos investigadores consideran posible que artesanos indígenas trabajaran junto a artesanos llegados del ámbito romano.
Como ejemplo citó el denominado golpe romano hallado en Totana, una pieza cerámica que presenta paralelos prácticamente idénticos en Mazarrón y Alhama de Murcia, lo que podría indicar la intervención de un mismo taller o incluso de un mismo artesano.
Un sello que cambió la interpretación de las primeras relaciones comerciales
Uno de los episodios más curiosos de la conferencia fue la explicación sobre una inscripción estudiada durante el siglo XIX.
Durante mucho tiempo se creyó que aquella pieza correspondía simplemente a una lápida romana. Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que en realidad se trataba del sello de un lingote de plomo, idéntico a otros muchos encontrados en Cartagena.
Este dato adquiere una enorme importancia histórica porque demuestra que ya desde mediados del siglo I antes de Cristo existían relaciones comerciales entre el territorio de la actual Totana y Cartago Nova, uno de los principales centros económicos del Mediterráneo occidental.
La presencia de ese sello constituye una evidencia directa de que el municipio no permanecía aislado, sino plenamente integrado en las redes comerciales romanas que articulaban buena parte del sureste peninsular.
El gran momento de esplendor
Tras analizar todos los materiales arqueológicos disponibles, Sánchez Alguacil considera que el periodo de mayor desarrollo del territorio corresponde al Alto Imperio, aproximadamente entre los siglos I y III d. C.
La principal prueba es la concentración cronológica de las inscripciones latinas conocidas, todas ellas fechables dentro de ese periodo.
A ello se suma la extensa red de uillae o explotaciones agrícolas documentadas a lo largo del Valle del Guadalentín y especialmente en torno al Camino Real, además de los restos arqueológicos localizados en distintos puntos del actual casco urbano.
La imagen que ofrecen todos estos datos es la de un territorio densamente ocupado, con una importante actividad agrícola y perfectamente integrado en la organización económica de la provincia romana.
¿Fue Totana mucho más que una simple mansio?
El momento central de la conferencia llegó cuando el investigador abordó una de las cuestiones más debatidas por los especialistas.
Tradicionalmente algunos autores habían considerado que Totana pudo haber sido únicamente una mansio, es decir, una estación de descanso situada junto a una vía de comunicación donde los viajeros podían cambiar caballos, abastecerse o pasar la noche.
Jesús Sánchez Alguacil manifestó que esa explicación resulta insuficiente a la luz de las evidencias conocidas.
No afirmó haber demostrado una alternativa definitiva, pero sí defendió que los indicios arqueológicos permiten plantear una hipótesis diferente.
Entre esos indicios destacó la existencia de una inscripción relacionada con un senador romano, otra dedicada al emperador y el epitafio de un legionario fallecido en Germania, testimonios epigráficos de una relevancia poco compatible, en su opinión, con un simple lugar de paso.
Por ello propuso la posibilidad de que Totana hubiera funcionado como una aglomeración secundaria, un pequeño centro administrativo encargado de organizar el territorio y gestionar la red de explotaciones agrícolas de su entorno, una figura conocida en otras regiones del Imperio donde Roma no necesitó fundar una gran ciudad para controlar amplias zonas rurales.
El propio investigador insistió en varias ocasiones en que se trata de una hipótesis abierta, pendiente de futuras excavaciones que puedan confirmarla o descartarla.
Precisamente por ello mostró su confianza en que las investigaciones actualmente en marcha en la villa romana de Casa de las Romeras puedan aportar nuevos datos que permitan comprender mejor la organización territorial de la Totana romana.
Del esplendor a la transformación del territorio
La conferencia concluyó el recorrido histórico explicando cómo ese modelo de ocupación cambió profundamente a partir del siglo III.
La denominada crisis del Bajo Imperio afectó también al sureste hispano. El debilitamiento del circuito comercial de Cartago Nova y el aumento de la inseguridad en las principales vías de comunicación provocaron una reorganización del poblamiento.
Los asentamientos comenzaron a abandonar progresivamente las zonas más abiertas del valle para trasladarse hacia enclaves montañosos más fáciles de defender, aunque siempre próximos a cursos de agua.
Yacimientos como Juncarejo o el Antiguo Arejo ilustran perfectamente ese cambio de patrón, mientras que en el valle disminuyen notablemente las evidencias arqueológicas correspondientes a esos siglos finales.
Un patrimonio todavía oculto bajo tierra
Tras la exposición se abrió un animado coloquio centrado en el futuro del patrimonio arqueológico de Totana.
A preguntas del público, Jesús Sánchez Alguacil reconoció que siempre sería deseable una mayor inversión pública en investigación, aunque subrayó que el principal obstáculo no es únicamente económico. Buena parte de los yacimientos conocidos se localizan en propiedades privadas o en parcelas agrícolas en explotación, lo que obliga a tramitar autorizaciones, coordinar actuaciones y afrontar una compleja burocracia antes de poder intervenir.
Además, recordó que cada nueva labor agrícola implica la pérdida irreversible de información arqueológica, ya que las continuas remociones del terreno destruyen estratos y materiales imposibles de recuperar posteriormente.
El debate derivó después hacia una cuestión especialmente delicada: la protección del patrimonio durante las promociones urbanísticas.
Varios asistentes lamentaron que en ocasiones algunos restos desaparezcan antes incluso de que puedan ser documentados, debido al temor de los propietarios a sufrir retrasos o sobrecostes derivados de una excavación arqueológica.
Lejos de criminalizar a los promotores, buena parte del coloquio giró en torno a la necesidad de que las administraciones articulen mecanismos que permitan compatibilizar la conservación del patrimonio con la actividad económica. Entre las propuestas planteadas figuró la posibilidad de establecer compensaciones o ayudas públicas cuando una intervención arqueológica obligue a paralizar temporalmente una obra.
El propio investigador reconoció que se trata de un problema complejo, ya que existen numerosos intereses en juego, aunque insistió en que la solución pasa necesariamente por una mayor concienciación social e institucional.
Como ejemplo se recordó el caso del Teatro Romano de Cartagena, cuyo descubrimiento transformó por completo el atractivo turístico de la ciudad después de que inicialmente se plantearan actuaciones urbanísticas sobre aquel espacio.
En opinión del historiador, Totana posee un potencial patrimonial extraordinario gracias a enclaves tan relevantes como La Bastida, La Tira del Lienzo, Las Cabezuelas y otros muchos yacimientos todavía pendientes de investigar. Su adecuada conservación y puesta en valor podrían convertirse en un importante recurso cultural y turístico para el municipio.
Una investigación que abre nuevas preguntas
Lejos de presentar su trabajo como una conclusión definitiva, Jesús Sánchez Alguacil quiso transmitir que este libro constituye sobre todo un nuevo punto de partida.
La investigación incorpora abundante información inédita obtenida mediante prospección arqueológica y contribuye a cubrir un importante vacío existente en la documentación sobre el Valle del Guadalentín dentro de la carta arqueológica regional.
Pero también deja abiertas numerosas incógnitas. ¿Cuál fue realmente el nombre romano de Totana? ¿Qué categoría jurídica tuvo aquel asentamiento? ¿Existió realmente un pequeño centro administrativo desde el que se organizaba el territorio? ¿Aparecerá algún día una inscripción que permita resolver definitivamente estas cuestiones?
Hasta que nuevas excavaciones ofrezcan respuestas, la arqueología seguirá avanzando paso a paso. Mientras tanto, el trabajo de Jesús Sánchez Alguacil supone la síntesis más completa realizada hasta ahora sobre la Totana romana y una invitación a mirar el paisaje cotidiano con otros ojos. Porque bajo los cultivos, los caminos y las calles del municipio continúa escondida una parte esencial de la historia que todavía espera ser descubierta.