Juan Vivas se sentó anoche en el plató de El Hormiguero, invitado por Pablo Motos, para hablar de la crisis fronteriza que atraviesa Ceuta desde la entrada masiva de personas registrada los días 30 y 31 de julio. El presidente de la Ciudad Autónoma llevaba semanas reclamando ese altavoz nacional, y lo consiguió: prime time, máxima audiencia, cámara en mano para contar que en Moncloa "nos llegaron a decir que no llamáramos más, que estábamos muy pesados".
Esa frase, la de Moncloa, es lo único verdaderamente nuevo que ha dejado la entrevista. El resto es el mismo discurso que Vivas repite desde hace semanas en Bruselas, en el Foro Nueva Economía y ante el CGPJ: que Ceuta no puede asumir como "realidad estructural" la sobrecarga de miles de inmigrantes, que reclama el desalojo urgente del asentamiento junto al muro de la desalinizadora, que si naufraga Ceuta naufraga España y naufraga Europa.
Y aquí es donde conviene separar el hecho del juicio. El hecho es que Vivas lleva gobernando la ciudad desde febrero de 2001, casi veinticinco años, la mayoría de ese tiempo con mayoría absoluta del PP en la Asamblea. El hecho es que la crisis migratoria de Ceuta no nació el 30 de julio: es estructural desde hace más de una década, con episodios de saltos masivos y crisis diplomáticas recurrentes con Marruecos. El juicio, el mío, es que un plató de televisión no sustituye a un plan. Si la ciudad lleva años sin infraestructura suficiente para menores migrantes no acompañados, sin servicios públicos dimensionados para una presión que todos sabían que iba a repetirse, la pregunta no es qué le dijeron en Moncloa esta vez, sino qué se hizo en Ceuta durante los años en que no hubo cámaras delante.
La verborrea de anoche, la capacidad de colocar la frase exacta para el aplauso del plató, no es lo mismo que gestión. Que a Vivas le sobre oficio para el formato de Motos, combinando drama migratorio con el humor de Leo Harlem en la misma noche, dice más de sus habilidades comunicativas que de su balance de gobierno. Ceuta necesita hoy lo que necesitaba hace un año y hace cinco: una respuesta estructural, no un momento de gloria televisivo.
La fuerza de Ceuta no está en un plató ni en la figura de un político cuyo único interés son sus siglas y sus intereses. Está en su gente, en sus costumbres, en sus barrios, en la convivencia de sus cuatro culturas, cristiana, musulmana, hebrea e hindú, que se sostiene cada día sin necesidad de cámaras ni de aplausos ajenos. Esa es la Ceuta que resiste, gobierne quien gobierne.
Jose Antonio Carbonell Buzzian