La conciliación es una pausa, un reencuentro de pulsos. Cada vez que nos convocamos como ciudadanía, sin fronteras ni frentes que lo impidan, hemos de hacer un reposo sobre lo vivido y reflexionar. No hay mejor latido, que desvivirse por vivir en comunión y en comunidad. Este regalo existencial es lo que nos reconstruye el sentido humanitario, frente a la actual atmósfera deshumanizante, que nos está llevando a la destrucción. La persistente falta de reconocimiento de algunos seres humanos, continúa constituyendo un obstáculo para el disfrute pleno y efectivo de los derechos humanos. Excluirnos es un gran mal que hemos de evitar. Nos requerimos entre sí, para universalizar pulsaciones y poder pasar del progreso a la acción conjunta; con el ejercicio de la primera tregua, la del perdón.
En algunos países, estos avances no son tales, frecuentemente somos testigos de lo contrario, el esfuerzo se sigue centrando en la violencia y la guerra. Esto genera indigencia, desigualdad y discordancia, con las susodichas nuevas divisiones sociales; lo que nos demanda a reafirmarnos en nuestro compromiso colectivo de desmantelar toda discriminación sistémica, trasformando todo aquello que nos demuele, en aquello que nos sostiene. Lo prioritario, por tanto, es transitar sin campos de batalla; bajo el cultivo del corazón y la siembra del abrazo sincero. Al fin y al cabo, todo proviene de una profunda crisis moral, que ha usurpado la estética de lo ético, para dar rienda suelta al deseo de dominación, con la búsqueda del beneficio inmediato. Hagamos un inciso, pues, meditemos sobre nuestros andares.
Al parecer, la familia como la decencia del propio ser humano, no estaba prevista en la maldita era de la globalización indecente, donde el estado salvaje del mercado usurero es lo que prolifera. En lugar de armas bélicas, se necesita más corazón que coraza y más poesía que poder. Son estos cuidados internos los que nos colman de fuerza para sanar, reconciliar y reconstruir, con un florecimiento, en las relaciones humanas. Sólo hace falta voluntad de llevar a buen término caminos recorridos, conocimientos adquiridos y recursos necesarios para detener cualquier desorden o realidad indigna. Herir a una persona en su dignidad es el mayor de los quebrantamientos; si ya lo sabemos, no prosigamos en el desconcierto, tomemos la vía de morar con plenitud y decoro.
Sea como fuere, nadie puede en su caminar por este tránsito terrenal, escapar de una deplorable crisis de entusiasmo, que llega a detener los labios de alma, tan necesarios como vitales para admirar y hacer contemplar todo lo grande que es reavivar la esperanza de tantas percusiones frágiles que sufren. Precisamente, la certeza de la presencia viva de nuestros asistentes en medio de nosotros, es el fuego interior que nos impulsa a ser valientes y a salir de la comodidad del individualismo, para formar parte de una corporación doméstica, que lo único que forja son vínculos de amistad y de adhesión perenne, lazos imprescindibles para coexistir unidos, sin que las meras apariencias y el engaño terminen por ocupar el lugar de los verdaderos valores y de lo que realmente importa.
Dejémonos inspirar por ese calor de hogar. Su fervor nos muestra cómo mantener siempre la llama encendida a pesar de los vientos en contra que puedan surgir y que pueden proyectarnos a un espacio irreal. Es cierto que los conflictos están ahí, pero hablando debemos entendernos y atendernos, máxime imaginando un orden social innato en el que la justicia y la caridad se entrelazan. No olvidemos que el único verbo, hecho verso o sea latido viviente, que da fruto de continuidad, enfrentando con apasionamiento, discernimiento y arrojo múltiples desafíos, es la comprensión fraterna y el impulso cooperante solidario del acompañamiento. Es cuestión, de sumar afectividades. Hagámoslo sin prisas, pero también sin perezas. En suma, que todo tiene su instante preciso y precioso.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor