Opinión

Honores de gloria: dostoyevski

Desde nuestros grandes Aristóteles, Homero,Gonzalo de Berceo, Erasmo de Roterdam, Luis Vives, Antonio de Nebrija, Jacques Maritain, Miguel de Cervantes, Calderón de la Barca y hasta el mismísimo actual Byung-Chul Han, nos faltarían los escritores rusos y, entre ellos a Dostoyesvski o Leo Tolstoy entre otros para hablar sobre emperadores de la Literatura Universal. A fecha de hoy, todos ellos siguen siendo tan intelectuales o más de los que recorren las sendas literarias del presente.

Después de 145 años de la muerte de Dostoyevski, como otros de los nominados anteriormente, siguen ofreciendo respuestas aplicables al hombre contemporáneo. Crimen y Castigo o Los hermanos Karamazov, obras que abordan el problema de la libertad y la autonomía del individuo, en diálogo con el racionalismo y los planteamientos filosóficos de Nietzsche son un claro ejemplo.

Tiene gracia el asunto cuando reprochan a nuestro escritor ruso, los suyos, las críticas sobre los temas que solía tratar en sus escritos. Se le reprochaba la obsesión por cierto tipo de conducta que reflejaba una voluntad enfermiza a sus personajes. La respuesta de Dostoyevski no se hizo esperar: "En lo que respecta a mi debilidad por las manifestaciones patológicas de la voluntad, sólo les diré que, en efecto, a veces he conseguido desenmascarar en mis novelas y relatos a ciertas personas que se consideran sanas y demostrarles que están enfermas". Dostoyevski sabía que tales enfermedades se debían a su falta de normalidad, a su desvergonzado amor propio entre otras.

Dostoyevski no buscaba la reforma ideal de la sociedad ni la denuncia de los abusos de los poderosos. Pretendía algo más revolucionario, más doloroso: diagnosticar enfermedades morales. Sólo si el lector tomaba conciencia de su malestar era posible que realmente pudiera curarse. La Ilustración, al subrayar el papel preponderante de la razón y del conocimiento para la felicidad del hombre, prestó una atención menor a otras dimensiones de la persona. En particular, la reflexión sobre lo bueno se vio condicionada por una lógica basada en resultados verificables.

Con ello, el hombre moderno pronto terminó por encogerse de hombros ante las cuestiones de orden moral. Ante tal panorama, nuestro escritor pensaba que, aunque un enfermo no supiese que tenía una dolencia, no por ello dejaba de encontrarse mal. La ignorancia puede ser el mejor aliado de la enfermedad. De ahí que el autor ruso pretendiera hacer caer en la cuenta a aquellos que presumían de salud moral que quizá requerían de algún tratamiento para curar su voluntad.

El hombre moderno y posmoderno, seguro de sí mismo y confiando en su autonomía, estimó y estima que la libertad sólo se puede considerar como tal si puede elegir sin ninguna restricción. Sin embargo, ante esta actitud se alzaba un obstáculo incómodo: Dios. El orden moral que tenía su origen en Dios era visto como una amenaza para la libertad moderna. En Los hermanos de Karamazov, la frase más conocida de esta novela sea la tesis de Iván, el segundo de los hermanos: "Si Dios no existe, todo está permitido". Si se extirpa en el hombre la fe en la inmortalidad, se secará en él enseguida no sólo el amor, sino, además, toda fuerza viva para continuar la existencia terrena. Iván Karamazov, referente del ateísmo ilustrado, vendría a decir algo así como "la distinción entre lo bueno y lo malo sería, pues, algo impuesto por la fuerza.

Dostoyevski va más allá. Aporta una clave para descifrar el enigma de la libertad del hombre. Sin embargo, a la vista de otro de sus personajes, Zósima, deja entrever que el auténtico enemigo de nuestra libertad somos nosotros mismos: podemos realizar acciones que nos impiden amar, o, para ser más precisos, que no dejan que seamos amados con sinceridad.

Dostoyevski nos ilumina desde cada una de sus expresiones. Nos muestra que no todo está permitido. Lo que verdaderamente angustia al hombre no es lo que está permitido o prohibido, sino lo que deja de recibir. Así, nuestro escritor nos ayuda a comprender que la identidad profunda del hombre no radica tanto en hacer como en recibir. Con este giro dostoyevskiano de la libertad, la persona puede revitalizarse y, en lugar de ver amenazas, abrirse al descubrimiento de un amor que desea curar su voluntad herida.

Los buenos libros, los grandes, siempre nos han acompañado como el buen amigo. No todo vale y no todo libro, muchas veces, no está a la altura de lo que se espera. Los buenos, si arañamos, siguen ahí. El libro de moda es otra cuestión.

MARIANO GALIÁN TUDELA

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