Educador Ambiental
Esta semana he cumplido años, cincuenta y uno, y ante la ausencia de tarjetas, ramos de flores, perfumes y tirones de orejas reales (varios enlatados), decidí autorregalarme una tarta para soplar las velas y pedir algún deseo que mejorase un poco el día, que sin haber sido malo, me había dejado un cúmulo de amargas sensaciones que me estaban nublando la cabeza.
Por la mañana lo celebré en secreto haciendo, con la asociación El árbol de las piruletas, una limpieza con chavales de un instituto donde la mayoría eran inmigrantes en la playa de Punta Gallarda, a continuación de la de las Entinas, donde el mar se tragó aquella torre vigía de la que ya solo quedaban un puñado de piedras vencidas que los vecinos llamaban la ballena, y parecida a la de Cerrillos, de la que esta semana han vuelto a anunciar, justo antes de las elecciones, como viene siendo habitual en los últimos ocho años, que la van a restaurar.
A priori era una bonita manera de hacerlo, pero la realidad fue otra, porque me fui a casa con la sensación de que el mundo está controlado por un puñado de incendiarios que le hacen la vida imposible a todos y contra los que no se puede hacer nada, salvo soportarlos como se pueda y amenazarlos con llamar a sus padres o expulsarlos, como si ese fuese un castigo para ellos. Los 200 kg de residuos me parecieron pocos sabiendo que podía haber aumentado la cantidad echando a alguno de ellos al montón. Qué pena que la educación se haya convertido para los profesores en una guerra constante cada mañana.
Por la tarde asistí a un debate televisado para hablar de cómo habíamos visto la campaña electoral y, aunque no estuvo mal, salí con la sensación de que siempre apuesto por los caballos perdedores y lo peor es que presumo de ello ensalzando la cabeza de ratón sobre la cola de león, al que critico aun sabiendo que ya me ha dado varios zarpazos y que, por no callar, terminará por aplastarme o engullirme.
Con esos nublos barruntando tormenta, pensé que a lo mejor los que esa tarde iban a dar un mitin en la Plaza de las Flores, donde yo jugaba al futbol de pequeño y no hace honor a su nombre, tenían razón, y tenía que dejar de criticarlos, escucharlos mejor y darles mi voto. Y más teniendo en cuenta que aspiraban a entrar en el gobierno anunciando lo que todos echamos en falta, sentido común, y que, por ser prácticos, tengo un montón de camisetas verde ecologista a las que podía dar salida.
Por unos momentos todas las piezas en mi cabeza encajaron y me vi escuchando al de la pistola en el cinto subido en un caballo blanco enarbolando la bandera de Santiago Matamoros, pero mientras conducía por la autovía, la poca cordura que me queda me recordó que, aunque tendría su ayuda para tirar alguno de esos chavales a la basura, esa no era la solución, que el problema no es la prioridad nacional, sino la falta de inversiones para apostar por una educación pública de calidad, dotándola de recursos y respaldando a los profesores. Que aunque esa mañana la limpieza de playas no había salido del todo bien, esa debe seguir siendo una de las apuestas; que por mucho poder que puedan alcanzar, la educación, el medio ambiente, la sanidad y el tejido asociativo les importan un pijo; y que además de no tener sentido común, son los verdaderos incendiarios.
Así que preferí cambiar de dirección y comprarme una tarta para soplar las velas. Pero cuando las iba a colocar, las puse al revés y por un instante me vi soplando sobre la llama de mis quince años, rodeado de amigos en una playa solitaria donde me regalaron un camión porque, como cantaba Loquillo, era lo único que quería para ser feliz.
Aquella imagen me alegró el día, a pesar de que pensé que aquel chaval que fui les reprocharía muchas cosas a todos los yo que vinieron después y que quizá sentiría pena al ver el hombre en el que se iba a convertir. Para intentar consolarle, le diría que al menos sigo siendo de la Real Sociedad y que este año hemos ganado la Copa del Rey; que a veces los caballos perdedores consiguen ganar, y esos triunfos, aunque son pocos y tardan en llegar, merecen mucho más la pena, porque su sabor es el de la lealtad, la dignidad y el orgullo.
Tras soplar las velas y pedir mi deseo, me fui a la cama con un poco de morriña, pero satisfecho con el camino recorrido. Al poco rato, la media sonrisa se convirtió en carcajada, cuando Mbappé puso su granito de arena al esperpento madridista rajando de su entrenador y terminó de alegrarme el día. El opio del pueblo y azúcar para sobrellevar lo que se nos viene encima en Andalucía.