El pasado 28 de octubre tuve la oportunidad de asistir, gracias a la invitación de ASAJA Águilas, a la manifestación de agricultores y ganaderos convocada en la plaza de Colón de Madrid por las organizaciones agrarias ASAJA, COAG y Unión de Uniones.
Acudí convencido de que sus reivindicaciones estaban más que justificadas. Nuestro sector primario lleva años soportando una situación cada vez más complicada, entre el incremento de los costes de producción, la pérdida de rentabilidad, las exigencias burocráticas y la incertidumbre que generan determinadas decisiones políticas, tanto desde Bruselas como desde el Gobierno de España.
Las reivindicaciones se centraban fundamentalmente en cuatro cuestiones: el incremento de los costes de producción, que según los datos recogidos en la convocatoria superan el 29 %; la preocupación por los posibles recortes de la futura Política Agraria Común, que podrían comprometer la viabilidad de numerosas explotaciones; los acuerdos comerciales con terceros países, especialmente Mercosur, por el temor a una competencia desigual; y el exceso de burocracia que obliga a nuestros agricultores y ganaderos a dedicar cada vez más tiempo a cumplimentar documentos que a trabajar sus tierras y cuidar sus animales.
El cuaderno digital, los planes de abonado, las restricciones fitosanitarias, los ecorregímenes y las numerosas exigencias medioambientales forman parte de una realidad que está llevando al límite a muchas explotaciones familiares.
Es una lucha desigual, casi como la de David contra Goliat. Pero nuestros agricultores y ganaderos siguen resistiendo, porque detrás de cada explotación hay una familia, una historia de sacrificio y, en muchos casos, generaciones enteras dedicadas a producir los alimentos que llegan diariamente a nuestras mesas.
Sin embargo, hoy no quiero detenerme exclusivamente en esas reivindicaciones. Quiero hablar de algo que presencié personalmente y que considero mucho más importante: la dignidad, la educación y la extraordinaria calidad humana de nuestros agricultores y ganaderos.
La noche anterior apenas pudimos dormir. Había que madrugar para llegar a Madrid a tiempo. Desde todos los rincones de España salieron autobuses, vehículos particulares y camiones transportando tractores. Muchos tuvieron que recorrer cientos de kilómetros, dejando atrás sus explotaciones, sus animales y sus obligaciones diarias.
Porque conviene recordar algo que muchas veces olvidamos: cuando un agricultor abandona su explotación para manifestarse, su trabajo no desaparece. Los cultivos siguen necesitando cuidados, los animales tienen que alimentarse y las obligaciones continúan esperando su regreso.
Y, aun así, allí estaban.
Me llamó especialmente la atención la presencia de familias completas, padres acompañados de sus hijos y agricultores de avanzada edad que, después de toda una vida trabajando la tierra, todavía encontraban fuerzas para viajar hasta Madrid y defender aquello por lo que tanto habían luchado.
Aquella mañana, mientras llegábamos a la fría plaza de Colón, se respiraba un ambiente de compañerismo difícil de describir. Banderas de España, de Ceuta y de las distintas organizaciones agrarias se mezclaban entre los asistentes. Unos ofrecían café, otros compartían bocadillos y todos parecíamos formar parte de una misma familia.
La gran familia del campo español.
Pero también me sorprendió el importante despliegue policial que rodeaba la plaza, con numerosos agentes antidisturbios y helicópteros sobrevolando la zona.
Confieso que me pregunté si realmente era necesario semejante dispositivo para recibir a miles de personas cuyo único propósito era defender pacíficamente su trabajo y su futuro.
Hacia las once de la mañana llegó la noticia que nadie esperaba. La manifestación quedaba suspendida como consecuencia del grave accidente ferroviario ocurrido en la provincia de Toledo.
Imaginen por un momento la situación.
Miles de agricultores y ganaderos que apenas habían dormido, que habían recorrido cientos de kilómetros, que habían invertido tiempo y dinero, que habían trasladado incluso sus tractores hasta Madrid y que llevaban meses esperando aquella oportunidad para hacerse escuchar, recibían la noticia de que la manifestación no iba a celebrarse.
Tenían motivos de sobra para sentirse frustrados. Habían hecho un enorme esfuerzo y regresaban a sus casas sin haber podido desarrollar la protesta que tenían prevista.
¿Qué ocurrió entonces?
Se leyó un manifiesto con las reivindicaciones del sector y se guardaron unos minutos de silencio en recuerdo de las víctimas del accidente ferroviario.
Y después sucedió algo que, personalmente, jamás olvidaré.
Aquellos miles de agricultores y ganaderos recogieron sus pertenencias y comenzaron a abandonar la plaza de Colón en silencio, sin provocar incidentes, sin enfrentamientos y sin alterar el orden público.
Sin gritos de protesta contra la suspensión. Sin enfrentarse a los agentes. Sin convertir su legítima frustración en un problema para los demás.
Simplemente comprendieron la gravedad de lo ocurrido, respetaron el dolor de las familias afectadas y emprendieron el largo viaje de regreso a sus hogares.
Muchos todavía tenían por delante otras tantas horas de carretera. Llegarían cansados, posiblemente de madrugada, y al día siguiente tendrían que volver a levantarse para trabajar sus tierras y atender sus animales.
Y eso, señores, también merece ser contado.
Porque estamos demasiado acostumbrados a que las noticias destaquen los altercados, los enfrentamientos y los incidentes que se producen en determinadas manifestaciones. Pero pocas veces se reconoce públicamente el comportamiento ejemplar de quienes, teniendo razones para estar indignados, demuestran que se puede defender una causa con firmeza y, al mismo tiempo, con respeto.
Aquella mañana nuestros agricultores y ganaderos dieron una lección de civismo, solidaridad y dignidad que merece el reconocimiento de toda la sociedad española.
No necesitaron enfrentarse a nadie para demostrar su fortaleza. No necesitaron provocar disturbios para defender sus derechos. Y tampoco confundieron la legítima protesta con la falta de respeto hacia quienes estaban sufriendo una tragedia.
Sus reivindicaciones siguen pendientes. Sus problemas económicos no han desaparecido. La burocracia continúa, los costes siguen presionando sus explotaciones y el futuro de muchas familias del campo permanece rodeado de incertidumbre.
Pero aquella jornada nos dejó una enseñanza que va mucho más allá de cualquier manifestación.
La dignidad de una persona no se mide por el ruido que hace, sino también por la forma en que se comporta cuando las circunstancias le impiden conseguir aquello por lo que tanto ha luchado.
Y nuestros agricultores y ganaderos demostraron que se puede tener una enorme fuerza reivindicativa sin perder la educación, el respeto ni la humanidad.
Por eso quiero terminar con una reflexión dirigida a quienes tienen en sus manos las decisiones que afectan al futuro de nuestro campo.
Un sector que es capaz de recorrer cientos de kilómetros para defender su supervivencia y, llegado el momento, renunciar pacíficamente a su protesta por respeto a las víctimas de una tragedia, merece algo más que buenas palabras y promesas incumplidas. Merece ser escuchado, respetado y defendido.
Porque el 28 de octubre quizá no pudieron celebrar la manifestación que habían preparado, pero ofrecieron a toda España una demostración de dignidad que ninguna pancarta habría podido expresar mejor.
José García Martinez.