Hay un recuerdo que tengo grabado a fuego de aquellos meses grises de la pandemia, cuando el mundo se volvió pequeño y nos quedamos encerrados entre cuatro paredes. Recuerdo, sobre todo, los días de lluvia. Me asomaba a la ventana y el olor me subía desde la calle: ese aroma a tierra húmeda, a tierra mojada, a vida despertando. En ese momento, sentía una necesidad imperiosa, casi dolorosa, de salir, de tocarla, de pasear descalza. Echaba de menos la casa de mis padres, sentir la hierba fresca bajo mis pies al desayunar, el rocío de la mañana, ese frescor que te reconcilia con el mundo. Estar encerrada me hizo entender que ese olor y esa sensación no eran un lujo; eran una necesidad vital.
Por eso, ver hoy cómo se levantan esas columnas de humo denso y gris en los montes de Granada y en tantas otras sierras del mundo me provoca un pellizco en el corazón que me devuelve a esa sensación de asfixia. Siento una tristeza enorme al pensar en todo lo que el fuego se lleva en cuestión de minutos. No se queman solo troncos y ramas; se quema ese olor a tierra mojada que tanto añoramos cuando nos falta. Se quema el hogar de miles de seres vivos que no tienen voz para pedir ayuda: aves que pierden a sus crías en los nidos, animales que corren despavoridos sin saber adónde ir, atrapados entre las llamas.
Ellos no están ahí para decorar el paisaje; forman una red invisible que mantiene vivo el ecosistema, limpia el aire que llega a nuestras ciudades y nos regala cada gota de oxígeno que respiramos. Si destruimos su hogar, nos estamos quedando sin el nuestro. A veces miramos las noticias con frialdad, como si el monte fuera algo ajeno o lejano. Y me duele aún más saber que, en la mayoría de los casos, detrás de esta tragedia hay un descuido, una colilla mal apagada, una imprudencia que se podría haber evitado.
Imaginad que el bosque es vuestro hogar, porque al igual que los animales, muchas personas han perdido sus hogares y su mundo se ha detenido. Cuando estás al otro lado del televisor dices "Por lo menos han sobrevivido, lo demás son cosas materiales. El seguro del hogar les cubrirá".
Es cierto que la vida vale más que las pertenencias, pero entre esas pertenencias la mayoría de las veces hay recuerdos irremplazables que un seguro de hogar no puede valorar. Entonces se me viene a la cabeza un simple sobre con veinte euros que mi abuelo llevaba en el bolsillo para darme antes de ser ingresado y morir. A veces, cuando lo echo de menos saco esos veinte euros del sobre que conserva su olor a tabaco, ese olor tan característico y único que necesito oler, entonces absorbo ese aroma a él, y recuerdo su sonrisa, sus abrazos y su forma de ser. Si pudiera salvar tan solo una cosa material sería ese sobre. Ahora imaginad a un pequeño cervatillo que siempre ha vivido en ese bosque, en un segundo mira atrás y ve solo fuego, un huracán de llamas que se traga todo en cuestión de segundos. Si sobrevive y es llevado a otro sitio, nada será igual, tendrá que adaptarse, pero nada será igual.
Todos sufrimos, los bosques forman parte de nuestro planeta, son los hogares de miles de animales, nuestro oxígeno y la base que sustenta el mundo. Si no cuidamos el planeta nos estamos matando a nosotros mismos. ¿Queréis vivir o morir?
Cuidarlos es cuidar la memoria de ese frescor bajo los pies, la vida de los animales que los habitan y el único futuro posible para los que vendrán después, para que ellos también puedan oler la tierra mojada y apreciarla.