Opinión

La verdad ya no importa

Hace un tiempo, no tan lejano, en el que la verdad tenía peso, reposo y cierta solemnidad. No era perfecta, ni mucho menos, pero se buscaba, se contrastaba, se discutía, se defendía incluso. Hoy, en cambio, la verdad parece haberse vuelto ligera, fugaz, casi prescindible. Dura lo que tarda en deslizarse un dedo sobre una pantalla, apenas treinta segundos.

Vivimos en la era de la información inmediata, pero también en la de la confusión constante. Nunca habíamos tenido tanto acceso a datos y, sin embargo, nunca habíamos estado tan expuestos a la mentira. Informaciones falsas, bulos que se propagan a la velocidad de la luz, titulares diseñados para provocar más que para informar, y una alarmante falta de rigor que erosiona la confianza en todo aquello que antes considerábamos sólido.

El problema no es solo que existan mentiras, eso ha ocurrido siempre, sino que hoy conviven en igualdad de condiciones con la verdad. Ambas circulan por los mismos canales, se presentan con la misma apariencia y apelan a las mismas emociones. La diferencia ya no es evidente, y eso es, quizá, lo más preocupante.

Las redes sociales han democratizado la voz, pero también han diluido la responsabilidad. Cualquiera puede opinar, informar o desinformar sin necesidad de pruebas, sin contraste, sin consecuencias. Y en ese ruido constante, la verdad pierde terreno frente a lo que impacta, lo que indigna o lo que confirma nuestras propias creencias.

Se ha instalado una peligrosa costumbre, la de no detenerse, no leer más allá del titular, no cuestionar la fuente, no profundizar. Consumimos información como quien consume entretenimiento, sin exigirle veracidad, sin someterla a un mínimo análisis. Y así, poco a poco, la mentira deja de ser escandalosa para convertirse en algo cotidiano.

Especialmente preocupante es el papel de los más jóvenes. No por falta de capacidad, sino por el entorno en el que han crecido. Para muchos de ellos, la realidad se construye a través de vídeos breves, publicaciones virales y mensajes simplificados. No es que no puedan distinguir la verdad de la mentira, es que a menudo no se les ha enseñado a hacerlo. Y cuando la información se presenta fragmentada, acelerada y cargada de emoción, el pensamiento crítico queda relegado a un segundo plano.

Mientras tanto, el periodismo tradicional atraviesa una crisis profunda. No solo económica, sino también de credibilidad. Durante años fue referente, filtro y garantía, con sus luces y sus sombras, pero hoy compite en un terreno desigual, donde la rapidez prima sobre la precisión y donde el rigor parece un lujo que pocos están dispuestos a esperar.

La consecuencia es una sociedad más desconfiada, más polarizada y, en muchos casos, más manipulable. Porque cuando todo puede ser verdad o mentira según quien lo cuente, lo que se impone no es la realidad, sino el relato más convincente.

Ante este panorama, la pregunta no es solo quién cuenta hoy la verdad, sino quién está dispuesto a buscarla. Porque la verdad sigue existiendo, pero exige tiempo, esfuerzo y, sobre todo, una voluntad firme de no conformarse con lo superficial.

Recuperar el valor de la verdad pasa por recuperar el hábito de pensar, de dudar, de contrastar, de no dar por cierto aquello que simplemente encaja con lo que queremos creer. Y también por exigir más a quienes informan, pero sin olvidar que, como lectores, espectadores o usuarios, tenemos una responsabilidad ineludible.

Quizá la verdad ya no dure más de treinta segundos en muchos espacios, pero eso no significa que haya desaparecido. Significa, más bien, que debemos aprender a detenernos, a mirar más allá y a no confundir lo inmediato con lo cierto.

Porque en un mundo donde la mentira se disfraza de verdad, la verdadera rebeldía consiste, precisamente, en no dejarse engañar.

CONCHI BASILIO

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