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Casi el 80 % de los profesionales sufren estrés laboral, y la positividad tóxica acelera el agotamiento en las empresas

El esfuerzo psicológico que supone aparentar una motivación constante consume más energía mental que las tareas técnicas cotidianas, lo que acelera el agotamiento silencioso de los empleados

La presión invisible para mantener una fachada impecable de optimismo, entusiasmo y felicidad perpetua en el trabajo se ha convertido en una de las fuentes más silenciosas y dañinas de agotamiento emocional en la rutina empresarial. Este fenómeno, conocido como “positividad tóxica”, refleja la exigencia implícita de reprimir las frustraciones, las incertidumbres y los problemas personales ante compañeros y clientes. En la actualidad, este enmascaramiento emocional constante ha consumido más energía mental que la propia realización de las tareas técnicas del día a día.

Esta dinámica genera lo que los expertos denominan “disonancia emocional”, es decir, el conflicto directo entre lo que la persona siente realmente y el comportamiento que se ve obligada a mostrar. Con el paso del tiempo, la obligación de “estar siempre bien” convierte el entorno laboral en un escenario de actuación continua, en el que el empleado no encuentra un espacio seguro para expresar su cansancio o vulnerabilidad, lo que allana el camino hacia casos graves de ansiedad, estrés crónico y síndrome de burnout.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los entornos laborales con riesgos psicosociales no gestionados suponen para la economía mundial la pérdida de 12 000 millones de días de trabajo al año debido a la depresión y la ansiedad. En España, un mercado en el que cada vez se debate más sobre el bienestar laboral, el informe “Mental Health at Work” de la consultora Cigna indica que alrededor del 78 % de los profesionales afirman sufrir estrés en el trabajo, y más del 40 % admiten ocultar su verdadero estado emocional a sus superiores y compañeros por miedo a ser juzgados, a perder oportunidades o a que se les tache de falta de compromiso.

A diferencia de la empatía y del optimismo auténtico, que impulsan a los equipos y generan resiliencia, la positividad tóxica impone una negación sistemática de la realidad. Cuando la cultura organizativa invalida sentimientos como la frustración o el agotamiento, exige al profesional un doble esfuerzo: ofrecer resultados técnicos y mantener, de forma ininterrumpida, una imagen de confianza en sí mismo inquebrantable.

“Cuando la cultura corporativa castiga la vulnerabilidad y exige una sonrisa permanente, se crea una brecha destructiva entre el estado real del profesional y la imagen que debe proyectar. Mantener esa máscara consume una cantidad colosal de recursos cognitivos. El empleado gasta más energía intentando ‘parecer feliz, motivado e integrado’ que centrándose en sus resultados, lo que desencadena un proceso de agotamiento silencioso y extremadamente insidioso”, explica Luciane Rabello, especialista en Recursos Humanos, psicóloga y fundadora de TalentSphere People Solutions.

La experta advierte de que este fenómeno es especialmente peligroso porque actúa de forma encubierta. A diferencia de una sobrecarga de trabajo con plazos visibles, el agotamiento provocado por el esfuerzo emocional no suele detectarse mediante las herramientas tradicionales de gestión de personal.

Además del perjuicio directo para la salud mental de la persona, la positividad tóxica socava la sostenibilidad de la propia empresa. Los entornos en los que mostrar dudas o dificultades se considera una debilidad pierden la capacidad de generar seguridad psicológica, pilar fundamental para la innovación y para la resolución eficaz de problemas complejos.

“Si un empleado no se siente seguro para admitir que está sobrecargado, que un proceso concreto no funciona o que un proyecto corre riesgos, la empresa pierde la oportunidad de corregir el rumbo a tiempo. La obligación de mantener una actitud positiva ahoga el diálogo honesto y la gestión de riesgos. Las organizaciones verdaderamente sanas no son aquellas que prohíben el malestar, sino las que crean entornos auténticos, capaces de acoger los momentos difíciles y ofrecer un apoyo real”, señala Rabello.

Para revertir esta situación, las empresas y los líderes deben pasar de una cultura de positividad forzada a una cultura de humanización y autenticidad. Esto implica capacitar a los líderes para que identifiquen señales sutiles de fatiga emocional, fomenten conversaciones abiertas sobre los límites individuales y comprendan que la búsqueda del alto rendimiento no debe realizarse a costa de la represión emocional de los equipos. 

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