El orden internacional se fractura mientras las potencias imponen su voluntad por encima de las normas
El colapso silencioso del orden basado en reglas
Estamos siendo testigos de un momento histórico peligroso que pasa desapercibido para muchos: el progresivo abandono del derecho internacional como marco regulador de las relaciones entre Estados, reemplazado por la simple imposición de la fuerza. Lo que durante décadas se presentó como un "orden basado en reglas" se revela cada vez más como un sistema donde las reglas se aplican selectivamente según quien tenga el poder para ignorarlas.
No se trata de nostalgia por un pasado idealizado. El derecho internacional siempre ha sido imperfecto, frecuentemente violado y desigualmente aplicado. Pero existía al menos un consenso nominal sobre su importancia, un estándar al que apelar, una referencia común. Ese consenso se está desintegrando ante nuestros ojos, y las consecuencias serán profundas.
La normalización de lo excepcional
Observemos lo que se ha normalizado en apenas dos décadas:
Invasiones sin autorización del Consejo de Seguridad: Irak en 2003 marcó un punto de inflexión. La coalición liderada por Estados Unidos invadió un Estado soberano sin mandato de las Naciones Unidas, basándose en afirmaciones sobre armas de destrucción masiva que resultaron falsas. No hubo consecuencias significativas para los invasores. El precedente quedó establecido: una potencia suficientemente poderosa puede invadir otro país si así lo decide.
Sanciones económicas como arma de guerra: Venezuela, Irán, Siria, Corea del Norte, Rusia, y otros han sido sometidos a regímenes sancionadores que afectan a poblaciones enteras. Estas medidas, que hace décadas se habrían considerado bloqueos económicos equivalentes a actos de guerra, ahora se presentan como herramientas diplomáticas legítimas. No importa que organismos de la ONU hayan señalado su impacto humanitario devastador.
Congelación arbitraria de activos soberanos: En 2022, Estados Unidos y Europa congelaron aproximadamente 300,000 millones de dólares en reservas del banco central ruso. Independientemente de la opinión sobre el conflicto en Ucrania, el precedente es explosivo: los activos de cualquier Estado depositados en Occidente pueden ser confiscados si sus políticas resultan inaceptables. ¿Qué país confiará su dinero en estos sistemas?
Asesinatos extraterritoriales mediante drones: Estados Unidos ha ejecutado a miles de personas, incluidos sus propios ciudadanos, en territorios de países con los que no está formalmente en guerra. Israel asesina regularmente a científicos, ingenieros y funcionarios en territorio iraní o de terceros países. Estas acciones, que claramente violan la soberanía territorial, se justifican bajo el paraguas de la "lucha antiterrorista" o la "autodefensa preventiva".
Ocupaciones indefinidas: Israel mantiene una ocupación de territorios palestinos que lleva más de medio siglo. Marruecos controla el Sáhara Occidental desde 1975. Turquía ocupa el norte de Chipre desde 1974. Rusia ha anexado territorios de Georgia y Ucrania. En todos los casos, existen resoluciones de la ONU que declaran estas situaciones ilegales. En ningún caso hay consecuencias efectivas.
El doble estándar como política
Lo más peligroso no es que se viole el derecho internacional esto siempre ha ocurrido sino la desaparición de cualquier pretensión de universalidad en su aplicación.
Cuando Rusia invade Ucrania, Occidente responde con sanciones masivas, congelación de activos, exclusión del sistema financiero internacional y envío de armas a los defensores. Cuando Arabia Saudita bombardea Yemen causando una crisis humanitaria catastrófica, Occidente le vende las armas con las que lo hace. Cuando Israel causa decenas de miles de víctimas civiles en Gaza, recibe apoyo diplomático y militar. Cuando China reprime en Xinjiang, hay condenas pero el comercio continúa sin alteraciones significativas.
No se trata de defender o atacar a ninguno de estos actores específicamente. Se trata de señalar que la aplicación selectiva del derecho lo destruye conceptualmente. Si las normas solo se aplican contra algunos pero no contra otros, no son normas sino instrumentos de poder.
¿Por qué es esto tan peligroso?
La erosión del derecho internacional no es un asunto académico de juristas. Tiene consecuencias concretas y aterradoras para todos:
1. La espiral de la desconfianza
Si los tratados pueden ignorarse, si los activos soberanos pueden confiscarse, si las invasiones quedan impunes cuando las comete quien tiene poder suficiente, ¿por qué confiaría ningún Estado en el sistema?
Ya vemos las consecuencias: países acumulan oro físico en lugar de mantener reservas en dólares o euros; acuerdos comerciales se realizan en monedas locales evitando el sistema occidental; proliferan alianzas alternativas (BRICS, Organización de Cooperación de Shanghái) diseñadas explícitamente para reducir dependencia de instituciones dominadas por Occidente.
Esta fragmentación no conduce a un mundo multipolar estable, sino a bloques enfrentados con cada vez menos mecanismos de comunicación y resolución pacífica de conflictos.
2. La lógica de la fuerza como único recurso
Si el derecho internacional no protege, solo queda la autoprotección mediante la fuerza. Esta lógica conduce a:
Carreras armamentísticas: Si no hay garantías jurídicas de seguridad, la única garantía es la capacidad militar. Ya observamos rearme masivo en Asia-Pacífico, Europa Oriental, Oriente Medio.
Proliferación nuclear: La lección de las últimas décadas es clara: Libia renunció a su programa nuclear y fue invadida; Irak no tenía armas nucleares y fue invadido; Corea del Norte las desarrolló y no ha sido atacada. ¿Qué mensaje envía esto a otros Estados que se sienten amenazados?
Disuasión preventiva: Si el derecho no protege de la agresión, la única protección es hacer que agredir resulte demasiado costoso, lo que incentiva desarrollo de capacidades ofensivas que otros interpretan como amenazas, generando espirales de inseguridad.
3. El colapso de la cooperación internacional
Los grandes desafíos globales cambio climático, pandemias, regulación de la inteligencia artificial, gestión de recursos hídricos compartidos requieren cooperación basada en confianza mutua y respeto a acuerdos.
Si los acuerdos no se respetan, si cada actor persigue solo su interés inmediato mediante la fuerza disponible, estos problemas globales se vuelven insolubles. No es accidental que el progreso en cambio climático sea tan lento mientras las instituciones internacionales se debilitan.
4. El sufrimiento de las poblaciones
Al final, cuando el derecho colapsa, quienes más sufren son las personas comunes.
Las sanciones económicas causan escasez de medicinas, alimentos, suministros básicos. Las invasiones destruyen ciudades enteras. Los bloqueos generan crisis humanitarias. La incertididad jurídica frena inversiones que generarían empleo. El rearme desvía recursos de educación, salud, infraestructura.
Mientras las élites políticas y económicas suelen encontrar formas de protegerse, las poblaciones civiles cargan con las consecuencias de un mundo sin normas efectivas.
Los casos que deberían alarmarnos
Venezuela: el precedente del estrangulamiento económico
El régimen sancionador contra Venezuela establece un precedente aterrador: un Estado puede ser sometido a un bloqueo económico casi total sin que medie declaración de guerra, sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, simplemente porque una potencia considera su gobierno ilegítimo.
La congelación de activos venezolanos, la prohibición de comerciar su petróleo, las sanciones secundarias contra quien comercie con Caracas, todo esto se ha normalizado. Independientemente de la opinión sobre el gobierno venezolano, el mecanismo establecido puede aplicarse a cualquier país: basta que una potencia decida que su gobierno no le agrada.
Afganistán: el robo institucionalizado
Estados Unidos mantiene congelados más de 7,000 millones de dólares de reservas del banco central afgano. Este dinero no es del gobierno talibán sino del Estado afgano y del pueblo afgano. Mientras tanto, Afganistán enfrenta una crisis humanitaria catastrófica con millones en riesgo de hambruna.
La confiscación de reservas de un banco central establece un precedente extraordinariamente peligroso: cualquier país que mantenga reservas en el sistema financiero occidental debe asumir que pueden ser confiscadas si su gobierno adopta políticas que desagraden a Washington o Bruselas.
Gaza: la inmunidad selectiva
Mientras escribo esto, Gaza sufre una crisis humanitaria de proporciones históricas. Organismos de la ONU han documentado posibles crímenes de guerra. La Corte Internacional de Justicia ha señalado riesgos de genocidio. Nada de esto genera consecuencias comparables a las impuestas a otros actores por violaciones similares o menores del derecho internacional.
El mensaje es claro: el derecho internacional humanitario, las Convenciones de Ginebra, las resoluciones de la ONU, todo esto se aplica selectivamente.. Si tienes aliados suficientemente poderosos, eres inmune.
Ucrania: la guerra como normalidad
La invasión rusa de Ucrania es una violación flagrante del derecho internacional. Pero la respuesta occidental armar masivamente a Ucrania, congelar activos rusos, excluir a Rusia del sistema financiero no se basa en mecanismos del derecho internacional sino en decisiones unilaterales de actores poderosos.
No hubo autorización del Consejo de Seguridad para estas medidas (Rusia lo habría vetado). No hubo proceso judicial internacional que determinara responsabilidades antes de congelar activos. Todo se hizo mediante decisiones unilaterales basadas en poder, no en derecho.
Esto no significa que las acciones fueran injustificadas, pero establece el precedente: la respuesta a violaciones del derecho internacional no es fortalecer ese derecho sino ejercer poder unilateral al margen de él.
La pregunta fundamental: ¿Hacia dónde vamos?
Estamos en una encrucijada civilizacional. Podemos continuar por el camino actual, donde el poder define lo permisible y lo prohibido, donde las normas son instrumentos que se usan contra los débiles pero no se aplican a los fuertes. O podemos intentar reconstruir un orden genuinamente basado en reglas aplicables a todos.
La primera opción conduce inevitablemente a un mundo más violento, fragmentado e inseguro para todos, incluidos los actualmente poderosos. La historia muestra repetidamente que los sistemas basados puramente en el poder terminan generando coaliciones de balanceo que desafían al hegemón, conflictos cada vez más intensos, y finalmente colapsos catastróficos.
La segunda opción requeriría que las potencias actualmente dominantes aceptaran limitaciones reales a su propio poder, algo históricamente inusual pero no imposible. Requeriría reforma de instituciones como el Consejo de Seguridad de la ONU para reflejar mejor la distribución actual del poder global. Requeriría mecanismos de cumplimiento que se apliquen efectivamente a todos los Estados, incluidos los más poderosos.
¿Qué podemos hacer?
Para los ciudadanos comunes, el colapso del derecho internacional puede parecer algo remoto, asunto de gobiernos y diplomáticos. Pero sus consecuencias nos afectan directamente: guerras que generan millones de refugiados, crisis económicas provocadas por sanciones y contra-sanciones, riesgos de escalada nuclear, imposibilidad de resolver problemas globales.
Exigir consistencia: Cuando nuestros gobiernos condenen violaciones del derecho internacional, debemos preguntarles por qué no condenan con igual firmeza violaciones similares de sus aliados. La hipocresía destruye la credibilidad moral necesaria para defender normas.
Rechazar la deshumanización: Cada vez que se justifica el sufrimiento de civiles venezolanos, afganos, yemeníes, palestinos, ucranianos, sirios como daño colateral aceptable o presión necesaria, se erosiona el principio básico de que todas las vidas humanas tienen igual valor.
Apoyar instituciones multilaterales: Aunque imperfectas, instituciones como la ONU, la Corte Internacional de Justicia, o los tratados de desarme representan intentos de someter el poder a normas. Fortalecerlas, no debilitarlas, debe ser la prioridad.
Cuestionar narrativas simplistas: La geopolítica se nos presenta como lucha entre buenos y malos, democracia versus autoritarismo, civilización versus barbarie. Estas narrativas simplifican realidades complejas y justifican aplicaciones selectivas del derecho. Debemos exigir análisis más honestos.
Conclusión: El momento de decidir
No vivimos en tiempos normales. Estamos presenciando la transición entre órdenes internacionales, momento históricamente peligroso donde las reglas antiguas se han roto pero las nuevas no se han establecido.
En estos momentos, todo es posible: tanto el deslizamiento hacia conflictos cada vez más intensos como la construcción de sistemas más justos y estables. La diferencia la harán las decisiones que tomemos colectivamente en los próximos años.
Lo que no podemos permitirnos es la complacencia, la aceptación pasiva de que "así son las cosas" o que "siempre ha sido así". El derecho internacional fue una construcción humana, creada tras las catástrofes de dos guerras mundiales por generaciones que decidieron que debía haber un orden mejor que la pura ley del más fuerte.
Ese orden está en peligro. Si colapsa completamente, si permitimos que la fuerza reemplace totalmente al derecho, las consecuencias serán terribles para todos. No habrá ganadores en un mundo sin normas, solo diferentes grados de pérdida.
La pregunta que debemos responder es simple pero urgente: ¿Queremos vivir en un mundo regido por el derecho o por la fuerza? Porque cada día que aceptamos sin cuestionar el doble estándar, cada vez que justificamos la violación de normas por "nuestro lado", cada ocasión en que miramos hacia otro lado ante el sufrimiento que no nos afecta directamente, estamos respondiendo esa pregunta.
Y estamos eligiendo la fuerza.
Aún estamos a tiempo de elegir de manera diferente. Pero el tiempo se agota.
Jose Antonio Carbonell Buzzian