Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del dolor, esta es una de ellas. Basta con encender la televisión, abrir un periódico o deslizar el dedo por cualquier red social para encontrarse con imágenes que deberían estremecernos, ciudades reducidas a escombros, niños con la mirada perdida, familias enteras huyendo con lo puesto, cuerpos cubiertos por mantas que ya no abrigan a nadie.
Y, sin embargo, seguimos.
Seguimos comiendo, trabajando, riendo incluso. Seguimos con nuestras vidas mientras, en algún lugar del mundo, miles de personas pierden la suya. No porque el destino así lo haya querido, sino porque alguien lo ha decidido, porque hay intereses, estrategias, ambiciones y egos que pesan más que la vida humana.
La barbarie no es nueva. La historia está llena de guerras, de líderes que prometieron paz mientras preparaban la siguiente ofensiva, de discursos que disfrazaron la violencia de necesidad. Pero hay algo distinto en nuestro tiempo, lo vemos todo, en directo, sin intermediarios. Y, aun así, no parece suficiente para detenerlo.
Nos hemos acostumbrado a lo insoportable. Ese es, quizá, el mayor fracaso de nuestra sociedad, no solo que existan conflictos, sino que hayamos aprendido a convivir con ellos como si fueran inevitables. Como si no hubiera alternativa, como si la muerte de miles de personas pudiera reducirse a una sola cifra, a un titular, a un minuto de atención antes de pasar al siguiente contenido.
Mientras tanto, hay quienes están ganando miles de millones, a causa de estos conflictos. La guerra mueve dinero, genera poder, redefine equilibrios. Y en esta lógica perversa, la vida humana queda relegada a un segundo plano. Resulta insoportable pensar que, mientras unos pierden todo, otros multiplican sus beneficios. Que mientras unos entierran a sus hijos, otros hacen cuentas. Pero lo verdaderamente inquietante no es solo eso, es el silencio. Ese silencio de quienes podrían hacer más y no lo hacen, el silencio de quienes miran hacia otro lado, el silencio que, poco a poco, se instala también en nosotros cuando dejamos de reaccionar, cuando asumimos que no hay nada que hacer, cuando la indignación se convierte en resignación. Porque el poder y el dinero parece que es lo que prima.
Y, sin embargo, si hay algo que hacer. No se trata de creer ingenuamente que un ciudadano puede detener una guerra, pero sí de entender que la indiferencia es el terreno más fértil para que todo esto continúe. Porque cuando se vota un presidente, debería de hacerse con cabeza, no a lo loco.
Las grandes decisiones nacen en despachos lejanos, sí, pero se sostienen sobre sociedades que permiten, toleran o simplemente no cuestionan.
La línea roja de la que tanto se habla no es un concepto abstracto, es un límite moral. Y ese límite no debería depender de intereses políticos ni de cálculos económicos. Se cruza cada vez que justificamos lo injustificable, cada vez que dejamos de ver personas y empezamos a ver bandos. ¿Qué nos queda entonces?
Nos queda recuperar la mirada, la capacidad de detenernos, de sentir, de no aceptar como normal lo que es profundamente inhumano.
Nos queda exigir más a quienes tienen poder, pero también a nosotros mismos, no mirar hacia otro lado, no acostumbrarnos, no trivializar el dolor ajeno.
Porque la humanidad no desaparece de golpe, se pierde poco a poco, en cada gesto de indiferencia, en cada silencio cómodo, en cada vez que decidimos que no es asunto nuestro.
Y quizá no podamos cambiar el mundo de un día para otro, pero sí podemos negarnos a aceptar este como inevitable, para ello están las elecciones, para votar con cabeza, con conciencia.
Porque si algo no se puede permitir una sociedad que todavía se llama humana, es dejar de serlo. La barbarie no vence cuando avanza, sino cuando dejamos de oponernos. No hay mayor derrota que acostumbrarnos al horror.
CONCHI BASILIO