La mayoría de las gentes emplean más tiempo y energías en hablar de problemas que en afrontarlos. Dicho lo cual, bajémonos de los pedestales corruptos, si en verdad queremos hacer frente a las múltiples crisis políticas, que han de pasar a ser más poéticas; más justas económicamente, aminorando las desigualdades con acciones sociales; creando entornos más inclusivos, sostenibles y cohesionados. Indudablemente, no es suficiente con dar ayudas de emergencia; más bien hemos de dar acompañamientos de servicio incondicional, lo que nos requiere a estar en guardia ante el profundo desgaste humanitario. En efecto, la solución no pasa por mirar hacia otro lado, aislándonos del mundo, sino en estar vigilantes para no dejarse arrastrar por el desconcierto, el recelo o la dejadez generalizada.
El panorama no puede ser más desolador. Por desgracia, olvidamos que todos vamos en la misma barca. De hecho, en cantidad de ocasiones, se percibe que los derechos humanos no son idénticos para todos. Nos falta ética en los comportamientos y nos sobran ambientes de explotación, de inhumanidad y descarte. Tanto es así, que mientras una buena parte de la humanidad vive en la opulencia dominadora, otra parte ve su propia dignidad despreciada o pisoteada. Para empezar, como comunidad global que somos, no podemos permitir que ningún Estado dominador, lance ataques deshumanizantes contra otros, active el enfrentamiento y no el encuentro entre sí. Cabe reconocer, pues, que entre las causas más importantes del trance actual está la de tomar conciencia para cambiar de rumbo.
Ojalá sumemos fuerzas mar adentro, para restaurar principios y valores perdidos, en contiendas absurdas. Las fuerzas anímicas del espíritu, que son las que verdaderamente fecundan la vida en sociedad, son fundamentales para ser signo de unidad, sostener la expectativa y asistir a toda vida, rompiendo muros, sembrando actuaciones conciliadoras, extendiendo abrazos y tendiendo miradas que acaricien. Todo esto nos demanda acciones diferentes a las que cultivamos, que han de ser más corazón que coraza, protegiendo nuestro espacio interior del pesimismo crónico, el odio y la polarización que suelen amplificarse durante las dificultades. Desde luego, hemos de discernir las situaciones, diferenciando entre lo superficial y lo esencial, manteniéndonos despiertos en todo instante.
Los diversos sistemas están en el filo de la navaja. Cuando los problemas se vuelven cotidianos, existe el riesgo de normalizar el dolor ajeno o de caer en la desvergüenza. Si la paz debe reconstruirse cada día sobre la estética de los principios duraderos, no sobre la voluntad de los poderosos; también, los diversos y enfermizos tormentos, nos demandan soluciones conjuntas. Por si mismo nadie puede propiciar cambio alguno. Se comienza por el propio techo de cada uno, que es más que un edificio de ladrillo y hormigón, ha de ser un espacio de seguridad, la promesa de un hogar donde todo se vive en comunión y en comunidad. El amor hogareño, si es auténtico, que ha de serlo, todo lo resuelve de manera natural.
Sea como fuere, me niego a volver a la guerra y a la crisis del multilateralismo; puesto que, juntos, somos más fuertes. Sin embargo, un dilema ocurre cuando lo viejo no acaba de agonizar y lo bueno tampoco brota. Ahora bien, no se debe imponer nada, todo se ha de proponer, con diálogo sincero y escucha perseverante. Esto pone en evidencia un humanismo decadente, a menudo sustentado con el paradigma de la indiferencia. Por ello, quizás tengamos que humanizar la educación, cuestión que nos ayudará a entendernos y además a atendernos mutuamente, más allá de cualquier forma de voracidad y de interpretación etnocentrista, que nada resuelve y todo lo complica. Lo sustancial es despertar, sacudir el calzado y renacer, sin miedo a soñar en grande.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor