Bayquinú
Como de costumbre don Filadelfo se encontraba fumando su puro que le había traído de México su hijo, sentado en la esquina de la cafetería, ¡DULCE ENMIENDA!, mientras la luz suave del sol entraba por la ventana, él observaba a la gente pasar, otros entraban a la cafetería, algunos se perdían en sus pensamientos, otros reían y compartían historias, creando un murmullo cálido que llenaba el aire, era todo una algarabía que tenía en su mente.
Entonces, le nació la idea de escribir una novela que diera voz a aquellos que a menudo son invisibles le rondaba la mente. Es fascinante, ¿no? Transmitir las experiencias de esas historias que la voz se la lleva el viento como guías que, aunque no siempre están en el centro del escenario, desempeñan un papel crucial en nuestras vidas, es pura realidad que no se puede dejar ir.
Mientras discurría en un fenomenal soliloquio en su mente don Filadelfo, el fogón de la cocina o máquina de café zumbaba de fondo como una melodía misteriosa, pero muy agradable.
En ese momento del tiempo se avizoraba el crepúsculo que venía con sus salas a pasos agigantados para llegar a su tiempo establecido; se imaginaba como sería escuchar todas esas historias y acumularlas para construir un micro mundo de cosas, hechos y etc., porque cada uno de ellos tiene un relato único que contar, lleno de realidades presunciones, de matices y emociones, en donde se respira o se encuentran una belleza espléndida en esas vivencias, en los pequeños detalles que a menudo se pasan por alto. Son ellos quienes nos muestran la realidad tal como es, quienes nos ayudan a encontrar el camino en un mundo que es tortuoso para muchos, y para otros no.
Don Filadelfo al levantar la vista, en ese instante de tiempo el pensamiento fue interrumpido por el tintineo de la campana sobre la puerta de entrada de la cafetería vio entrar a un hombre de mediana edad acompañado de un campesino con machete en mano, que llevaba un perro guía. El perro, con una calma admirable, guió a su compañero sorteando con precisión las mesas del local hasta llegar a la barra.
Filadelfo que ahora estaba acompañado de Remigio solamente observaban. Había una sintonía perfecta en sus movimientos, una confianza muda que sólo se construye tras haber caminado en esta vida miles de kilómetros juntos. Mientras la mesera le servía un café al campesino este permanecía sentado, atento pero sereno, barriendo el lugar con una mirada noble.
En ese instante, la idea de escribir la novela cobró una fuerza definitiva, para guiar los pasos de quienes no pueden ver lo que les sucede a su alrededor, aunque su vista este buena,; también guían sus emociones, absorben sus miedos y se convierten en el puente directo entre la penumbra y el ruido del mundo. Son los guardianes silenciosos de una libertad que muchos damos por sentada.
El hombre tomó su vaso, agradeció a la mesera y, con una ligera presión en la correa, le indicó al perro que era hora de marchar. Al pasar junto a la mesa, el campesino se detuvo un segundo, miró fijamente a Filadelfo y a Remigio a los ojos, como si supiera exactamente que estaba pensando, y dejó escapar un suave suspiro antes de continuar hacia la salida.
Filadelfo en ese momento se tomaba los primeros sorbos de café e igual Remigio, se les notaba nerviosismo, sonreían, Fila sacó su libreta del bolso y apoyó el bolígrafo sobre el papel en blanco. Ya tenía los datos del momento que necesitaba. Con el zumbido de la cafetera aún de fondo, inició a escribir las primeras líneas de una historia dedicada a los ojos de los que no ven, porque no quieren, pues su vista la tienen buena, pero observan todo y lo escriben en un espacio invisible. Ese misterio es el que habitaba en la mirada de aquel campesino; un ciego que, sin ver el papel ni la tinta, les había leído el pensamiento, recordándole que los ojos ven mucho más que los que se quedan en la superficie, y es, al fin y al cabo, la letrística cómplice, entonces, Filadelfo dejó que la tinta corriera libre, a sabiendas que acababa de rescatar del olvido la primera de muchas verdades ocultas y que los ojos no ven porque no quieren.
La realidad desde sus entrañas dice, sólo hay que capturar ese momento cuando se presenta. Esa es la cultura, las artes pura. Lo demás es rebuscado. Reitero, le expresaba Filadelfo a Remigio, no se trata de camisas triste, la realidad cotidiana es el camino de la verdad verdadera o razón de razones. Si, no hay que inventar el agua helada, le respondió Remigio, en el preciso momento que se desprendía desde los Cielos un riendazo de agua espectacular. El tintero se llenó, la pluma se proliferó y el papel abundantemente se pobló de lluvia letrística.
Con el eco de esa última frase, el papel pareció cobrar vida propia. Las líneas escritas por Filadelfo comenzaron a evaporarse sutilmente, elevándose hacia el techo de la cafetería ¡DULCE ENMIENDA! como un vapor tibio y místico. No se estaban perdiendo; se estaban uniendo a la gran sinfonía de los ojos del crepúsculo, le comentaba Remigio a su amigo cafetero don Filadelfo.
Afuera, cada gota de la lluvia caía con la forma exacta de una vocal, de un acento, una coma, un signo de puntuación, de un suspiro del campesino, de la realidad como mera verdad de verdades, así el imperio de las letras toma el inmenso Cielo, respondió Fila a don Remigio. Filadelfo sonrió y mentalmente se dijo para sus adentros: "aunque el papel se secara y los hombres olvidaran, los ojos que no quieren ver ya habían dejado su rastro eterno en el viento, en la vida, transformados para siempre en la lluvia que limpia la mirada del mundo".
En todos los tiempos así ha sido las letras, las artes han poblado y han construido su propio imperio, su castillo para que el mundo logre comprender la belleza que la mente ha donado a la humanidad, ahí está la respuesta, la salvación y para otros quizá podría ser la maldad, concluía don Remigio a su amigo Fila. Si, la cultura, o sea las artes cualesquiera que estás sean es bondad, respondió don Fila.
La lluvia, no caía para mojar la tierra, sino para diluir el ego humano y transformarlo en bondad, y rememorarle a Filadelfo que él no era el autor de la historia, sino apenas el tintero, pluma y papel abierto donde el misterio del universo otorga su propia realidad. Ahí está la magia de todo lo escrito, el autor no es el creador, es la realidad que otorga los insumos, el autor y por excelencia es el universo el que le facilita al escritor para él luego plasmarlo. Si no existiese realidad, es más que evidente que no habría Artes, Cultura, ya que, esta es la que proporciona todos los insumos, es por eso que se debe estar de hinojos ante la belleza de la realidad que nos presenta cada día y rendirle honores y respetarla, concluyó don Filadelfo que había escrito muchos libros…!!! No hay que ser procaz, maldosos al usar lo letrísticos o cualquier otra arte para crear desorden a las sociedades que pretende paz, trabajo, tranquilidad y etc. Tienes razón, y esa es la verdad de verdades, arguyó finalmente don Remigio. La lluvia en ese momento ya había cesado y el café estaba frio.
MICRO BIOGRAFÍA: Bayardo Quinto Núñez. Ha publicado veintisiete (27) Libros: Ensayos; Opiniones Diversas; Pohemas; Cuentos; Relatos; Minicuentos; Novelas Cortas; y tiene varios libros escritos inéditos, y otros que va escribiendo, los cuales en su momento si hay oportunidad saldrán a la luz pública, Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales; Abogado y Notario Público; Instructor Deportivo en Baloncesto, Escritor; Pintor; Estudio Siempre Música, Artesano del Calzado, y/o Zapatero Alistador, y tras su ardua experiencia en medios escritos de gran trayectoria en Nicaragua, como ¡El Nuevo Diario; Diario La Prensa y Columnista Internacional! Nicaragüense.-