El viento, protagonista estos días, acelera la evaporación de la lágrima y aumenta el riesgo de sequedad, irritación y molestias oculares
Según los expertos, es importante conocer cómo proteger la salud visual en invierno y frente a los episodios de viento intenso
Durante el invierno, los ojos se enfrentan a una combinación de factores ambientales que, muchas veces, pueden alterar su correcto funcionamiento y verse perjudicados. El descenso de las temperaturas, la reducción de la humedad en entornos cerrados y el uso de la calefacción son algunos de los aspectos que contribuyen a crear entornos más secos, tanto en exteriores como en interiores, lo que afecta directamente a la superficie ocular. Estas condiciones favorecen la aparición de síntomas como sequedad ocular, enrojecimiento, picor, sensación de cuerpos extraños o visión borrosa intermitente. Además, los cambios bruscos de temperatura entre el exterior y el interior pueden provocar vasodilatación y aumentar la irritación ocular, especialmente en personas con ojos sensibles o patologías previas.
El invierno puede agravar problemas como el ojo seco o determinadas alergias oculares que resultan especialmente molestas para usuarios de lentes de contacto, ya que la menor producción de lágrimas dificulta su correcta lubricación. También es habitual que estos meses de más frio proliferen una gran cantidad de virus y bacterias que deambulan por el entorno y que, sin unas buenas medidas de higiene y agravados por el hecho de permanecer en ambientes cerrados y poco ventilados y porque las mucosas se resecan debido al uso intenso de la calefacción, pueden llegar a entrar en contacto con los ojos y ser causantes de infecciones. Las más comunes son la conjuntivitis, la queratitis y la blefaritis.
El viento, un factor clave que intensifica los problemas oculares
Dentro de los factores propios del invierno, el viento juega un papel especialmente importante. Las corrientes de aire inciden directamente sobre los ojos y provocan una evaporación más rápida de la película lagrimal, que actúa como barrera natural de protección. Cuando esta película se altera, el ojo queda más expuesto, aumentando la sensación de sequedad, el lagrimeo reflejo, el escozor y la fatiga visual. Además, el viento puede transportar polvo, partículas contaminantes y agentes irritantes que entran en contacto con la superficie ocular, incrementando el riesgo de inflamaciones e infecciones.
Las personas que pasan mucho tiempo al aire libre practicando deporte o trabajan en exteriores son especialmente sensibles a los efectos del viento, por lo que deben extremar las precauciones durante los episodios de mayor intensidad.
Cómo proteger la salud visual en invierno y frente al viento
Ante las condiciones propias del invierno y los episodios de viento intenso, los especialistas de Baviera insisten en la importancia de adoptar una serie de medidas preventivas para evitar molestias o problemas oculares. Según el Dr. Fernando Llovet, oftalmólogo cofundador de Baviera "una de las principales recomendaciones es proteger físicamente los ojos del viento, utilizando gafas de sol. Estas actúan como barrera frente a las corrientes de aire y la entrada de partículas. Este gesto sencillo ayuda a mantener la estabilidad de la lágrima y reduce la irritación ocular, especialmente en días ventosos o durante actividades al aire libre".
Asimismo, es fundamental mantener una correcta hidratación ocular. El uso de lágrimas artificiales, preferiblemente sin conservantes, contribuye a reforzar la película lagrimal y aliviar la sensación de sequedad, escozor o fatiga visual. En el caso de los usuarios de lentes de contacto, se aconseja extremar la higiene (limpiando bien tanto las lentillas como el estuche), respetar los tiempos de uso y valorar reducir su uso si aparecen molestias. Alternar con gafas durante los días de mayor viento puede ayudar a prevenir irritaciones y mejorar el confort visual.
También es importante evitar frotarse los ojos, ya que este hábito puede empeorar la inflamación y facilitar la entrada de agentes externos. Mantener una adecuada higiene de los párpados y lavarse las manos antes de tocarse los ojos resulta clave para prevenir infecciones. También se debe evitar compartir en la medida de lo posible objetos personales (toallas, almohadas, maquillajes…).
Por último, los expertos recomiendan acudir a revisiones oftalmológicas periódicas, especialmente si los síntomas persisten, se intensifican o aparecen molestias recurrentes. Un diagnóstico adecuado permite identificar problemas como el ojo seco y establecer el tratamiento más adecuado para cada paciente, garantizando una buena salud visual durante todo el invierno.