A los 50, esta madre de tres hijos, pianista, bailaora y modelo profesional demuestra que la madurez no es un pianissimo de despedida, sino un forte de reivindicación.
Hay vidas que se miden en años y vidas que se miden en compases. La de Ana Vidal Rincón pertenece a la segunda categoría. En su mesa de Valladolid conviven una jeringa, un cuaderno de pauta musical, una foto de sus tres hijos y el brillo discreto de un título de modelo profesional. Recién cumplidos los 50, esta veterinaria ha decidido que la madurez no es un pianissimo de despedida, sino un forte de reivindicación. La recibimos entre el aroma de los animales y el eco de las sevillanas que ensaya en su salón. No ha venido a hablar de clichés. Ha venido a romperlos.
"Mi primera profesión es ser madre; creo que de eso no te jubilas nunca"
1—Ana, empecemos por el principio. Usted es veterinaria, madre de tres hijos, pianista, bailaora y modelo. ¿En qué orden pone la agenda?
—El orden es lo sencillo; lo verdaderamente complejo es gestionar esa agenda. Mi primera profesión es ser madre; creo que de eso no te jubilas nunca. La veterinaria ha sido mi vocación desde pequeña y el motor de mi día a día; además, es lo que me permite ganarme la vida. La moda me apasiona y la vivo al cien por cien.
Desde niña mi madre me llevó a clases de música y empecé con el piano como instrumento. Para mí nunca fue una obligación. Junto con el flamenco se han convertido en mis dos grandes aficiones.
2—La otra Ana es madre de Carla, Álvaro y Bruno. Pero los números asustan: tres hijos en once meses y medio. ¿Cómo se sobrevive a eso sin perder el compás?
—Cuando nacieron mis dos hijos y al poco tiempo me enteré de que estaba de nuevo embarazada, se me cayó el mundo encima. Una locura, más aún habiendo tenido una eclampsia. Tuve suerte de contar con ayuda: el apoyo de mi madre, familiares y amigos.
Fueron años duros, de sacrificio, de no poder desarrollar mi profesión. Cuando son pequeños estás deseando que sean independientes. Ahora que los tres son universitarios, no sé si decirte que sufro más. Niños grandes, problemas grandes.
"El piano es un gimnasio para la mente; el flamenco, una escuela de elegancia"
3—Y entre tanto vendaval, encontró refugio en la música. Usted toca el piano en la Escuela Municipal de Simancas.
—A los siete años comencé mis estudios de música. Hice los cinco cursos de solfeo, cuatro de violín y cuatro de piano. Me encantaba tocar el piano, pero cuando empecé la carrera tuve que priorizar los estudios, porque no me daba la vida para todo. Entre las clases y los exámenes, me faltaba tiempo para ensayar como se debe.
Pude retomar el hábito durante la pandemia y me inscribí en la Escuela Municipal de Simancas, donde actualmente soy alumna. Me apasiona el piano; es mi vía de escape favorita. Cuando me siento a tocar, desconecto por completo del mundo y de la rutina. Para mí, tocar el piano no es solo un pasatiempo: es algo que me llena muchísimo y me hace feliz.
4—Pero de las teclas al taconeo hay un paso. Usted baila sevillanas. ¿Qué tiene el flamenco que no tenga el piano?
—El flamenco y el piano no están separados, pero cada uno aporta beneficios muy diferentes a nivel mental, físico y emocional.
El piano exige una alta coordinación; se considera uno de los mejores ejercicios para el cerebro: leer dos claves musicales diferentes a la vez, coordinar ambas manos y usar los pies para los pedales. Es un gimnasio para la mente.
El flamenco aporta una energía totalmente distinta, enfocada en el cuerpo. Te ayuda a ganar conciencia corporal. Trabajas el ritmo de los pies, el zapateado, mientras coordinas el movimiento de los brazos. Además, mejora la postura y la elegancia. Aunque no lo parezca, bailar es un excelente ejercicio aeróbico; es una excusa para salir de casa, socializar y conocer gente. Dos de mis mejores amigas son de mi grupo de flamenco.
"Los sueños no tienen edad y nunca es demasiado tarde para ser quien quieres ser"
5—Hablemos del giro más inesperado. El año pasado, a los 49 años, se fue a Madrid a hacer un Máster de modelo profesional. ¿Qué busca una veterinaria de Tragsatec en una pasarela?
—Ganar seguridad, ganas y confianza en mí misma.
Mucha gente aún asocia el modelaje exclusivamente con jóvenes de 18 años en pasarelas. A veces, el entorno cercano proyecta sus propios miedos o inseguridades: "¿Cómo te vas a exponer a eso ahora?". Un máster de modelo profesional no solo te enseña a desfilar; te enseña expresión corporal, oratoria, cómo proyectar seguridad frente a la cámara.
Realizar este máster a los 49 años no es llegar tarde: es llegar con la madurez y la actitud necesarias para disfrutarlo. Tener una carrera profesional te da estabilidad mental y económica, mientras que desfilar en una pasarela aporta un gran crecimiento en la confianza personal, el dominio del cuerpo y la gestión de la presión; estar en contacto con diseñadores, estilistas, fotógrafos…
Me gusta mucho la moda; es una forma más de expresión, podemos expresar nuestra propia personalidad. Los sueños no tienen edad y nunca es demasiado tarde para ser quien quieres ser.
"La belleza física es solo una parte: la sensualidad, la elegancia y los sueños no tienen fecha de caducidad"
6—Ganó un título importante. ¿Cómo lo asume?
—Ganar un título de belleza se asume como una gran victoria personal y profesional, pero también como el inicio de una etapa de alta responsabilidad.
Lo asumo con madurez, humildad, bondad e ilusión, que es el motor de la vida, y entendiendo que la belleza física es solo una parte: la sensualidad, la elegancia y los sueños no tienen fecha de caducidad.
7—Y en ese viaje de autodescubrimiento, ¿quién la acompaña?
—Quien me animó desde el primer momento a participar en esta aventura, porque conocía mi pasión por la moda, es mi marido.
"Sigo teniendo ILUSIÓN, que es el motor que mueve la vida"
8—Para terminar, Ana. Usted es veterinaria, pianista, bailaora, modelo, madre. Si tuviera que escribir la partitura de su vida hoy, ¿qué nota pondría al final?
—No puedo ponerle una nota numérica, ya que el valor de una vida no se puede medir en una escala.
Me siento tranquila con quien soy y con mis decisiones.
Tengo personas en las que confío y me apoyan.
Hago actividades que me motivan, me apasionan y me hacen feliz y, sobre todo, sigo teniendo ILUSIÓN, que, como he dicho anteriormente, es el motor que mueve la vida.
Ana Vidal Rincón no es una excepción. Es un recordatorio. De que la elegancia no entiende de edades, de que la pasión no se jubila y de que la vida, como la música, se mide en compases que uno decide cómo tocar.