Esta semana Ceuta ha vivido algo que muchos temíamos desde hace tiempo: un rumor sin confirmar, una nota falsa sobre un supuesto traslado de inmigrantes al Fiscer y a la antigua fábrica de harina, ha bastado para sacar a cientos de personas a la calle, cortar el tráfico y provocar agresiones físicas y verbales contra inmigrantes y periodistas. No hace falta ser mayor para recordar que esto ya lo vivimos, con nombres y consecuencias distintas, en octubre de 1995, en el Ángulo. Que treinta años después sigamos siendo tan vulnerables a un bulo debería preocuparnos mucho más de lo que lo hace.
Y conviene decirlo con toda claridad, sin matices que lo suavicen: la violencia, venga de donde venga y se dirija contra quien se dirija, no defiende a Ceuta. La defiende, y la fortalece, una ciudadanía que exige respuestas con la cabeza fría, que pide explicaciones a quien gobierna sin necesidad de gritarlas en la calle a las primeras de cambio, y que no confunde la legítima indignación con la excusa para agredir a quien no tiene ninguna responsabilidad en lo que está pasando, sea un vecino, un periodista o una persona que llegó buscando lo mismo que buscaría cualquiera en su situación.
Cuando la política decide subirse a la ola
En medio de esta tensión, la visita de José María Aznar a Ceuta este jueves merece una reflexión aparte. El expresidente llega de la mano de FAES, la fundación que dirige, con un discurso ya conocido de crítica frontal al Gobierno central por su gestión de la crisis. Es una visita que coincide, no por casualidad, con el Día de Ceuta, en un contexto que recuerda inevitablemente a la crisis de Perejil de 2002, cuando Aznar construyó buena parte de su imagen de firmeza frente a Marruecos.
La pregunta que cabe hacerse no es si Aznar tiene derecho a visitar Ceuta, que por supuesto lo tiene, sino qué aporta esa visita a una ciudad que en este momento necesita gestión, recursos y sosiego, no un nuevo foco mediático nacional que convierta el sufrimiento de sus vecinos en materia prima para el pulso entre Génova y Moncloa. Una ciudad que atraviesa su momento más delicado en años no necesita un nuevo escenario para una disputa que se libra, sobre todo, para consumo de la política nacional. Necesita que su nombre deje de ser argumentario ajeno y vuelva a ser, simplemente, el de una ciudad que quiere salir adelante.
Lo que Ceuta necesita pensar
Ceuta ha demostrado, a lo largo de su historia, una capacidad de resistencia que pocas ciudades pueden igualar. Pero esa resistencia se construye con cabeza, no con crispación. Cada vez que un bulo sin verificar nos saca a la calle a agredirnos entre nosotros, ganan quienes viven de la tensión y pierde la ciudad entera. Cada vez que una visita política, venga del color que venga, se aprovecha de nuestro sufrimiento para marcar puntos en un tablero que se juega a cientos de kilómetros de aquí, Ceuta vuelve a ser decorado en lugar de protagonista de su propia historia.
La pregunta que cada ceutí debería hacerse estos días no es de qué lado hay que gritar más fuerte, sino qué clase de ciudad queremos ser cuando esto termine. Una que se dejó llevar por el primer rumor y por el primer visitante que supo capitalizar su angustia, o una que exigió respuestas serias, verificó antes de indignarse, y no permitió que nadie, ni de aquí ni de fuera, utilizara su dolor para fines que no son los suyos. Ceuta merece tranquilidad. Se la debemos, sobre todo, a nosotros mismos.
Jose Antonio Carbonell Buzzian