Educador Ambiental
Esto parece de chiste. Mientras los terraplanistas, negacionistas del cambio climático y adoradores del capital, en nombre de sus dioses, el progreso y el futuro de la humanidad, juegan a bombardearse, hundir la flota y a mandar cohetes a la luna para observar su parte oscura desde sus búnkeres-palacios climatizados, el resto del mundo nos enfrentamos a un escenario de cambio global sin precedentes. Y para colmo, dicen que los culpables somos nosotros porque no reciclamos, usamos mucho el coche y compramos por internet. ¡Tócate los pinreles!
Las temperaturas cada año alcanzan nuevos récords de máximos y las previsiones de aquí al 2050 son alarmantes para algunos lugares de España, sobre todo del sur, donde podemos llegar a alcanzar los 50° y en determinadas épocas del año vivir en una ola de calor continua. No cabe ninguna duda de que eso lo va a cambiar todo, por mucha tecnología eléctrica y sostenible que tengamos. Nos convertiremos en enfermos terminales sostenidos por máquinas que viven por nosotros y que, al fin y al cabo, no sabemos si serán suficientes, porque mucho viaje lunar, pero no saben qué hacer con sus excrementos. No hay mayor metáfora de los héroes norteamericanos salvapatrias que la cagada del váter de la histórica misión tripulada de la Artemis II, aunque esa es menos preocupante que la del Estrecho de Ormuz.
Así que lo único que nos queda es prepararnos contra la calor, expresión que a la RAE le gusta menos que el calor, pero que es más gráfica de lo que se nos viene encima y, además, invita a risas y chascarrillos, que con ellos la adversidad se sobrelleva mejor. Y la forma de prepararnos, tanto a título colectivo como individual, es ir aclimatando pueblos y ciudades, creando una red de refugios climáticos y aprendiendo a refrescarnos sin depender mucho de la tecnología, sino del sentido común, que es el que usaban, a falta de otras posibilidades, nuestros abuelos.
Las ciudades, pensadas para los coches, son islas de calor que absorben los rayos solares y alcanzan temperaturas entre 12 y 15 °C por encima del medio natural que las rodea. Hay que empezar a repensar la manera en la que vivimos, descartando materiales como el cemento y usando los naturales, locales y realmente sostenibles, como la madera, la piedra, la tierra y fibras vegetales.
Debemos transformar nuestros suelos asfaltados para hacerlos permeables, esponjas capaces de retener el agua, liberarla poco a poco y hacerla correr por debajo de nuestras calles para, además de refrescar la ciudad, evitar inundaciones y el desperdicio de un agua de calidad, de la que no estamos muy sobrados. Solo usando la técnica del asfalto frío, que no es otra cosa que pintar nuestras carreteras y aparcamientos de colores claros, la temperatura se reduciría entre 5 y 9 °C.
Ni que decir tiene que debemos naturalizar las ciudades, eliminando esos suelos que irradian calor por otros que lo refrigeren, poniendo jardines, parques con más vegetación, menos toldos, losas y muchos árboles que refresquen el aire. Estos días se hablaba de que en Berlín planean plantar un árbol cada 15 metros y transformar el entorno urbano, cada vez más hostil, por un lugar cómodo donde vivir, donde esta "reforestación urbana" puede reducir la temperatura unos 4° de media. Y no solo sería fuera de los edificios, sino también transformando los tejados en azoteas verdes y vivas que nos ayuden a elevar el valor del albedo solar, a reflejar la luz y, por qué no, volver a presumir de ese mantra que siempre escuchamos de que una ardilla podría cruzar España saltando, en este caso, de árbol en árbol, de parque en parque y de azotea en azotea.
Parques con árboles, fuentes y bancos para descansar, que se conviertan en una red de refugios climáticos para resguardarnos en las horas de más calor. Ya los hay en muchas ciudades, donde incluyen los edificios públicos como ayuntamientos, bibliotecas, colegios y piscinas para que las personas mayores, los niños y la gente que no pueda pagar la energía de un aire acondicionado no quede expuesta a los problemas de salud que genera el calor, que son muchos y algunos mortales.
Y como esta planificación es a largo plazo, a la que ya llegamos tarde, y que no podemos retrasar más, porque en las leyes naturales no hay moratorias gubernamentales que valgan ni tiempos muertos para avituallarnos y tomar aire, solo queda que, a título individual, aprendamos a refrescarnos usando ropas claras, cambiando hábitos para evitar las horas más calurosas, aprendiendo qué alimentos y bebidas debemos tomar y sabiendo en qué lugares a nuestro alrededor podemos refugiarnos contra la calor.
Otra cosa que nos puede funcionar para aclimatarnos, mucho más rápida y que podemos poner en práctica a partir del 17 de mayo, es hacernos abanicos de papel con determinadas papeletas electorales pintadas de verde militar, amigas del roba petróleo, privatizadoras de las energías renovables y arboricidas urbanas. Habrá que confiar en aquellas que ondean el verde viento, verde rama, porque yo ya no soy yo, ni mi casa es mi casa. Ay, verde, que te quiero verde.