Opinión

María y la ciudad de los delfines

Moisés Palmero Aranda

Educador Ambiental

Comienza la VII Semana de la Posidonia en Roquetas de Mar y, por suerte, tendré de nuevo la oportunidad de participar y buscar guardianes que la protejan, contando cuentos al atardecer junto al mar, montando un pequeño laboratorio, que prefiero llamar museo, en la playa, buceando sobre las praderas de posidonia y navegando sobre ellas. En estas travesías (y en el resto de actividades) he aprendido mucho más a lo largo de los años de lo que he podido mostrar, desde que en la primera edición las hacíamos a bordo de la Blancazul y en los últimos años en el barco pirata Anne Bonny, en el velero Polaris y ahora en el Viking Drakkar y, si todo va bien, en el nuevo Costa Delfín con su fondo de cristal que nos permitirá ver las praderas sin mojarnos.

De todo lo aprendido, me quedo con lo que he disfrutado con los delfines de Aguadulce, que van a comer a la piscifactoría y que en muchas ocasiones nos han ofrecido momentos espectaculares de juegos, saltos y aproximaciones a los barcos, y nos han permitido reiterar nuestro convencimiento de que su lugar es el mar, nunca una piscina, por muy bien cuidados que estén.

Pero también hemos vivido momentos tensos que demuestran que "somos la locura enloquecida" y que nos han llevado a discutir con los desaprensivos de las motos de agua que los perseguían, o al ver las basuras flotando, o rescatando el cuerpo de Delfina, del que nadie quería hacerse cargo en el puerto, y que coincidió con el rescate del cuerpo de un inmigrante que perdió la vida buscando una vida mejor.

Experiencias inolvidables que ensanchan el alma y los sentidos, de una gran emoción, en las que he entendido que es mejor centrarse en vivir ese instante en el que coincidimos y conectamos con otra especie, con la naturaleza, con la mar, y olvidarte de las cámaras, videos y fotos para mostrarlas como trofeos ante los demás y demostrar que estuviste allí. Y así seguiré haciéndolo, porque, como no soy ni marinero ni capitán, solo un educador ambiental al que le permiten navegar, siempre pienso que quizá no vuelva a tener otra ocasión de verlos y disfrutarlos tan de cerca.

Sin embargo, sé que este año veré los delfines con otra mirada, más analítica que emocional, porque estos días he tenido la ocasión de conocer y entrevistar a María Castilla, una joven antropóloga y neurocientífica almeriense por la Universidad de Girona, que investiga esta población para su tesis doctoral.

En estos dos años de trabajo exhaustivo ha recopilado fotos y cruzado datos de trabajos anteriores para llegar a identificar, por la forma y las marcas en su aleta dorsal, a 80 individuos diferentes a los que les ha puesto nombre. Agrupados en varios grupos familiares, se alegran de verse, y lo demuestran con sus saltos y juegos, cuando coinciden en el pequeño supermercado en el que han convertido la piscifactoría. Uno de ellos lleva, al menos, 20 años yendo a comer allí.

Cuenta que, aunque ve cómo aparecen juveniles que deben nacer muy cerca, en estos años se ha visto cómo el número ha ido disminuyendo, hasta poder reconocer de forma habitual a unos 60 de ellos. Los otros, probablemente, sean algunos de los que han aparecido muertos en nuestras playas. Por eso pretende estar informada de los varamientos de la provincia, algo que debería ser sencillo si todo funcionase bien.

Ha descubierto que cazan de forma diferente fuera y dentro de la piscifactoría. En el interior, sabe que los delfines reconocen las vibraciones y el ruido en las tuberías y del motor de los barcos cuando les están dando de comer a las lubinas. Como parte del pienso se escapa de las jaulas y otros peces vienen a comérselo, aprovechan para empujarlos contra las redes. Fuera lo hacen como lo hemos visto a menudo en los documentales, rodeando y confundiendo a los bancos de peces con burbujas entre varios individuos, o persiguiendo las merluzas, algo que agradecen los arrastreros porque tienen más capturas, aunque en otras ocasiones no les hace tanta gracia, sobre todo cuando van a buscar pulpos con las nasas o a los barcos de cerco les rompen alguna red.

Pero aún le queda mucho por descubrir, cómo les afecta el ruido y el estrés por las interacciones de las embarcaciones que se acercan a verlos, a las que cada vez se acercan menos y de las que huyen refugiándose en los límites de la piscifactoría; si se comportan igual en temporada alta o en invierno cuando el tráfico disminuye; si las hipótesis de que cuando hay muchos barcos los grupos son mayores para defenderse de los posibles ataques y si usan algunos individuos de cebo para alejar a los curiosos mientras los otros juegan, comen y socializan, son ciertas.

Planea los lugares donde utilizará el dron submarino para conocerlos mejor, o un experimento para conocer si serían capaces de abrir un tubo para sacar un pez y conocer la personalidad de cada uno de ellos al interactuar con el mismo. Quizá, más adelante, pueda marcarlos con un GPS para saber de dónde vienen y a dónde van, o meter algún micrófono para conocer sus conversaciones. Proyectos laboriosos, difíciles y costosos de llevar a cabo, pero alucinantes y de los que todos tenemos ganas de saber más.

Este verano, cuando los vea, imaginaré una pequeña ciudad sumergida en la que viven los delfines en los acantilados de Aguadulce, y a María como una joven que ansía poder nadar entre ellos para entenderlos mejor y poder protegerlos, como consiguió con los chimpancés Jane Goodall, a la que ella y yo admiramos y a la que aprovecho para hacerle el homenaje que nunca le hice tras su muerte en octubre del año pasado. Descanse en paz, puede estar orgullosa de que otras muchas científicas sigan la senda que marcó.

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