Opinión

La sociedad del descarte

Vivimos en una sociedad que parece haber convertido lo efímero en una forma de vida. Los objetos se sustituyen antes de que dejen de funcionar, las modas cambian a velocidad de vértigo y todo parece estar diseñado para durar menos. Lo preocupante es que esta cultura de lo desechable ya no afecta únicamente a las cosas, en ocasiones, también parece extenderse a las personas.

Existe una tendencia silenciosa, pero cada vez más visible, a considerar que quienes han alcanzado cierta edad han dejado de ser útiles. Como si la experiencia acumulada durante décadas perdiera de pronto todo su valor. Como si el paso del tiempo otorgara una especie de fecha de caducidad invisible que empuja a muchos ciudadanos hacia los márgenes de la sociedad.

A este fenómeno se le conoce como edadismo o gerontofobia, términos que describen los prejuicios y la discriminación basados en la edad. Aunque pocas veces se manifiesta de forma abierta, aparece en multitud de situaciones cotidianas. Se presupone que una persona mayor comprende peor la realidad actual, que tiene dificultades para adaptarse a los cambios o que ya no puede aportar nada relevante. Son estereotipos injustos que no resisten el menor análisis.

Resulta paradójico que quienes hoy son considerados mayores pertenezcan a generaciones que han vivido algunas de las transformaciones más profundas de la historia. Han pasado de las cartas escritas a mano a los mensajes instantáneos, de los teléfonos de disco a los teléfonos inteligentes, de la televisión en blanco y negro a un mundo digital e interconectado. Han tenido que aprender, adaptarse y evolucionar constantemente para no quedarse atrás.

Nada de eso ha sido sencillo, cada avance tecnológico ha exigido esfuerzo, interés y capacidad de adaptación. Sin embargo, con frecuencia se olvida ese recorrido y se presenta a las personas mayores como si fueran incapaces de comprender el presente. La realidad demuestra exactamente lo contrario, muchas de ellas han sido protagonistas de cambios que las generaciones más jóvenes solo conocen a través de los libros o de los documentales.

Existe una frase que se hizo popular y que resume perfectamente esta situación, "soy mayor, no idiota". Detrás de esas palabras se esconde una reivindicación sencilla pero necesaria. La edad no elimina la inteligencia, ni la dignidad, ni la capacidad de pensar, decidir o participar activamente en la sociedad. Cumplir años no convierte a nadie en invisible.

Además, hay algo que ninguna tecnología puede reemplazar, la experiencia. Los conocimientos teóricos son importantes, pero la experiencia aporta una comprensión de la vida que solo se adquiere recorriendo el camino. Los errores cometidos, las dificultades superadas, las pérdidas, los logros y las lecciones aprendidas constituyen un patrimonio humano de valor incalculable.

Las sociedades más sabias siempre han respetado a sus mayores porque entendían que en ellos se conservaba una parte fundamental de la memoria colectiva. Hoy, sin embargo, parece que en ocasiones se valora más la novedad que la sabiduría, más la velocidad que la reflexión y más la apariencia que el conocimiento adquirido a lo largo de los años.

No se trata de enfrentar generaciones, jóvenes y mayores tienen mucho que aprender unos de otros. La energía y la innovación son tan necesarias como la experiencia y la perspectiva. El verdadero progreso no consiste en sustituir a unos por otros, sino en aprovechar lo mejor de cada etapa de la vida.

Quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir. Una sociedad que considera prescindibles a quienes han dedicado décadas a trabajar, educar, cuidar y contribuir al bien común corre el riesgo de olvidar sus propias raíces. Y cuando una sociedad deja de valorar a sus mayores, en realidad está dejando de respetar su propia historia.

Porque las personas no tienen fecha de caducidad. Cada arruga cuenta una experiencia, cada año vivido encierra una enseñanza y cada vida merece ser escuchada con el respeto que otorga el simple hecho de haber recorrido un camino que otros todavía no han transitado.

Reconocerlo no es un acto de cortesía, es un acto de justicia.

CONCHI BASILIO

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