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La ciencia del hambre: por qué el problema rara vez está en el estómago

La bióloga especializada en nutrición y salud integrativa Isabel Raya explica cómo las hormonas, el cerebro y la glucosa regulan el apetito y por qué el hambre no siempre significa que el cuerpo necesite comer.

Sentir hambre poco tiempo después de haber comido es una situación más frecuente de lo que parece. Aunque habitualmente se atribuye a haber ingerido poca cantidad de alimento o a una falta de autocontrol, la ciencia apunta a que detrás de esta sensación existe un complejo sistema de señales biológicas que regula cuándo tenemos hambre y cuándo nos sentimos saciados.

Cuando ese sistema se altera, ya sea por el estrés, la falta de sueño, una alimentación poco equilibrada o determinados desajustes metabólicos, las señales que regulan el apetito dejan de funcionar con la misma eficacia y pueden favorecer una sensación de hambre que no siempre responde a una necesidad real de energía.

Según la bióloga especializada en nutrición y salud integrativa Isabel Raya, "el hambre no es una cuestión de voluntad, es una señal biológica que merece ser entendida, ya que es el resultado de un sistema biológico muy sofisticado que integra señales hormonales, metabólicas y cerebrales para decidir cuándo necesitamos volver a comer".

Tres aspectos que influyen en el hambre

Las hormonas reguladoras del hambre

El organismo cuenta con dos hormonas clave reguladoras del apetito: la grelina y la leptina. La primera aumenta cuando el estómago está vacío y avisa al cerebro de que es momento de comer. La segunda hace justo lo contrario: informa de que existen suficientes reservas de energía y favorece la sensación de saciedad. Cuando este sistema se altera, la grelina puede mantenerse elevada y la leptina perder eficacia. El resultado es un hambre que a veces no responde a una necesidad real de energía.

El cerebro

El cerebro no solo responde a las necesidades energéticas, también interpreta el contexto emocional y fisiológico. El hipotálamo actúa como el centro de control del apetito, integrando las señales hormonales y metabólicas antes de decidir si necesitamos comer.

El estrés crónico aumenta la producción de cortisol, una hormona que favorece el apetito y hace que el organismo busque alimentos especialmente ricos en azúcar y grasa. Al mismo tiempo, estos alimentos activan el sistema de recompensa cerebral, generando una sensación placentera que puede reforzar el deseo de volver a consumirlos.

El descanso también desempeña un papel decisivo. Dormir pocas horas aumenta la producción de grelina y reduce la leptina, una combinación que favorece tener más hambre al día siguiente y sentirse menos saciado después de comer.

La glucosa

Otro de los factores que condiciona el apetito es la glucosa en sangre. Cuando sus niveles suben y bajan de forma brusca a lo largo del día, es frecuente experimentar cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse y una necesidad urgente de volver a comer.

"Algunas personas viven atrapadas en un ciclo de picos y bajadas de glucosa que alimenta continuamente la sensación de hambre. La solución no pasa por comer menos, sino por mejorar el contexto metabólico", señala la experta.

¿Qué cambia a partir de los 40 años?

Muchas mujeres perciben que, a partir de los 40 años, controlar el apetito resulta más difícil que antes. Esto se debe a que durante la perimenopausia comienzan a producirse cambios hormonales que modifican la forma en que el cerebro regula las señales de hambre y saciedad. La disminución progresiva de los estrógenos puede hacer menos eficaces estos mecanismos.

A ello se suma la pérdida gradual de masa muscular asociada al envejecimiento. Menos músculo implica una peor gestión de la glucosa y una mayor facilidad para experimentar las fluctuaciones que favorecen la aparición del hambre.

"No es que el cuerpo haya dejado de funcionar correctamente. Lo que cambia es el contexto hormonal y metabólico en el que trabaja. Y eso requiere estrategias diferentes a las que funcionaban años atrás", explica Isabel Raya.

Tres hábitos para mantener el hambre bajo control

Para finalizar, Isabel Raya recomienda tres medidas sencillas para favorecer una mejor regulación del apetito:

Priorizar la proteína, ya que aumenta la saciedad y ayuda a estabilizar la glucosa.

Caminar después de las comidas y entrenar fuerza, para mejorar la sensibilidad a la insulina y preservar la masa muscular.

Dormir bien y gestionar el estrés, dos factores que influyen directamente en las hormonas que regulan el hambre.

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