“En realidad, nuestro potencial creativo es inmenso; y, como tal, ningún progreso puede subsistir alocadamente, lejos de su sentido natural y humanitario. Luchemos, por consiguiente, contra los espíritus contaminantes, para devolvernos la hermosura de nuestros andares y hagamos el propósito de no violentar su pureza”
En este mundo nada permanece, cada pequeño gesto cuenta, la cuestión es aprender a reprenderse en el cambio, escucharse y quererse para no lastimarse con la transformación; que ha de ser, desde luego, menos mundana y más mística. Por tanto, no es cuestión de beneficiarse, ni tampoco de dominar; sino de amarse para poder amar aquello que nos acompaña o vive en nosotros. En consecuencia, no pasemos de un extremo a otro, repensemos la situación; y, aún más, seamos responsables, tampoco permutemos la salud por la riqueza, ni la libertad por la influencia. Lo sustancial es mantener intactas nuestras propias raíces humanas, batallar en familia intercambiando sueños, tejer pensamientos en común y compartir deseos que nos embellezcan.
Resulta improcedente hablar de reformas sin hacer referencia a las formas, ni a los fondos, que nos motivan a realizarlas. Todo tiene que sustentarse en un sano quehacer y en un mejor obrar. Es verdad que tenemos una misión que realizar, es cuestión de descubrirla y trabajarla en comunión y en comunidad. No hay rincón que nos circunde y permanezca callado. Nuestra propia casa común ya nos está hablando. Y lo hace con temperaturas récord, incendios más atroces, tormentas extremas y glaciares que desaparecen frente a nuestra visión. Asimismo, está creciendo otro impulso, el de la reacción colectiva; comunidades que restauran ecosistemas, ciudadanos que activan energías limpias, transformando ciudades y hogares.
Indudablemente, las evoluciones pasan por entenderse y atenderse, respetándonos entre sí. Cualquiera que mire al pasado o al presente, se perderá el futuro, que es de cada uno de nosotros; tan sólo hay que querer formar parte de ese poema necesario que, además ha de ser perfecto para que nos armonice en su tono más níveo, el azul transparente, tiene su oleaje de emociones y vivencias. En realidad, nuestro potencial creativo es inmenso; y, como tal, ningún progreso puede subsistir alocadamente, lejos de su sentido natural y humanitario. Luchemos, por consiguiente, contra los espíritus contaminantes, para devolvernos la hermosura de nuestros andares y hagamos el propósito de no violentar su pureza.
Las masas humanas más temibles y terribles, precisamente, poseen su punto de enloquecimiento en el miedo al cambio, se lo han inyectado en vena el veneno, y rehúsan cualquier alteración o novedad. Sea como fuere, pedimos el buen talante, así como todos los talentos, y la implicación colectiva hermanada. Cada uno de nosotros está llamado a actuar, pero también debemos proceder unidos, empezando por los gobiernos y las instituciones, las familias y las personas. Es bueno unirse y reunirse para superar las crisis y vencer los prepotentes intereses que dificultan nuestra importante respuesta fusionada; pues son aquellos latidos conjuntos, los que facilitan y mantienen una vida sostenible, en armonía con la naturaleza.
Por eso, es saludable conocerse y reconocerse, para modificar nuestra propia trayectoria vital. Incluso hay esperanza, para evitar el contagio del ánimo deshumanizador e inhumano, que nos invade. Sobreponerse de esta atmósfera injusta no es fácil, pero aún tenemos aliento, para volver a optar por el bien y regenerarnos. Sin duda, debemos vivificar cuanto antes los mejores recursos de nuestra naturaleza benigna, las virtudes innatas del amor, la compasión y el altruismo. El mayor caudal que la ciudadanía ostenta es la capacidad de diálogo que nos lleva a encontrar nuevas sendas. Pararnos a contemplar es lo que nos engrandece el corazón y nos hace discernir, aplanar las tapias de la hostilidad y vencer la arrogancia con la humildad. Ahí radica, la verdadera fibra del cambio.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor