La calma que Jesús nos confiere en este meditativo tiempo de Semana Santa no sigue los cauces del mundo, que piensan obtenerla por la fuerza del poder, con las conquistas e imposiciones dominadoras, haciendo valer los intereses opresores en lugar del espíritu donante. Son dos modalidades, tan distintas como distantes; la del Señor sustentada en el camino de la mansedumbre y la de la cruz, de la que todos debemos hacernos cargo, aunque tampoco sea fácil de acogerla por nuestros intereses mundanos; y, la otra, aquella que nos ofrecen los opulentos, basada en la supremacía, que después suele reconducirnos al odio y a la traición entre sí, con la consabida amargura en el alma, dejándonos fuera de vocablo coherente, entre lo que decimos y luego obramos, sin apenas sonrisa alguna.
Por cierto, a poco que ahondemos en la verdadera fiesta armónica divina, nos daremos cuenta que tenemos que desarmarnos, a la luz de las alegorías místicas del Evangelio, que son el espíritu contemplativo orante, la ternura en vez del temor y el castigo, el perdón y el amor gratuito al prójimo que debe costarnos, para que sea auténtico. Sin duda, es así como se lleva la alianza de las alturas a estas bajuras, con un sentido inequívoco de lo que está bien y lo que está mal, sostenida con una visión basada en el afecto, la moralidad y la acción colectiva. Sea como fuere, la mejor cognición es trabajar fusionados, con lenguajes de tolerancia y de respeto mutuo, que promuevan el atenderse y el entenderse, bajo el cultivo de la empatía, que es lo que aviva la mano extendida y el pulso compartido.
Desde luego, para que nos cohabite el acuerdo en la tierra y el verso en los cielos, se requiere que pasemos de la codicia que llevamos mar adentro a la caridad que nos hace libres, subrayando el poder de la reflexión ética y la acción compasiva a la hora de abordar los retos actuales. Lo sustancial es dejar que tomen valor y valía comportamientos y modos de vivir enfocados al respeto por la vida, los seres humanos y sus derechos. Por tanto, nadie debería perder la existencia jamás, por ponerse al servicio de la concordia. El rechazo de la violencia en todas sus formas, el reconocimiento de la igualdad de derechos, la adhesión a los principios de democracia, libertad, justicia, desarrollo para todos, aceptando las diferencias, será un modo de fortalecernos para la unión y la unidad.
Es precisamente esta comunión de tactos, lo que nos aleja de las contiendas, para conciliarnos bajo el paraguas de la fraternidad, rogando que las naciones renuncien a las armas y elijan el horizonte del diálogo y la diplomacia. Si las gentes no se sienten seguras, debido a este aluvión de absurdas hostilidades como lo que está sucediendo ahora en multitud de rincones, va a ser muy difícil que la cercanía se produzca; y, por ende, tampoco puede haber comercio global, del que dependen todas las economías. Hoy más que nunca, nos hace falta pues, continuar trabajando juntos a fin de que la dinámica del amor fraternal se convierta en el itinerario común de todos; a fin, de que nadie sea visto como un extraño o una amenaza, sino que sea reconocido como un aliado.
Necesitamos enhebrar latidos que nos reconduzcan, dejando de fabricar artefactos. Pongamos de relieve, cada cual consigo mismo, el papel fundamental de la conciencia como fuerza orientadora para lograr abrazar el verso de la savia y poder tejer esos poemas vivientes del que todos, formamos parte y somos miembros. Nuestra esperanza, sin duda, está en tener los pies en la tierra; pero el corazón en el manto celeste, que es donde anida la claridad de lo armónico para poder discernir. Se trata de custodiarnos y de hacer crecer la vocación en una vía constante de conversión y de renovada fidelidad a los derechos humanos, comprometiéndonos a asistirnos unos a otros. Recordemos que, algo tan vital como el pan de cada día es la paz, sin la cual el mismo pan nos resulta molesto.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor