Opinión

En los vacíos de este mundo; todos hemos de asistir al rescate

“La ciudadanía en su conjunto vive en la indiferencia, tocados por las aguas saladas del dolor y de la muerte, en un océano de oscuridad, sin luz. Es el momento, pues, de repensar situaciones para poder rescatarnos. El verdadero latido interno será el único, que nos acerque en comunión y en comunidad, para que la barca viviente no se hunda”

Desertar no es de recibo. En consecuencia, por más que cultivemos el aislamiento, no estamos solos, estamos rodeados de existencia, guiados y conducidos por el sentido común, que apenas lo cultivamos, pero que está ahí, como pulso humano. A poco que nos adentremos en nuestro fuero interno, nos daremos cuenta de que todo está vivo, a pesar de las oscuridades que nos acompañan. Por eso, hemos de estar siempre en guardia, dispuestos a ser colaboradores para aminorar el desierto de la pobreza, del hambre y de la sed, del abandono y de la soledad. Sin duda, precisamos tomar aire, alcanzar sosiego, ponernos en disposición unos de otros, al menos para restaurar el auténtico amor quebrantado. Lo mejor que podemos encontrar en nuestros viajes, es un arrojo cooperante.

Ciertamente, nadie queda a salvo, todos somos viajeros en el desierto de este mundo. Precisamente, ahora cuando se amenaza a jueces por aplicar la ley, hasta el propio orden jurídico internacional está en riesgo. Cada día son más las amenazas y las medidas coercitivas, que también afectan a la capacidad de las víctimas para buscar justicia, ya que recurren a la Corte cuando se han agotado todas las demás vías, inmersos en un dolor tremendo, que nos deja sin vocablos. Es evidente, que la humanidad tiene que aprender a reprenderse así mismo, al menos para sobrellevarnos unos a otros. Sea como fuere, no podemos continuar por la senda de la destrucción y de la explotación, requerimos de un sano propósito de corrección y revisión personal. Esta es la apuesta, corregirse.

La ciudadanía en su conjunto vive en la indiferencia, tocados por las aguas saladas del dolor y de la muerte, en un océano de oscuridad, sin luz. Es el momento, pues, de repensar situaciones para poder rescatarnos. El verdadero latido interno será el único, que nos acerque en comunión y en comunidad, para que la barca viviente no se hunda. La navegación no está en los fuertes, tampoco en los poderosos del mundo, sino en el hermanamiento y en la conjunción de ritmos curativos, lejos del dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad mundana. Son estas contiendas absurdas las que nos destrozan, dejando heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla, acrecentando el miedo, la injusticia y la división.

El camino enigmático se mueve hacia nuestro mar adentro. Es en nosotros, y no en otro lugar, donde realmente comienza a tejerse el cambio, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. De hecho, las discordias que presenciamos en el orbe, como la barbarie y el salvajismo, no resultan simplemente de estructuras o sistemas imperfectos; son el síntoma de una profunda bifurcación segregacionista arraigada muchas veces en nosotros mismos. En efecto, el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras ofensivas y donde se revela nuestra circunstancia de caída; pues no es únicamente la sede de las emociones, sino el centro de la persona, el lugar en el que convergen la razón, los deseos, la voluntad y la conciencia.

Amar la verdad, por amor a la veracidad, es la solución a tanta imperfección humana. Los daños de las inservibles disputas, así como el deterioro de la tierra, están entonces profundamente vinculados con la condición de las entretelas humanas. De ahí que, cuando está distorsionado nuestro pulso, las relaciones sufran el martirio. Las texturas que generamos y construimos, comienzan además a reflejar el desorden, de una época de enfrentamientos y sin principios morales. Entiendo que este vacío es cruel, lo que nos demanda a escucharnos y a querernos, para poder reordenar nuestras aspiraciones, sanar nuestras llagas, creciendo en la virtud. Si asumimos esta tarea con humildad y certeza, ganaremos en quietud seguro. Trabajemos por lograrlo, la esperanza nunca se pierde. Ojalá, sea así.

Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

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