Opinión

El coraje de la paz: elegir la esperanza en tiempo de violencia

Quiero comenzar compartiendo algo muy sencillo y muy humano: a mí también me afecta ver imágenes de guerra. No me dejan indiferente. Siento angustia, tristeza, a veces rabia, y en muchas ocasiones una sensación de impotencia difícil de explicar. Hay imágenes que se quedan conmigo, que no se borran fácilmente. Creo que muchos de nosotros vivimos esto, aunque no siempre lo digamos.

Y quiero subrayarlo desde el inicio: sentir este dolor no es una debilidad. Al contrario, es una señal de que seguimos siendo humanos, de que el sufrimiento del otro todavía nos importa. En un mundo donde la violencia parece haberse normalizado, seguir conmovidos es una forma de resistencia. Es una manera de decir que no nos hemos acostumbrado del todo al horror.

Vivimos en un tiempo en el que la violencia se ha vuelto cotidiana. Las guerras entran en nuestras casas a través de las pantallas, casi sin pedir permiso. Están en el teléfono, en la televisión, en titulares que se repiten día tras día. Bombardeos, personas desplazadas, ciudades destruidas, vidas truncadas. Todo esto convive con nuestra rutina diaria, y esa convivencia resulta muchas veces abrumadora.

Ante esta avalancha de dolor, tenemos varias opciones. Podemos cerrar los ojos, aislarnos emocionalmente, convencernos de que no podemos hacer nada o refugiarnos en el individualismo como forma de protección. Estas reacciones son comprensibles. El dolor cansa, la impotencia agota. Yo mismo he sentido muchas veces la tentación de mirar hacia otro lado.

Pero hoy quiero proponer otra posibilidad: elegir la esperanza. No hablo de una esperanza ingenua ni de un optimismo vacío. No hablo de negar la realidad ni de minimizar el sufrimiento. Hablo de una esperanza activa, comprometida, humana. Una esperanza que no desconoce la violencia, pero que se niega a aceptar que la violencia tenga la última palabra. Para mí, la esperanza es una actitud, una forma de estar en el mundo, una decisión que a veces hay que renovar cada día, una predisposición abierta al próximo.

Cuando dejamos que la angustia nos paralice, corremos el riesgo de encerrarnos. El miedo nos aísla, la rabia nos endurece, la tristeza puede transformarse en indiferencia. El individualismo aparece entonces como una falsa salida: “yo cuido lo mío y me desentiendo del resto”. Pero esa lógica no nos protege realmente. Porque estamos profundamente conectados. Porque lo que les ocurre a otros seres humanos, en cualquier lugar del mundo, también nos concierne.

La esperanza hace lo contrario: nos abre al otro. Nos recuerda que compartir humanidad implica dejarse afectar, aceptar cierta vulnerabilidad. Elegir la esperanza no significa cargar con todo el dolor del mundo, sino negarse a deshumanizar, negarse a cerrar el corazón por completo. Y eso, en tiempos de violencia, requiere coraje.

Quiero hablar hoy de lo que llamo testigos de esperanza. Personas que, en medio de la guerra y la violencia, eligen caminos de humanidad. Personas que no suelen aparecer en los grandes titulares, pero que sostienen la vida con gestos concretos: cuidando, acompañando, educando, informando con verdad, denunciando injusticias. Personas que resisten sin armas, sin odio, sin venganza.

Pienso en quienes siguen enseñando a niños en condiciones extremas, en quienes atienden heridos sin preguntar de qué bando son, en quienes se niegan a odiar al vecino por ser diferente. Estas personas no siempre cambian la situación de forma inmediata, pero mantienen viva algo esencial: la dignidad humana. Y sin dignidad, no hay paz posible.

Creo profundamente que la no violencia no es pasividad. Es una forma exigente de resistencia. Requiere una gran fortaleza interior, coherencia y valentía. Resistir la violencia sin reproducirla es una de las tareas éticas más difíciles que existen. Significa decir: “No voy a permitir que el odio me robe la humanidad”. Significa negarse a convertirse en aquello que se combate.

Muchas personas hacen esto cada día, incluso desde dentro de los escenarios de guerra. Periodistas que informan con honestidad, defensores de derechos humanos que denuncian abusos, ciudadanos comunes que cuidan su lenguaje y se niegan a difundir odio. Estas acciones no siempre detienen la guerra, pero sostienen algo fundamental: la posibilidad de un futuro distinto.

Con el tiempo he aprendido que la paz no empieza solo en los grandes acuerdos políticos, aunque estos sean necesarios. La paz empieza también dentro de nosotros. En cómo gestionamos el miedo y la rabia, en cómo hablamos del otro, en cómo respondemos al conflicto. La paz es una tarea interior y colectiva al mismo tiempo.

Educar para la paz, recordar a las víctimas, cuidar las palabras, defender la verdad, practicar la empatía: todo eso construye paz. Son gestos pequeños, pero transformadores. Porque la paz no se impone: se construye, día a día.

Y aquí llego a una convicción personal: la paz requiere coraje. El coraje de no odiar, de no rendirse, de seguir creyendo en el ser humano incluso cuando todo parece desmentirlo. Elegir la esperanza hoy es un acto casi subversivo, pero también un acto de responsabilidad.

Yo elijo la esperanza. No porque sea fácil, sino porque creo que renunciar a la esperanza sería renunciar a algo esencial de nuestra humanidad. Y ojalá podamos elegirla juntos. Porque la violencia no tiene la última palabra mientras haya personas dispuestas a defender la vida, la dignidad y la posibilidad de la paz.

Miguel Cuartero

Orientador Familiar

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