Opinión

Bibliotecarios a fuego lento

Moisés S. Palmero Aranda

Educador Ambiental

Hace poco más de un mes tuve la suerte de llevar los cuentos del mar de Alborán a la Biblioteca de Orce. Es una sala pequeñita, alargada, muy acogedora por sus estanterías repletas de libros e inspiradora por varios motivos. Con ellos, aprovecho para celebrar el Día de las Bibliotecas, que este año tiene como lema: "Sin profesionales no hay bibliotecas", complementando al "Aptas para todos los públicos" que se utiliza desde 2019.

Lo primero que me llamó la atención fue su nombre, La balsa de piedra, porque habitualmente están asociados a algún escritor local reconocido, si el municipio lo tiene, o de la historia de la literatura. Esta podría haberlo hecho porque José Saramago cumple esos dos requisitos: fue Premio Nobel de Literatura en 1998 y estaba ligado a Orce desde que en la década de los 80 lo visitó por primera vez, atraído por los descubrimientos paleontológicos que han convertido a este pueblo del altiplano granadino en una referencia mundial al encontrarse un diente de leche con 1,4 millones de años, el resto anatómico más antiguo de Europa Occidental.

Sin embargo, prefirieron utilizar el título de una de sus novelas, una fábula política cargada de simbolismo, historia y metáforas, porque uno de sus personajes principales es un anciano farmacéutico llamado Pedro Orce, y el municipio es el punto de partida, donde los diferentes personajes se juntan para comenzar su periplo por toda la península Ibérica, que, sin saber las razones, se ha desgajado de Europa por los Pirineos y se aleja a la deriva por el Atlántico, como una balsa de piedra, hacia Sudamérica.

Pero si la elección del nombre me parece inspiradora, el edificio donde se encuentra ubicada también lo es, el Palacio de los Segura. Un precioso edificio, de tres plantas y una torre con un patio de luces central adornado con seis grandes columnas de mármol, talladas a mano, donde se mezclan la historia y la leyenda, la realidad y las habladurías, lo documentado y la transmisión oral.

Por un lado, el poder, los privilegios y la fortuna de los Segura durante 455 años, a pesar de que uno de ellos, la bestia parda, tuvo que enfrentarse a la Santa Inquisición; la compra de don Cirilo en 1944 tras la desaparición de la estirpe y la venta definitiva tras su muerte; unos dicen que sin herederos y otros que tuvo una hija con la criada que fue su amante. Y en 1981 el Ayuntamiento adquirió la mitad del edificio para convertirlo en la Casa de la Cultura, donde, además de la biblioteca, está la Oficina de Turismo y queda algún laboratorio de cuando estuvo el Museo de la Prehistoria.

Por otro, los fantasmas y ruidos extraños que lo han convertido en la Casa de los Duendes o de Cirilo, a causa de la magia negra que practicaba uno de los Segura, y de la amante de Cirilo, que fue emparedada en una de sus salas.

Si les cuento todo esto, además de para invitarlos a visitarla, es porque hay un detalle más que la hace especial, y es que la biblioteca se encuentra en lo que fueron las cocinas del palacio. Una metáfora que viene a explicar lo que deberían ser las bibliotecas en nuestros pueblos, los lugares de donde sale el alimento que nos permite vivir de forma saludable.

A veces sale convertido en exquisitas viandas, otras en platos de supervivencia, y todo depende del toque personal de los cocineros, en este caso de los bibliotecarios, que aportan su experiencia, su conocimiento y habilidades para proteger las recetas clásicas de nuestras abuelas, adaptarlas a los nuevos sabores que los comensales demandan y aconsejar los alimentos más adecuados a cada uno de nosotros.

Si ya he dejado claro que me gustan las bibliotecas clásicas, donde los libros estén expuestos en las estanterías como las esencias, aliños y materias primas; con nombres originales evocadores, y en edificios con historia, con alma, con una historia que contar más que con una bonita fachada; también quiero dejar claro que soy un gran admirador de todos aquellos bibliotecarios que cocinan a fuego lento, compensando con su pasión y creatividad la falta de recursos.

Me gustan los que se resisten a convertir sus bibliotecas en máquinas expendedoras de comida basura, en routers gigantes o en vacías y asépticas salas de estudio. Envidio a los que son capaces de poner su magia en cualquier receta que elaboren; a los que consiguen dejarte saciado, pero con ganas de más; a los que mantienen un aroma especial y misterioso que te hace volver para intentar adivinar de dónde viene; a los que van dejando en cada uno de nosotros pequeñas cápsulas de recuerdos que te hacen sonreír en los momentos más insospechados.

Ellos son el alma de las bibliotecas, como las cocinas son el alma de la casa, los lugares donde se mezclan los sabores, olores y conversaciones más importantes de nuestras vidas.

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