A punto de cumplirse el centenario de su muerte (1926-1984) continúa paseándose por los salones intelectuales de Europa como si todavía tuviera mucho que decirnos. Y posiblemente lo tenga. Otra cuestión, bastante más inquietante, es si aquello que nos dice contribuye a engrandecer al ser humano o, por el contrario, termina por reducirlo a una pieza más del inmenso engranaje de las estructuras sociales, culturales y políticas.
El filósofo francés, uno de los grandes referentes del pensamiento contemporáneo y de la llamada posmodernidad, sigue siendo objeto de admiración en determinados ambientes universitarios y sectores de la izquierda europea. Sus reflexiones sobre el poder, la sexualidad, la identidad y las instituciones han penetrado profundamente en números debates actuales. No sería riguroso convertirlo en el ideólogo oficial de Bruselas, ni atribuirle una influencia sobre Úrsula von der Leyen y compañía. Pero sí resulta legítimo preguntarse hasta qué punto ciertas corrientes intelectuales que circulan por las instituciones europeas comparten con él una visión del hombre alejada de la antropología clásica y de la tradición humanista cristiana.
Porque aquí está la madre del cordero. No discutimos únicamente sobre un filósofo francés, sus libros o sus extravagancias intelectuales. Estamos hablando de algo bastante más serio: ¿qué lugar ocupa hoy la persona humana en la construcción política de Europa? ¿Es el hombre el verdadero protagonista de la sociedad o estamos fabricando un modelo donde las estructuras, los procedimientos administrativos y las ideologías terminan por imponerse sobre su dignidad?
Conviene recordar que Foucault no fue un pensador cualquiera. Su obra Las palabras y las cosas (1966), constituyó un auténtico terremoto intelectual. Allí anunció, mediante una célebre imagen, la posible desaparición del hombre como figura central del saber moderno, semejante a un rostro dibujado en la arena que las olas terminan borrando. ¡Menudo hachazo a determinadas concepciones de la antropología!
Durante siglos, desde Aristóteles hasta Tomás de Aquino, pasando por buena parte del pensamiento humanista, el ser humano había sido considerado una realidad singular, dotada de inteligencia, libertad, conciencia moral y capacidad para trascender sus condicionamientos. No era una consecuencia de las estructuras sociales ni un producto accidental de las relaciones históricas.
Foucault cuestionó radicalmente la estabilidad de esa imagen del hombre. Su anuncio de la desaparición de una determinada concepción moderna del sujeto guarda relación con la proclamación nietzscheana de la muerte de Dios, aunque ambas afirmaciones no sean filosóficamente equivalentes. Allí donde Nietzsche había puesto en cuestión los fundamentos tradicionales de los valores, Foucault investigaba las condiciones históricas que habían hecho posible nuestra manera de entender al ser humano.
Sin embargo, cabe preguntarse por las consecuencias del semejante planteamiento. Si el hombre deja de constituir una referencia fundamental, si su identidad se interpreta exclusivamente desde las estructuras que lo condicionan, ¿sobre qué fundamento sólido construiremos su dignidad?
Corremos el riesgo de convertirlo en una especie de polilla perdida entre los enormes armarios de la historia. Una criatura sometida a fuerzas que no comprende, administrada por instituciones que dicen conocer sus necesidades. Y no parece que Europa ande precisamente sobrada de claridad antropológica.
En su libro Vigilar y Castigar (1975) su tesis no consistía simplemente que el Estado debía controlar al ciudadano, sino en demostrar cómo determinadas instituciones desarrollaban técnicas de vigilancia, disciplina y normalización de los comportamientos. Foucault no defendía sin más ese sistema: lo sometía a una crítica profunda. Pero su análisis del poder abrió un horizonte intelectual en el que relaciones humanas podían interpretarse constantemente desde los mecanismos de dominación, resistencia y control. No se afirma que Foucault sea responsable de las decisiones de la Comisión Europea. Sería una simplificación injustificable. Pero resulta difícil contemplar la creciente burocratización de nuestras sociedades sin recordar de las cuestiones que él formuló.
¿Hasta dónde debe llegar el poder político? ¿Quién decide qué comportamientos son aceptables? ¿Cuándo una política pública protege verdaderamente a la persona y cuándo comienza a tratarla como objeto de administración?
La cuestión es importante. El Estado democrático, aun siendo imprescindible para garantizar derechos y libertades, no puede convertirse en propietario de la conciencia de los ciudadanos. Una cosa es gobernar y otra, muy distinta, pretender fabricar seres humanos a la medida de un determinado proyecto ideológico. Y aquí convendría que Bruselas, Madrid y nuestras comunidades autónomas tomaran buena nota.
La política no está llamada a sustituir la conciencia, ni a convertirse en una pedagogía obligatoria de la existencia. Su misión constante en crear las condiciones y las comunidades puedan desarrollarse libremente dentro del respeto a los derechos fundamentales. Cuando la administración comienza a confundirse con la condición moral de la sociedad, la libertad corre el peligro de quedar reducida a una concesión burocrática.
Respecto a la vida personal de Foucault, conviene mantener una distinción indispensable entre los hechos acreditados y las acusaciones controvertidas. Durante su estancia en Túnez se han formulado, décadas después, graves denuncias sobre supuestas conductas sexuales con menores. Esas afirmaciones han sido discutidas y no deben presentarse como hechos demostrados.
Entre 1976 y 1984, Foucault publicaría los tres volúmenes de su Historia de la sexualidad. Lo verdaderamente discutible ante tales escritos, desde una antropología personalista, es la tendencia a interpretar dimensiones esenciales de la existencia humana principalmente como productos históricos de discursos y relaciones del poder. Porque el hombre no es solamente sexualidad, lenguaje, deseo o construcción social. Es también interioridad, responsabilidad, conciencia, entrega y apertura al otro. Y, sobre todo, es una persona.
Foucault muere en 1984 en el hospital de la Salpëtrière de París, en el contexto de una enfermedad relacionada con el sida. No deja de ser significativo que un pensador tan preocupado por el poder, la libertad y los mecanismos de dominación continúe provocando debates sobre la relación moral, autonomía y responsabilidad personal.
El problema de nuestro tiempo no consiste en haber leído demasiado a Foucault. Tal vez consista en haber leído demasiado poco a Aristóteles, Séneca, san Agustín, Tomás de Aquino, Kant y tantos otros pensadores que intentaron comprender qué significa vivir humanamente.
Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad tecnológica y administrativa, pero seguimos sin resolver las preguntas fundamentales: ¿qué es el hombre? ¿para qué sirve la libertad?, ¿qué significa educar?, ¿dónde comienza la responsabilidad moral?
Sin una antropología suficientemente sólida, ante las elecciones, cualquier programa político corre el riesgo de convertirse en un catálogo de promesas. Y sin una ética de responsabilidad, hasta las mejores propuestas terminan naufragando en las aguas de la mediocridad. Es necesario no tener miedo a hablar de verdad, de esfuerzo, de virtud, de responsabilidad, de libertad y de bien común.
El pasado 15 de octubre se cumplían cien años del nacimiento de Michel Foucalt. Él nos dejaría como legado a desconfiar en las relaciones de poder. Tal vez haya llegado el momento de dirigir esa misma desconfianza hacia los nuevos poderes que presentan como administradores de nuestra libertad. Preguntémonos ahora qué sucede cuando la política pierde de vista la dignidad de la persona.
No necesitamos una Europa sin pensamiento crítico, ni un levante español sometido a viejas o nuevas estrategias. Necesitamos una política con alma, una educación con fundamentos y unas instituciones al servicio de la dignidad humana. Foucault anunció la posible desaparición del hombre como figura central. Un siglo después de su nacimiento, nuestra obligación política y moral debería consistir en impedir que la persona desaparezca también del horizonte de nuestros gobernantes.
Y si alguien considera anticuado volver a situar al hombre, a la mujer, a los abuelos, a los jóvenes, a los niños, habrá que recordarle que lo verdaderamente anticuado es seguir tratando a las personas como simples piezas de una maquinaria del poder.
MARIANO GALIÁN TUDELA