Opinión

Don Cristóbal Maestro de almas

El día en el cole, en realidad, comenzaba mucho antes de que el rugido del timbre diera el pistoletazo de salida. Empezaba cuando el bochorno de la huerta murciana daba una última tregua y el aroma de azahar de los naranjos y limoneros de los huertos cercanos, se colaba sin pedir permiso en las aulas, mezclándose con el olor a tiza, plastilina y fotocopias calentitas.

Don Cristóbal contemplaba su reino de veinticinco almas visualizando que hoy sería un estupendo día.

Un hombre bueno, de tez morena, semblante tranquilo radiante de paz.Tenía esa edad indefinida en la que se es lo suficientemente joven para aguantar un partido de fútbol en el recreo y lo suficientemente viejo para no perder los nervios cuando la pintura de dedos acaba en el techo. Vestía una guayavera blanca y un pantalón de lino azul —apropiados en un intento de combatir el bochorno murciano del mes de junio— y una taza de infusión que él mismo preparaba de hierbas recolectadas con mimo de Sierra Espuña, que era más un amuleto de supervivencia que una bebida. A las nueve en punto, la marea humana entró. Veinticinco pares de zapatos, veinticinco mochilas con ruedas que sonaban como una división de tanques en miniatura, y veinticinco universos en expansión. —¡Buenos días, tropa! —saludó Cristóbal, esquivando hábilmente la mochila de Mateo, que arrastraba el bulto como si transportara uranio empobrecido. —Don Cristóbal, ¿hoy toca corregir el examen? —preguntó Sofía, con los ojos abiertos como platos, esa niña que con diez años ya tenía la madurez de un registrador de la propiedad. —Hoy toca algo mejor, Sofía. Hoy toca equivocarse —respondió él con una sonrisa cómplice.

La clase guardó un silencio expectante. El aula de Don Cristóbal no se parecía a los búnkeres de pupitres alineados de antaño. Había mesas agrupadas en islas de cuatro, una alfombra verde en una esquina para las asambleas, y las paredes estaban empapeladas no con pósteres comprados, sino con murales coloridos, mapas conceptuales hechos a mano y un enorme cartel que rezaba: Prohibido decir "no puedo". Permitido decir "lo intento de otra manera"

La jornada comenzó no con un libro de texto abierto por la página ciento veinte, sino con un conflicto geopolítico de patio de colegio. Leo y Martina se disputaban el liderazgo del "Comité de Huerto", un proyecto de cooperativismo que Cristóbal se había inventado para que los niños aplicaran las matemáticas, hicieran una transferencia de las ciencias naturales a la práctica y en definitiva, metieran las manos en la tierra, mantuvieran presente el trabajo de hortelano, conocieran como se plantaba en la huerta tradicionalmente y de paso, entendieran qué es la paciencia, ¨los tomates no se comen al día siguiente de plantarlos. —¡Es que Leo quiere mandar siempre y no escucha mis ideas! —protestó Martina, cruzando los brazos con una dignidad teatral.

Cristóbal se sentó en una silla de su tamaño, quedando a la altura de sus ojos. La relación tutor-alumno no se basaba en la distancia del estrado, sino en la cercanía de la mirada. —A ver, Leo, Martina. Mirad a vuestros compañeros. Somos veinticinco en este barco. Si el capitán solo grita y la tripulación solo rema enfadada, acabamos encallando en el río Segura. ¿Cuál era nuestra regla de oro? —Cooperar no es hacer lo que uno quiere, sino sumar lo que cada uno sabe — recitó Leo, un poco avergonzado, bajando los hombros. —Exacto. Martina, ¿qué propone Leo que te molesta? Leo, ¿qué aporta Martina que tú no hayas visto? Hablad, resumid el problema en tres frases y buscad un punto medio. Tenéis cinco minutos. Asumid la responsabilidad de vuestro proyecto. —Yo estoy harto de que Manolo me diga que mi misión es quitar hierba, yo quiero regar profe, exclamó María.

El maestro se retiró sutilmente. Observó cómo los dos niños, tras unos segundos de morros fruncidos, empezaban a murmurar, a contrastar información en una tablet y a apuntar en las fichas de control que ellos mismos preparaban,cuanto habían crecido los pepinos y las berenjenas en una semana y a dibujar un boceto juntos. No les había dado la solución; les había dado la herramienta.

Ese era el verdadero trabajo, el que no se estudia en la carrera, no se evalúa en ninguna oposición. Es la esencia del curriculum oculto. Un maestro de primaria no es un embudo que vierte datos en cabezas vacías. Cristóbal sabía que su misión divina, si es que tenía alguna, era moldearlos para que pensaran por sí mismos. Enseñarles a buscar información en un mundo inundado de ruido, no solo en los libros de texto, a extraer lo valioso y descartar lo no esencial. Pero, sobre todo, a empatizar, trabajar en equipo, cooperar, respetarse a sí mismos. A mitad de la mañana, llegó el momento de la exposición oral. Un ejercicio que para muchos niños roza la tortura medieval: hablar en público.

Le tocaba a Javi, un chaval tímido que arrastraba las palabras y que solía esconderse detrás de su propio flequillo. Subió al pequeño estrado improvisado, que habían decorado el día anterior para darle mayor énfasis a las exposiciones. El tema era libre: "Un oficio de mi familia". Javi llevaba una caja de cartón. Empezó a hablar de su abuelo, que era agricultor. Al cabo de tres frases, se trabó, se puso rojo como un tomate de la huerta y se quedó en blanco. El silencio en el aula se volvió denso.

Cristóbal no intervino de inmediato. Esperó. Miró al resto de la clase, y lo que vio le llenó de orgullo: nadie se rió. No hubo codazos ni burlas. Valeria, desde su mesa, le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. El buen ambiente, labrado a base de constancia, respeto y confianza mutua durante meses, funcionó como una red de seguridad. —A mi abuelo... a mi abuelo se le heló la cosecha un año —consiguió decir Javi, con la voz trémula—. Y me dijo que la tierra siempre da otra oportunidad si la cuidas. —Una frase preciosa, Javi —intervino Cristóbal con suavidad—. ¿Y qué traes en la caja?

Javi la abrió y sacó unos limones enormes, amarillos y brillantes. La clase estalló en un aplauso espontáneo. Javi sonrió, y en ese preciso instante, su timidez encogió tres centímetros. Había aprendido a expresarse, a perder el miedo al juicio ajeno. Había descubierto que su voz importaba. A las 13:00 horas, horario veraniego , tras despedir a los niños con un choque de manos individualizado —un ritual innegociable—, Cristóbal se sentó en su mesa. El aula, ahora vacía, conservaba el eco de las risas y las discusiones constructivas. Del buen ambiente, disciplina, hábitos y rutinas grabadas a fuego en los brillantes cerebros de cada uno de sus queridos alumnos. Tenía por delante unas horas de corrección, diseño de la unidad didáctica de la semana siguiente, adaptación de materiales para los alumnos con necesidades especiales y una reunión con unos padres angustiados.

En un lapsus entre tic de tareas realizadas, le vino a la mente la conversación que había tenido días atrás mientras disfrutaba con unos colegas de una buena caña con pulpo, caballito y marinera en la Plaza de las Flores. ¨qué buenos raticos¨, pensaba, mientras se le hacía la boca agua.

Un conocido, al saber que se acercaba el final de junio, se le acercó soltando la clásica puñalada con sonrisa de terciopelo: «Qué bien vivís los maestros, ¿eh? Tres meses de vacaciones en verano, Navidad, Semana Santa,Fiestas de Primavera y de guardar, no perdonáis una jejeje... ¡ Trabajáis cuatro horas a la semana cantando "El patio de mi casa" y a vivir la vida» y aquí entre caña y caña.

Cristóbal sonrió para sus adentros mientras recordaba la escena y revisaba los exámenes de comprensión lectora. La ironía de la sociedad hacia la profesión docente era un clásico atemporal, un deporte nacional casi tan practicado como la crítica al árbitro de fútbol.

Existe una curiosa miopía colectiva que solo ve las persianas bajadas del colegio en agosto, las vacaciones o los puentes y fines de semana, pero ignora el desgaste cognitivo y emocional que supone gestionar, motivar y guiar a veinticinco universos distintos, cinco días a la semana, nueve meses al año. Es fácil envidiar el descanso cuando se desconoce el agotamiento de ser el referente, el juez de paz, el psicólogo de guardia, el animador sociocultural ,el cuidador, el enfermero y el baluarte de los valores de veinticinco familias que, a menudo, delegan en la escuela o en la figura del maestro. Aun así Cristóbal se sentía el hombre más afortunado del mundo por el hecho de ser maestro.

Su respuesta ante tales ¨dardos¨ no había sido airada. El enfado denota debilidad; la elegancia justificada, en cambio, desarma. —Tienes razón —le había dicho a su interlocutor, mirándole fijamente pero con tono pausado—. Tenemos muchas vacaciones. Y benditas sean. Porque si un cirujano necesita descansar la mano para que no le tiemble el bisturí en el quirófano, un maestro necesita resetear el cerebro para no quebrar el alma de un niño por pura fatiga. Nosotros no trabajamos con tornillos, ni en una cadena envasando lechugas, con todos los respetos hacia cualquier profesión. Si un administrativo comete un error, se borra el archivo y se vuelve a empezar. Si un maestro tiene un mal año, si pierde la paciencia, si etiqueta a un alumno como "vago" o "malo", puede truncar su autoestima para siempre. Destruir la curiosidad de un niño de diez años toma un segundo; reconstruirla puede costar mucho.. Esas vacaciones que tanto envidias no son un premio, son el mantenimiento preventivo de una herramienta de precisión. Porque la salud mental de esos niños depende de la frescura mental de quien los guía.

El conocido quedó callado, mirando el fondo de su copa de tinto de verano, sin saber muy bien dónde esconder el manual de agravios que había lanzado.

De vuelta al presente, Cristóbal guardó los folios en su cartera. Sabía perfectamente que, como en todas las profesiones, en la docencia había de todo. Había profesores " que esperaban el timbre con más ansia que los alumnos, profesionales quemados que veían en cada niño una preocupación y lo vivían desde la angustia. Negar eso sería ingenio. Afortunadamente, la mayoría de ¨MAESTROS Y MAESTRAS¨ son profesionales comprometidos, trabajadores, con exquisitos valores y amor por su profesión. Pasa en todos loa ámbitos laborales.

Pero el verdadero peligro, y la verdadera belleza de este oficio, residía en el tremendo poder de impacto que ostentaban. Un mal maestro puede hacer muchísimo daño: puede sembrar la inseguridad, el miedo al error, el rechazo al conocimiento. Pero un maestro entregado... un maestro que genera un ambiente de confianza, constancia y respeto, puede cambiar el rumbo de la historia. O, al menos, de veinticinco historias cada curso escolar. Puede hacer mucho bien o mucho mal al alma de una criatura.

Esos niños que hoy aprendían a cooperar en el huerto, a debatir sin insultar, a asumir responsabilidades,a resumir una idea para defenderla en público, a respetar ideas diferentes, el turno de palabra y como no a comprender el valor del esfuerzo para conseguir logros y metas, serían los médicos,maestros, electricistas, cajeros y los científicos del mañana. Serían los ciudadanos que decidirían el destino de la sociedad.

Lo que se siembra en esa humilde aula, florecerá décadas después.

Cristóbal apagó las luces del aula, cerró la puerta con llave y caminó por el pasillo en silencio. Mañana volvería a salir el sol, volvería el calor asfixiante y volverían los veinticinco. Y él estaría allí, con su taza de infusión y su sonrisa, listo para moldear el futuro. Porque ser maestro no es un trabajo de verano; es el oficio de encender faros en la tormenta.

Jero Martínez

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