Se cumplen veinte años de la muerte de Oriana Fallaci, una de las periodistas que mejor entendió que el oficio de informar no sirve para nada si se practica con miedo. El 12 de septiembre de 1979, en la ciudad santa de Qom, ante el propio ayatolá Jomeini y su guardia, se quitó el chador que la habían obligado a llevar y soltó una frase que ha quedado en la historia del periodismo: le dijo que se iba a quitar "inmediatamente ese estúpido trapo medieval". Y lo hizo, delante de quien tenía poder de vida y muerte sobre ella. No hay cámara ni titular que explique mejor lo que significa no callarse.
Ese gesto no era un capricho ni una provocación gratuita. Era la convicción de que el periodismo pierde su sentido en el momento en que empieza a medir qué verdades molestan a quién antes de contarlas.
Ceuta necesita hoy algo de ese mismo coraje, aplicado a lo suyo. No para señalar a nadie por su origen o su religión, sino para hablar sin rodeos de lo que de verdad falla en la gestión de la ciudad: contratos de emergencia que se adjudican sin concurrencia a empresas de familiares de cargos de confianza, empresas públicas bajo la lupa del Tribunal de Cuentas, una frontera cuya vulnerabilidad se conoce desde hace más de una década y que se sigue gestionando a golpe de improvisación. Esas son las verdades incómodas que aquí tocan, y son las que muchos prefieren no nombrar porque señalan a quien gobierna, no a quien llega.
Decir las cosas claras no debería ser un acto de valentía extraordinaria, debería ser lo normal en cualquier redacción y en cualquier institución. Que hoy lo siga siendo dice mucho de lo que queda por hacer.
Fallaci se quitó un trapo delante de un ayatolá. Lo mínimo que se le puede pedir a quien gobierna o informa en Ceuta es que se quite la venda de la comodidad y llame a cada cosa por su nombre.
Jose Antonio Carbonell Buzzian