Sabemos cómo son los políticos, casi todos los de izquierdas : esa infame y casi siempre “encorbatada turba” de ganapanes, intrigantes, astutos, calculadores, mentirosos, oportunistas y serviles que se pasean por esos platós de televisión que ellos mismos compran con el dinero del contribuyente.
¿Y nosotros? ¿Quiénes somos? Nosotros, en el asunto que nos ocupa somos los votantes, una mujer o un hombre, mayores de dieciocho años, armados con una papeleta frente al poder que puede ostentar esa infame turba explicada anteriormente.
Pongamos un ejemplo : nosotros, como votantes, formamos una multitud heterogénea y variopinta, y en este ejemplo vamos a reducirnos a una fila de diez personas. De esa decena, tres y medio de ellos no votan nunca, y a muchos de ellos puedo llegar a entenderlos.
¿Cómo votar a un partido constitucional (PSOE), eso sí, que ha practicado el terrorismo de Estado o el latrocinio a manos llenas, ante los ojos atónitos del votante?... De los seis y medio de votantes que quedan en la fila, algunos han dejado el voto en la urna tapándose la nariz algunas veces, o cerrando los ojos, o ambas cosas a la vez, y la razón es que comprenden la vertiginosa “rueda caprichosa” en que se ha convertido la democracia.
Sin votantes no habría políticos, sin políticos habría otra cosa como una república de izquierdas y sería mucho peor, y eso es algo que impediría hablar de ellos con la libertad con que podemos hacerlo todavía, aunque ese todavía actual se diluye a pasos agigantados con las políticas gubernamentales de hoy.
Francisco de Quevedo afirmó : “lo mucho se vuelve poco con desear un poco más”. ¡Piensen!... La estructura piramidal de los partidos tampoco favorece el vínculo entre el votante y quienes lo representan.
Quien hace las listas de muchos partidos dispensa el pan, las dietas, la vanagloria, la sala vip en el AVE y en los aeropuertos, la seducción del poder, la pleitesía. El partido “no tiene un sol en la cúspide de su pirámide”, tiene un rostro que es un emblema.
¿Qué democracia puede haber en un lugar donde la sumisión ha sustituido a la libertad y el halago a la crítica? Los votantes, y los no votantes, también nos avergonzamos de las maneras en que nuestros políticos se insultan en el Congreso con una zafiedad, con un odio resentido y con una violencia verbal que ya ha llegado al trato cotidiano, incluidas las redes sociales.
El ejemplo más claro de esto último es que diputadas de Vox han sido insultadas gravemente por representantes de la izquierda cuando intervienen en la tribuna del Congreso de los Diputados.
En los programas de debate de mayor audiencia vemos y oímos mañana, tarde y noche descalificaciones, mentiras, imágenes falseadas, gritos, interrupciones continuas...
¿Por qué nos sorprendemos de lo que ocurre en el Parlamento? ¿Quién imita a quién, el tertuliano al político o éste al tertuliano? La propaganda ideológica de la izquierda ha sustituido al diálogo de la razón, y las formas son semejantes en platós televisivos o en el hemiciclo del Congreso.
Los aplausos en el plató suelen ser enlatados, los del hemiciclo en vivo y bochornosos, y por eso, “el voto sigue siendo un arma cargada de futuro”, como los medios que elegimos para informarnos.
Como dijo en su día Ortega y Gasset : “el malvado descansa algunas veces, el necio jamás”... ¡Ahí queda!