La muerte de la joven Noelia Castillo ha vuelto a abrir una herida que nunca debió cerrarse en falso: la de la eutanasia. Un caso marcado por el dolor, por una larga batalla judicial de su padre para evitar el desenlace y, finalmente, por una decisión legal que ha permitido poner fin a una vida humana con el respaldo del Estado. Y es aquí donde la sociedad debe preguntarse, sin evasivas: ¿en qué momento hemos aceptado que eliminar al que sufre es una solución?
Se nos presenta la eutanasia como un avance, como un derecho, incluso como un acto de compasión. Pero detrás de ese discurso amable se esconde una realidad mucho más incómoda: hemos cruzado una línea peligrosa, la de decidir qué vidas merecen ser vividas y cuáles no. Y cuando una sociedad empieza a clasificar la dignidad humana en función del dolor, la dependencia o la utilidad, deja de ser una sociedad justa para convertirse en una sociedad selectiva.
No es la primera vez que se intenta normalizar esta idea. Ya en 2004, la película Mar adentro, dirigida por Alejandro Amenábar, presentó el suicidio asistido como una historia casi poética. Sin embargo, la realidad dista mucho de ese relato edulcorado. No hay belleza en una muerte provocada, ni dignidad en una sociedad que, en lugar de acompañar, opta por facilitar el final.
La ley de eutanasia aprobada el 18 de marzo de 2021 en España se vendió como un hito progresista. Pero conviene recordar que no todo lo que se presenta como progreso lo es. También se llamó progreso, en otras épocas, a decisiones que hoy nos avergüenzan. Legalizar la eutanasia no es ampliar derechos, es institucionalizar la renuncia: la renuncia a cuidar, a aliviar, a sostener, a luchar por la vida incluso en sus momentos más difíciles.
El caso de Noelia Castillo es especialmente doloroso. Tras un intento de suicidio vinculado a una situación traumática, quedó parapléjica y con intensos sufrimientos. Años después, solicitó la eutanasia y esta le fue concedida por una comisión que consideró que su caso encajaba en la ley. Pero la gran pregunta sigue en pie: ¿de verdad la respuesta a una vida marcada por el sufrimiento es ofrecer la muerte como salida?
Porque aquí no hablamos solo de legalidad, hablamos de humanidad. Una sociedad verdaderamente avanzada no es la que facilita la muerte, sino la que garantiza que nadie desee morir. La que invierte en cuidados paliativos, en atención psicológica, en acompañamiento real. La que no abandona a quien sufre, sino que le rodea de sentido, de apoyo y de dignidad.
Como recordaba San Juan Pablo II en Evangelium Vitae, la eutanasia es "una grave violación de la Ley de Dios" y un auténtico "crimen contra la vida", expresión de lo que él mismo denominó la "cultura de la muerte". Una advertencia que hoy, más que nunca, resuena con fuerza en una sociedad que parece haber perdido el valor de proteger a los más vulnerables.
Se nos dice que la eutanasia es una elección libre. Pero ¿qué libertad existe cuando el dolor es insoportable, cuando la soledad pesa más que la vida o cuando uno siente que es una carga para los demás? La verdadera libertad no consiste en elegir morir, sino en poder vivir con dignidad incluso en las circunstancias más adversas.
Resulta paradójico que quienes rechazan la pena de muerte defiendan al mismo tiempo la eutanasia. En ambos casos, es el ser humano quien decide acabar con una vida. Cambian las circunstancias, pero no el fondo: alguien determina que esa vida ya no merece continuar.
Como advertía G.K. Chesterton, "el materialismo deshumaniza a los hombres y destruye la familia, la tradición y la libertad personal al reducirlo todo a una transacción económica". Cuando la vida se mide en términos de utilidad, coste o sufrimiento, el paso siguiente es justificar su eliminación. Y ahí es donde comienza la verdadera deshumanización.
Frente a esta deriva, conviene recordar que la dignidad no depende de la salud, ni de la autonomía, ni de la productividad. La dignidad es inherente al ser humano, y por eso no puede ser negociada ni condicionada.
Hoy más que nunca, es necesario alzar la voz y defender una cultura de la vida. No desde la imposición, sino desde la convicción profunda de que cada vida, incluso en el sufrimiento, tiene un valor incalculable. Que nadie debería sentirse empujado a desaparecer porque no encuentra otra salida.
A quienes hoy están pasando por situaciones límite, a quienes sienten que no pueden más, hay que decirles algo que esta sociedad parece haber olvidado: no están solos. Siempre hay alternativas, siempre hay caminos, siempre hay personas dispuestas a acompañar. El dolor puede ser real, pero también lo es la posibilidad de aliviarlo, de compartirlo y de encontrar sentido incluso en medio de la dificultad.
Porque el verdadero progreso no está en facilitar la muerte, sino en garantizar que nadie deje de querer vivir.
José García Martinez