Opinión

Del amparo universal y mutuo; forjemos nuestro mayor logro

“Todo requiere estímulo; y, así, la primera condición para sentirse amparado es la voluntad de ofrecerse, de conciliar posturas para reconciliarse. Por consiguiente, impulsar el apoyo de esas personas u organizaciones que prestan asistencia vital, debe ser tarea colectiva”

En un mundo tan interconectado como el actual, se requiere que hagamos de la protección mutua nuestra mayor conquista, para que todos nos sintamos acompañados en todo instante y momento. Ciertamente, estamos aquí para avenirnos, lo que conlleva aprender a compartir tanto el sufrimiento como la satisfacción del deber cumplido. Quedarnos en una mera asistencia social, no es suficiente en esta era inhumana y verdaderamente deshumanizadora, necesitamos alentarnos y alimentarnos de afectos. Sin duda, tenemos que empezar por saber escucharnos, por atender y entender las plegarias de esas gentes golpeadas por el aluvión de tragedias que nos acorralan. Hoy más que nunca, se requieren de personas en guardia que respondan con espíritu fraterno y eficacia, ante la multitud de tormentos.

Indudablemente, el auxilio humanitario debe conllevar asimismo una asistencia anímica, que permitirá acrecentar vínculos, así como renovar compromisos en el camino hacia la plena unidad de todas las culturas y cultos. Lo importante es el espíritu de entrega, puesto por esos trabajadores de valor y mente, que no sólo defienden a las personas oprimidas, también las custodian, llegando incluso a poner su vida en peligro por ellas. Todo un testimonio de buen hacer y mejor obrar, frente a una ciudadanía endiosada como jamás, centrada en el orgullo y en el amor propio, en la sed de poder y en la avaricia mundana, que conduce a la destrucción. Por desgracia, la guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo agresivo se extiende, en lugar de propiciar la paz y el afán comprensivo.

La concordia ya no se cultiva como un bien deseable en sí mismo, o como una búsqueda de la instauración de un orden que nos ampare universalmente a todos; nuestra pasión egoísta es tan irracional como cruel. Lo único que nos inquieta es fusionarnos a los poderosos y dominadores. Deberíamos repensar estas situaciones indignas que se vienen reproduciendo sin cesar, activando los encuentros y la cercanía con los más necesitados, acogiéndonos a la salvaguardia de cualquier pulsación existencial, volviendo a ese calor de hogar que necesitamos sentir como cobijo, sobre todo esas gentes afectadas por la crisis humanitaria. Apresurémonos en socorrer a quien más lo necesita, con el latido de la esperanza, la intercesión hará que no caigamos en la desconfianza.

Desde luego, no hay mayor familiaridad que avivar la tranquilidad combinada, favoreciendo la adhesión con la certeza y las condiciones necesarias para el diálogo sincero y la convivencia armónica. En efecto, todo requiere estímulo; y, así, la primera condición para sentirse amparado es la voluntad de ofrecerse, de conciliar posturas para reconciliarse. Por consiguiente, impulsar el apoyo de esas personas u organizaciones que prestan asistencia vital, debe ser tarea colectiva. Los ataques no tienen, pues, sentido alguno; ya que interrumpen la distribución de alimentos, la atención sanitaria, la protección e incluso otros servicios aún más valiosos, como es el de donarse, no solo para ir hacia adelante, sino para sentirnos aunados.

Quizás no exista mayor logro humano que cosechar amor al final. La solidaridad manifiesta precisamente la pasión por el otro, no como un sentimiento indeciso, sino como una determinación firme y perseverante de trabajar por el bienestar general, que tiene que volverse humanitario, por el bien de todos y de cada uno, para que de lleno seamos verdaderamente responsables. De ahí, la importancia de escuchar al mismo tiempo el clamor de los desamparados. Bajo la auscultación atenta y constante, seguro que surge un cuidado compasivo y una llamada fraterna, para dar un rumbo realmente sensible al proceso de globalización. De entrada, será difícil mantener la calma, si desviamos la mirada, cuando alguien nos pide apoyo mutuo y acogida. ¡Tengamos corazón!

Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

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