Las balsas de riego nacieron con un objetivo muy claro: almacenar agua para garantizar el suministro a la agricultura. Son infraestructuras hidráulicas construidas para asegurar el riego de los cultivos, especialmente en una comarca como el Campo de Cartagena, donde el agua es un recurso escaso y estratégico.
Sin embargo, el proyecto de renaturalización promovido por Veolia y financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica plantea un cambio de concepto que merece una profunda reflexión. Con una inversión cercana a los dos millones de euros, se pretende actuar sobre nueve balsas mediante la creación de refugios de biodiversidad, islas flotantes con vegetación, revegetación de taludes y corredores ecológicos.
La primera pregunta es inevitable: ¿responde esta inversión a las verdaderas necesidades de los agricultores?
Mientras el sector reclama más recursos hídricos, infraestructuras hidráulicas, reducción del coste del agua, simplificación administrativa y mayor seguridad jurídica, se destinan importantes recursos públicos a transformar infraestructuras agrícolas en espacios con una nueva función ecológica.
La agricultura del Campo de Cartagena ya soporta una de las legislaciones medioambientales más exigentes de Europa. Ley del Mar Menor, normativa sobre nitratos, limitaciones en el uso de fertilizantes y fitosanitarios, controles administrativos, restricciones sobre el agua y una creciente carga burocrática forman parte de la realidad diaria de miles de agricultores.
Por ello resulta lógico preguntarse si este proyecto supondrá realmente una ayuda para el sector o si, por el contrario, acabará generando nuevas limitaciones sobre unas instalaciones cuya misión siempre ha sido almacenar agua de calidad para el riego.
Las balsas agrícolas requieren una gestión técnica permanente. Es necesario controlar la proliferación de algas, la plaga del mejillón cebra, almeja asiática, briozoos, plantas acuáticas, biofilm, sedimentos y materia orgánica para evitar problemas en las redes de riego y mantener la calidad del agua. Si estas balsas pasan a albergar vegetación protegida o una mayor presencia de fauna, cabe preguntarse si en el futuro podrán seguir realizándose los tratamientos necesarios con la misma libertad que hasta ahora.
Tampoco puede olvidarse que el Campo de Cartagena vive con un importante déficit hídrico. Los agricultores se ven obligados a mezclar agua procedente del Trasvase Tajo-Segura, de la desalación y de la reutilización de aguas depuradas, cada una con características fisicoquímicas diferentes. Mantener una calidad adecuada del agua ya representa un reto técnico considerable. Añadir nuevos condicionantes ecológicos puede hacer esa gestión todavía más compleja.
Asimismo, la creación de zonas con mayor presencia de vegetación y fauna puede favorecer la llegada de aves acuáticas. Sus excrementos incrementan la carga orgánica del agua y pueden incorporar microorganismos de origen fecal, lo que hace aún más importante el control sanitario y microbiológico de unas aguas destinadas a la producción de alimentos.
Nadie discute que la conservación de la biodiversidad sea un objetivo deseable. Lo que muchos agricultores se preguntan es si una balsa de riego es el lugar más adecuado para desarrollar ese tipo de actuaciones o si existen otros espacios donde puedan alcanzarse los mismos objetivos sin condicionar el funcionamiento de unas infraestructuras esenciales para la agricultura.
Porque una balsa de riego no debería terminar pareciéndose más a un jardín botánico que a una infraestructura hidráulica. Su función principal debe seguir siendo garantizar agua de calidad para producir alimentos. La protección del medio ambiente y la agricultura pueden y deben avanzar juntas, pero las políticas públicas también deberían responder a una pregunta muy sencilla: ¿esta inversión mejora realmente el trabajo y la competitividad de nuestros agricultores o añade nuevas incertidumbres a un sector que ya soporta suficientes obligaciones ambientales?
Proteger la naturaleza es una responsabilidad compartida. Pero también lo es garantizar que quienes producen nuestros alimentos puedan seguir haciéndolo con infraestructuras eficaces, normas proporcionadas y políticas que resuelvan sus problemas reales, en lugar de crear otros nuevos.
Porque cuando una balsa de riego deja de tener como prioridad el almacenamiento de agua para convertirse en un espacio de renaturalización, quizá estemos olvidando cuál era su verdadera razón de ser: garantizar agua de calidad para producir alimentos. Y sin agricultores, por mucho que naturalicemos las balsas, tampoco habrá paisaje agrícola que conservar.
José García Martinez.