Opinión

El día en que nadie habla de ellas

El 8M se ha convertido en el mejor escudo contra el cambio que dice celebrar

Esta mañana, a las seis, una mujer ha limpiado la oficina donde esta tarde habrá un acto institucional por el Día Internacional de la Mujer. Nadie la nombrará en ese acto. No saldrá en las fotografías. No recibirá ningún premio. Pero el suelo brillará para quienes sí suban al escenario a hablar de igualdad con un lazo morado en la solapa.

El 8 de marzo ha sido, en su origen, una jornada de protesta. Una fecha nacida del conflicto, de la huelga, de la exigencia. Hoy es, sobre todo, una operación de imagen perfectamente coordinada entre partidos políticos, grandes corporaciones y agencias de comunicación. Y esa transformación no es inocente: es el síntoma más claro de que el sistema ha aprendido a neutralizar las causas incómodas convirtiéndolas en producto.

Las mujeres que fundaron esta jornada la llamaban de otra manera. En 1910, Clara Zetkin propuso en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas de Copenhague el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La palabra clave era esa: trabajadora. La jornada nació como homenaje a las obreras textiles de Nueva York que habían salido a la calle exigiendo salarios dignos, jornada reducida y derecho al voto. Un año después, en 1911, ciento cincuenta y tres de ellas morían atrapadas en el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist, cuyas puertas el propietario había bloqueado por dentro para evitar robos. Esas mujeres no tenían lazo morado. Tenían quemaduras. La diferencia entre lo que ellas entendían por esta jornada y lo que hoy se celebra bajo el mismo nombre es la distancia exacta que existe entre una exigencia y un espectáculo.

El vaciado fue institucional y deliberado. En 1977, la Asamblea General de la ONU declaró el 8 de marzo Día Internacional de la Mujer, eliminando el término 'Trabajadora'. No fue un olvido tipográfico. Fue una decisión política que borraba el contenido de clase que había dado origen a la conmemoración. Desde entonces, el día lleva el nombre que el sistema pudo asumir sin incomodarse demasiado.

El fenómeno tiene nombre técnico: purple washing. Empresas que el resto del año mantienen brechas salariales internas, que penalizan en silencio a empleadas que denuncian acoso, que subcontratan servicios de limpieza o cuidados a empresas que pagan salarios de subsistencia a mujeres en su mayoría migrantes, tiñen sus logotipos de morado durante veinticuatro horas y emiten comunicados sobre empoderamiento femenino. Zara cambia el color de su logo. Los bancos lanzan campañas. Los ayuntamientos organizan actos. Y al día siguiente, el nueve de marzo, todo vuelve exactamente a como estaba.

Los partidos políticos han perfeccionado especialmente esta técnica. Da igual el color ideológico: todos encuentran en el 8M una oportunidad para situarse en el lado correcto de la historia sin pagar el coste de estarlo realmente. La izquierda organiza manifestaciones que terminan fracturadas por disputas internas sobre quién tiene el feminismo más puro. La derecha entrega premios a mujeres elegidas según criterios que nadie discute en público. Y mientras tanto, el Informe Global sobre la Brecha de Género constata que, al ritmo actual de progreso, harán falta ciento treinta y cuatro años para alcanzar la paridad real. Cinco generaciones. Ningún logo morado va a acortar ese plazo.

Lo más perverso del mecanismo no es la hipocresía en sí, que es antigua y esperable. Lo más perverso es que el ritual ha comenzado a funcionar como sustituto de la acción. Cada año que el 8M se celebra con mayor pompa institucional es un año en que la conversación real —sobre salarios, sobre cuidados no remunerados, sobre la feminización de la pobreza, sobre las mujeres a las que nadie premia porque no encajan en ningún relato edificante— queda más desplazada. El ruido de la celebración ahoga exactamente aquello que debería estar denunciando.

Hay una mujer que esta tarde no irá a ningún acto. Trabaja en la economía sumergida del hogar, cuidando a un mayor que no puede valerse por sí mismo, cobrando en efectivo lo que una familia puede permitirse pagarle, sin contrato, sin cotización, sin derechos laborales de ningún tipo. Hay otra que ha pedido una reducción de jornada porque no encuentra guardería, y sabe perfectamente lo que eso va a significar para su carrera en los próximos diez años. Hay una tercera que ha callado en su empresa porque ha visto lo que le pasó a la que habló antes que ella. Estas mujeres no tienen lazo morado. No tienen campaña publicitaria. No tienen acto institucional. Tienen un problema concreto que ningún logo va a resolver.

El feminismo que incomoda al poder no se celebra. Se tolera, se domestica, se convierte en eslogan y se devuelve vacío. Lo que queda después de ese proceso es exactamente lo que vemos cada 8 de marzo: una jornada de consenso universal en la que todo el mundo está de acuerdo con todo, nadie nombra nada concreto, y la mujer que limpió la oficina a las seis de la mañana ya está en el autobús de vuelta a casa.

Jose Antonio Carbonell Buzzian

Noticias de Opinión

Por José Luis Ortiz Güell

(Marga Vilà - Secretaria de Igualdad, Diversidad y Conciliación del Sindicato de Trabajadores)

El sentido de mis letras..