Opinión

La cigüeña y el árbol de los nombres

Una fábula sobre el verdadero reconocimiento

Dedicada a todos aquellos profesionales a los que sus Jefes no reconocen su magnífica labor.

En una ciudad donde las sirenas nunca descansaban, vivía un viejo agente de uniforme azul. Llevaba más de veinticinco años recorriendo sus calles, viendo amanecer después de muchas noches y ayudando a quienes lo necesitaban, incluso cuando nadie estaba mirando.

Sin embargo, en el gran edificio de los mandos existía un árbol muy particular. Era el Árbol de las Felicitaciones. Allí los jefes colgaban medallas, reconocimientos y palabras de agradecimiento para aquellos policías que consideraban merecedores de ellas.

Nuestro agente llevaba más de veinticinco años mirando aquel árbol desde lejos. Ni una sola felicitación llevaba su nombre.

Algunos le decían:

—¿No te duele? Después de tantos años, después de todo lo que has hecho...

Él sonreía.

—Al principio, quizá. Pero con el tiempo uno aprende que hay árboles mucho más importantes que ese.

Una noche, mientras patrullaba, encontró un ave protegida en peligro. Podría haber seguido su camino. Nadie le habría pedido explicaciones y probablemente nadie habría sabido siquiera lo que había hecho.

Pero se detuvo.

La recogió con cuidado, protegió al animal y consiguió ponerlo a salvo.

A la mañana siguiente, en el edificio de los mandos, el Árbol de las Felicitaciones siguió exactamente igual.

Nadie colgó su nombre.

Pero algo distinto estaba ocurriendo en las calles.

Uno de sus compañeros contó lo sucedido a otro. Este se lo contó a otro. Y pronto cientos de policías supieron que aquel agente, al que durante tantos años algunos habían querido hacer invisible, había vuelto a hacer lo que siempre había hecho: cumplir con su deber y ayudar a quien lo necesitaba, sin esperar nada a cambio.

Entonces ocurrió algo que los jefes no habían previsto.

Los cientos de compañeros comenzaron a formar otro árbol.

No era un árbol de medallas.

Era un árbol hecho de respeto, compañerismo, cariño y reconocimiento sincero.

Y en cada una de sus ramas podía leerse una palabra:

Compañero.
Buen policía.
Buena persona.
Leal.
Íntegro.
Valiente.
Respetado.

El agente miró aquel árbol y comprendió algo.

Las felicitaciones pueden concederlas los superiores.

Las medallas pueden colgarlas los jefes.

Pero el respeto de tus compañeros no se puede ordenar, conceder ni fabricar.

Se gana.

Y después de veinticinco años, aquel policía podía caminar por las dependencias sin una sola felicitación oficial en su expediente, pero con algo que ningún jefe podía quitarle:

el respeto y el cariño de cientos de compañeros que sabían perfectamente quién era y qué clase de policía había sido durante toda su vida profesional.

Aquella noche volvió a patrullar.

Y mientras las luces azules recorrían las calles, el viejo agente sonrió.

Porque había aprendido que, algunas veces, los que tienen el poder de poner tu nombre en un papel no son los que tienen autoridad para decidir quién eres.

Y que hay reconocimientos que no caben en un expediente.

Son los que permanecen en la memoria de quienes han compartido contigo el uniforme, las noches difíciles, los buenos momentos y el servicio a los demás.

Moraleja

Puede que un jefe consiga que tu nombre no aparezca en el árbol de las felicitaciones. Pero si cientos de compañeros pronuncian tu nombre con respeto, cariño y admiración, entonces quizá no seas tú quien esté en la lista negra.

Quizá seas tú quien tenga el verdadero reconocimiento.

Antonio Rico
Miembro de la Junta de Personal
del Ayuntamiento de Murcia

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