Opinión

Los aires de la falsedad; nos están dejando sin escrúpulos

"El siglo XXI podría ser, debe ser, el siglo de la nitidez. La cuestión no son los apoyos terrícolas, sino los azulados con su poética de ritmos claros, donde todos somos necesarios e imprescindibles para ser la primorosa gloria lírica sobre la tierra"

Todo está en el mismo aire que respiramos. Desde luego, nos merecemos reencontrarnos con lo auténtico, despojarnos de lo mundano y retornar al verso de lo celeste, volver a la poesía y revolvernos contra nosotros mismos, que será como reconoceremos nuestras propias caídas por este orbe tenebroso, para poder levantarnos y concretar otra existencia más espiritual que corporal. Dejemos que resplandezcan los cielos, para sentir la fragancia de lo armónico sobre un planeta redibujado de confusiones, cuyas historias humanas han de ser una mirada global, que nos avenga en lugar de enemistarnos. Es cierto que los mapas moldean nuestra comprensión, mientras alimentan la imaginación e influyen en las percepciones colectivas, pero hallarse en contradicción es el estado anímico más intolerable.

Por ello, tenemos que ser más del alma, o sea de la conciencia crítica, para poder discernir y tomar el horizonte adecuado. La bola de simulaciones nos está dejando sin aliento. Quizás tengamos que interrogarnos más profundamente, explorar nuestros mares internos, bajarnos del pedestal del endiosamiento, escucharnos y activar la plegaría del arrepentido. El siglo XXI podría ser, debe ser, el siglo de la nitidez. La cuestión no son los apoyos terrícolas, sino los azulados con su poética de ritmos claros, donde todos somos necesarios e imprescindibles para ser la primorosa gloria lírica sobre la tierra. Bajo este místico universo, la desigualdad dejaría de cohabitarnos y el entusiasmo sería otro más edénico, en favor de una vida más anímica que corpórea.

Salgamos, pues, de este territorio amontonado por secretos oscuros. Sin duda, precisamos también de otros vientos más esclarecedores y justos. Comencemos por no llamar defensa a un rearme que acrecienta intranquilidades e incertidumbre, empobrece las inversiones en recursos tan esenciales como educación y sanidad, o que contradice la confianza en la diplomacia, enriqueciendo a élites dominantes, a las que nada le importa el bien colectivo. Por desgracia, a muchos ciudadanos únicamente les motiva el caudal monetario para ser honestos. No simulemos el juego limpio, en un planeta donde todos somos viajeros y nos requerimos más pronto que tarde. Tampoco la traición tiene sentido alguno, nuestro mayor tesoro es ser dueño de una conciencia honrada y pura.

Sea como fuere, no podemos continuar bajo unos sistemas impulsores de conveniencias, en vez de educar para la convivencia, lo que nos demanda a tomar conocimiento de la ecuanimidad como abecedario universal. Somos un latido que ha de inspirar buenos deseos, no un frío algoritmo cosmopolita sin alma, que busca solamente el escándalo, la división o la destrucción también en las familias. Seguramente, entonces, tengamos que hacer parada para rehacernos junto al silencio, porque la verdad está en nuestro propio pulso y es silenciosa, jamás ruidosa. El testimonio, lo tenemos con las redes sociales que difunden mentiras, con una rapidez superior a los hechos, lo que dificulta distinguirlos de la ficción o generar un compromiso cívico para resolver los problemas comunes.

Además, sin veracidad, no hay democracia. Tengámoslo presente, esto hará que las jóvenes generaciones respiren brisas saludables de concordia, no el aire contaminado de las guerras, que es una destrucción total, también del espíritu bienhechor. El campo de batalla es la mayor estupidez y desesperación del género humano, vuelve majadero al vencedor y vengativo al vencido. Tal vez tengamos que mirar más a nuestro alrededor, nos daremos cuenta que el natural soplo cristalino es vital para la salud de la humanidad, la resiliencia de las haciendas y la estabilidad del clima como también lo es el incentivo de discernir en nosotros, sobre todo para saber cuándo debemos hablar y cuándo debemos callar. Aún así, evitemos los combates y asistamos a la cultura del abrazo; ¡no a la pugna!

Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

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