Reconozco, que me afana y desvela, sumar vínculos amigables y hacer familia. Clamo por el deseo de alentar la sana convivencia, sobre sólidos cimientos de tolerancia, que permita a los diversos miembros de un orbe globalizado, pero aún no amistoso, entenderse y atenderse en paz y concordia. Bajo el paraguas de este espíritu de apertura, no sólo se ayuda a mejorar los lazos comprensivos, sino que además se contribuye a no sentirnos desguarnecidos en medio de los desalientos. Somos seres en relación, aunque seamos heterogéneos; cuestión que nos enriquece, cuando compartimos faenas a través de iniciativas, que nos cautiven y cultiven el sentido de humanidad. Este compromiso, se basa en mirar a las cumbres sin encumbrarse, para anidar en el espacio inmaculado.
A mi juicio, es vital que el ser humano no se aletargue y desarrolle la capacidad intelectual que todos llevamos consigo, activando su soplo creativo celeste y no el mundano de la dominación posesiva, que nos esclaviza y corrompe. Con este brío imaginativo conjunto, también será más fácil la batida. Por otra parte, convirtiendo la esfera en un hábitat benefactor, todo será más noble, urdiendo en las tecnologías innovadoras, las trabas y los esfuerzos cooperantes, que son los que causan realidad esta aspiración. El objetivo no está en la pasividad, sino en forjar la fuerza de lo activo en el mañana, fomentando la cooperación internacional en la divulgación, así como el anhelo de asimilar el respeto mutuo para vivir en armonía y reconstruir territorios en etéreas alianzas.
Cada período es especial para quien tiene la visión de trabajarlo; lo importante es asegurarse de que sitúas la mirada en el lugar correcto y, a continuación, mantenerse en escucha pero firme, sabiendo que uno existe para asistir a este bucólico viaje de autodescubrimiento, en el que no pasa un día en que no estemos un instante tanto en el vergel como en el abismo. Embellezcamos, luego, nuestros andares. Lo fundamental radica en trascender, siendo agentes reconciliadores y conciliadores con lo que nos rodea. Esto significa que ahora navegamos vivencialmente por el planeta. Asociemos esfuerzos de remador en la barca existencial, con respeto por la dignidad de cada persona. Esta comunión de voluntades nos obliga a realzarnos hacia espacios ultraterrestres con fines pacíficos.
Indudablemente, el espacio exterior debe continuar siendo un reino de avenencia, en beneficio de toda la sociedad y con desenlaces sistémicos, que garanticen que dichas conquistas serán puestas al servicio del bien colectivo y protegidas contra una explotación abusiva. Es cierto que, aquí en el astro, el mercado todo lo compra y lo vende. El negocio es el que manda, de igual forma el que nos destruye. En consecuencia, la exploración jamás debe conllevar explotación alguna. Por tanto, es esencial que el rastreo y el uso o el abuso de la región física más allá del espacio aéreo de la tierra y entre los cuerpos celestes, se preserven exclusivamente para fines seguros, como una atribución común de todos los moradores, habiten donde habiten.
Quizás tengamos que rebuscar otros caminos menos armamentísticos; comenzando por la Inteligencia Artificial, que está deshumanizando cada vez más la forma en que se libran las batallas. Sin embargo, uno requiere humanizarse y hermanarse, tendiendo puentes y extendiendo abrazos. Es asombroso ver como la ciudadanía todavía no acierta a conjugar lenguajes que nos acerquen y, en su lugar, aparezcan otras expresiones como la competitividad; que es la aptitud que nos gobierna, aunque nos plasme conflictividad. Reservar un espacio suficiente para reflexionar junto a ese nosotros universal es lo suyo, proporciona la base y el refugio del yo; pues, nada somos por sí mismos, sin la ayuda de nuestros análogos. Ojalá subamos a las alturas, cohabitando en las bajuras.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor