Vivimos en una sociedad que exige constantemente soluciones a los grandes problemas del mundo. Pedimos mejores gobiernos, más justicia, más humanidad y más igualdad. Sin embargo, muchas veces olvidamos que todo empieza en lo más cercano, en una pequeña comunidad, en un edificio, en una reunión vecinal o en la simple relación entre personas que comparten un mismo entorno.
Resulta difícil hablar de un mundo mejor cuando en espacios reducidos ni siquiera existe consenso, apoyo o empatía hacia los problemas de los demás. Porque una comunidad pequeña no deja de ser un reflejo en miniatura de la sociedad. Si ahí fallan el respeto, la solidaridad y la capacidad de escuchar, poco puede esperarse después a gran escala.
Con demasiada frecuencia aparecen personas que solo piensan en sí mismas, convencidas de ser el centro de todo, actuando con una soberbia impropia de quienes conviven con otros. El individualismo extremo ha ido erosionando valores fundamentales como el compañerismo y la ayuda mutua. Hay vecinos incapaces de comprender que ciertos problemas no afectan únicamente a una persona, sino al bienestar común de toda una comunidad.
Y todavía resulta más preocupante cuando, además de la falta de empatía, entra en juego otro problema que en pleno siglo XXI jamás debería seguir existiendo, el machismo.
Porque aún existen situaciones en las que una mujer que habla con claridad, que explica las consecuencias de una decisión o que defiende algo con la ley en la mano, es tratada con desprecio, prepotencia o chulería simplemente por el hecho de ser mujer. Algo tan absurdo como intolerable.
Hay quienes todavía no soportan que una mujer tenga criterio propio, seguridad o conocimiento suficiente para defender sus derechos y expresar una opinión firme. Entonces aparecen las actitudes de superioridad, los intentos de ridiculizarla, de hacerla sentir inferior o de desacreditar lo que dice. Y eso no puede seguir normalizándose bajo ningún concepto.
Defender un derecho no convierte a nadie en conflicto. Exigir respeto no es soberbia, hablar claro no es provocar. Lo verdaderamente inaceptable es utilizar la arrogancia o la intimidación para intentar silenciar a otra persona.
La igualdad entre hombres y mujeres no debería ser todavía motivo de debate en nuestros días. Tendría que ser algo completamente asumido y natural desde hace décadas. Nadie es más importante que nadie por razón de género. Nadie tiene derecho a imponer su voz mediante la prepotencia, ni tratar de menos a una mujer por expresar sus ideas o reclamar lo que considera justo.
Lo más triste es que muchas veces estas conductas se producen delante de otros que optan por callar, y el silencio también termina siendo una forma de permitir ciertas actitudes. Las sociedades avanzan cuando las personas son capaces de señalar aquello que está mal, aunque resulte incómodo hacerlo.
Quizá el gran problema de nuestro tiempo no sea únicamente económico , político o social. Tal vez el verdadero problema sea la pérdida de valores básicos como el respeto, la empatía y la educación. Porque no se puede construir una convivencia sana donde predominan el egoísmo, la falta de humanidad y las actitudes de desprecio hacia los demás.
El mundo no cambia solamente desde arriba, ni desde grandes discursos institucionales. Cambia desde abajo, desde los pequeños gestos cotidianos, desde la capacidad de escuchar, ayudar y respetar a quienes tenemos cerca. Ahí es donde realmente empieza todo.
Y si queremos una sociedad más justa y más humana, debemos empezar por entender algo muy sencillo, hombres y mujeres tienen exactamente la misma dignidad, los mismos derechos y merecen el mismo respeto. Cualquier actitud de machismo, prepotencia o chulería debería pertenecer definitivamente al pasado y no seguir teniendo cabida en una sociedad moderna y democrática.
"Porque la convivencia no se sostiene con opiniones interesadas ni con verdades a medias, sino con respeto, honestidad y responsabilidad. Las leyes, incluso dentro de una comunidad, no están para interpretarlas según convenga, sino para cumplirlas.
Da igual quien sufra el problema o quién tenga el valor de exponerlo, hombre o mujer, todos merecen el mismo trato y la misma consideración. Y lo que nunca debería tener cabida en ningún entorno es la mentira, mucho menos cuando se utiliza para perjudicar a otros o para eludir lo que es justo".
CONCHI BASILIO