En el corazón de una tarde estival en el municipio salmantino de El Cerro, la palabra se hizo espacio de resistencia frente al ruido, la inmediatez y el desgaste de los días. En un entorno distendido en la Sala Ágora de la Plaza Maximiliano Pérez, arropado por la corporación municipal encabezada por su alcalde, Juan Carlos Garavís González, e integrado por una concurrida audiencia de vecinos y amigos, el escritor manchego Jesús Sánchez Rivas presentó su más reciente trabajo poético, titulado Entre silencio y silencio, publicado por Ediciones C&G dentro del Grupo Oretania.
La velada, marcada por el intercambio a varias voces, demostró que la gran literatura no necesita de alharacas urbanas para hollar hondo. En las comunidades pequeñas del medio rural, la poesía encuentra el poso exacto para resonar con la misma verdad y trascendencia que en las grandes capitales.
El acto dio comienzo con la intervención del mantenedor y rapsoda Honorio Díaz Sánchez, quien propuso una rigurosa aproximación filosófica a la obra. Ante un público atento, expuso cómo la acelerada dinámica moderna, dominada por el ruido monótono, el estrés y la prisa, anula la capacidad de escucharse en el interior. Frente a este panorama, reivindicó la necesidad del silencio libremente elegido como herramienta imprescindible para la introspección, la observación rigurosa del entorno y el análisis crítico de la propia existencia, advirtiendo de que una vida no analizada se vuelve irrelevante y estéril.
Durante su análisis, alabó la acertada estructuración y clasificación del libro por temáticas, destacando cómo esta organización permite al lector volver fácilmente a los poemas más adecuados según sus propias circunstancias anímicas. Con un amable paréntesis anecdótico, Honorio Díaz desató las sonrisas de la sala al recomendar encarecidamente la lectura del poema 'Dolor de las rodillas', confesando en tono distendido que a él le habría servido de consuelo moral durante su propia experiencia con una tendinitis de pata de ganso cuando la obra aún no había visto la luz.
Recuperando el tono analítico, el rapsoda elogió el afán del poeta por combatir las mordazas impuestas por las guerras, las violencias sutiles y la desinformación interesada que busca hacernos manipulables. El ponente aseveró que todas estas batallas para poner a la sociedad frente al espejo de sus contradicciones las libra el poeta manchego con el mismo afán y determinación que Don Quijote, pero sin lanza y con el exclusivo poder y la musicalidad de sus versos. Concluyó felicitando al autor por su dinamismo cultural entre Cataluña, La Mancha y Salamanca, agradeciéndole el gesto de llevar sus versos hasta una comunidad pequeña como El Cerro y equipararla en inquietud cultural a ciudades como Valdepeñas.
El abismo de "14"
Tomó la palabra la mantenedora y rapsoda Rose-Marie Cayero Hernández para dar lectura a una de las piezas más impactantes y formalmente singulares de la tarde, el poema titulado 14.
El texto desgranó una sobrecogedora regresión numérica que arranca en el desgarro de un maltrato y se desliza hacia la nada. La lectura comenzó evocando la dureza del golpe y la caricia endurecida que cae como un hacha envenenada, para ir descendiendo peldaño a peldaño en una cuenta atrás liberadora. En el verso 14 el sol se muestra brillante tras la partida del agresor, en el 11 la protagonista proclama la libertad de su cuerpo y en el 6 recuerda haber dado toda el alma frente al hielo y el hierro recibidos. El conteo culminó de forma trágica al alcanzar los últimos versos, donde la ilusión del vuelo se quiebra en la planta baja, el impacto contra la acera y el número cero.
A partir de esta sobrecogedora lectura, Rose-Marie Cayero ahondó en la esencia misma que da título al poemario, señalando que la verdadera poesía habita en ese umbral frágil que se sitúa en ese espacio entre un silencio y otro silencio, cuando todavía no sabemos qué decir, pero sentimos que algo necesita ser dicho.
El autor
Requerido por los ponentes para responder a la urgencia vital de su escritura, Jesús Sánchez Rivas tomó el micrófono. Aclaró que para él escribir poesía no es una simple necesidad puntual, sino su propio modus vivendi y su status quo, una observación implacable del entorno que le lleva a registrar ideas en notas o grabadoras de voz en cualquier momento para darles forma más tarde en la penumbra de su despacho.
Sánchez Rivas expresó su arraigo y su profundo afecto por El Cerro, localidad que lo acoge desde hace cinco décadas y en cuyos senderos y calles se siente como en casa desde el primer día. En su faceta como presidente de una asociación cultural que aglutina a pintores, escultores, diseñadores y músicos, explicó que la palabra es su herramienta para retratar, al igual que sus compañeros artistas, lo que el mundo le enseña, le discute y a veces le escupe.
Con hondo calado humanista, el poeta definió sus poemas como pequeñas tiritas destinadas a recomponer lo que la realidad rompe a diario en su imparable descomposición. Confesó la dolorosa punzada de culpabilidad que le asalta al saberse un privilegiado por comer en paz, mientras en otros rincones del mundo miles de inocentes sufren el terror de las balas bajo las decisiones indolentes de quienes mandan en despachos acristalados.
Sin embargo, el autor se negó a caer en el pesimismo absoluto. Recordando que en su interior aún habita aquel niño de la infancia que le da una colleja cuando la realidad le deprime (bromeando con que son las únicas collejas que soporta junto a las de su esposa), afirmó que el libro también atesora caramelitos de limón, aquellos que más le gustan por su punto ácido y esperanzador. Dedicó además un sentido pasaje a la figura de la mujer como madre, hermana, hija, amiga, compañera de viaje y pilar indiscutible de la existencia humana.
Donación bibliográfica
Sánchez Rivas detalló minuciosamente la arquitectura de la obra, dividida en 119 poemas repartidos en cuatro grandes bloques. El primero de ellos es "La vida", subdividida en tres partes tituladas Del hombre, Del poeta (donde habita su yo más íntimo) y De todos. El segundo bloque es "La mujer", con secciones dedicadas a la juventud, el desamor y a las múltiples facetas femeninas, donde dialogan el dolor, la esperanza y el amor carnal y espiritual. El tercer bloque es "El mar", un apartado único donde el agua actúa como metáfora de distancia, dolor, desesperación y separación. Finalmente, el cuarto bloque es "El mundo", enfocado en la observación social; abarca guerras, abusos y el progresivo deterioro de la sociedad actual.
Antes de dar paso al recital, el poeta insistió en que su literatura no tiene pretensiones y nace como terapia personal, esperando que estos versos sirvan al menos para apartar los ojos de las pantallas que dominan la cotidianidad. Tras agradecer la colaboración del Ayuntamiento de El Cerro y la compañía desinteresada de los mantenedores presentes, recordando de forma afectuosa al rapsoda José Ignacio Pérez Ramos (ausente por razones logísticas), hizo donación formal de sus tres libros publicados al alcalde Juan Carlos Garavís para que pasen a integrar de manera permanente el fondo bibliográfico del municipio.
19 poemas
El tramo central del acto se convirtió en un recital lírico dinámico a varias voces, alternando poemas leídos por los rapsodas y por el propio autor, quien asumió también las lecturas programadas para José Ignacio Pérez Ramos. A lo largo del recital se regalaron a la audiencia 19 textos de variada tonalidad.
La lectura dio comienzo con la métrica del soneto 'Contigo', leído por Honorio Díaz como una evocación a la compañía en el camino escarpado de la vida, seguido por la desgarradora escena nocturna de 'Al final', declamada por Sánchez Rivas sobre la desolación de un poeta maldito. Continuó Rose-Marie Cayero con la breve y sensual pieza 'A escondidas', la reflexión metafísica 'A la luz' de una lámpara amarilla sobre la trascendencia de los versos tras la muerte del autor, y el homenaje maternal 'Todas ellas', centrado en la partida en silencio de las madres.
A continuación, se escucharon el poema marino 'El Faro', la mirada a la decrepitud física en 'Desmadejado saco de huesos' (como una pesadilla del poeta) y la estampa costumbrista de 'El hombre y el otro', donde el poeta reflexiona sobre los paseos matutinos, los saludos regalados y la sombra en el espejo.
El recital se adentró entonces en un bloque de profunda crítica bélica y social. Se declamaron piezas de tono desgarrador como 'La muerte camina al lado', que retrata el fragor de la guerra en las avenidas rotas, y La guerra, pasaje en el que el autor aclaró entre sonrisas el significado del arcaísmo diana orate como diana loca. Siguieron el poema 'Desaparición', que denuncia la pérdida de fotogramas en el filme del mundo y señala a los niños como última salvación, y 'Guerra vieja', sobre el lodo histórico que persigue a las nuevas generaciones.
El recital encaró su tramo final con 'Espera', sobre la mirada arrugada de una anciana frente al mar negro, el emotivo tributo local 'Esta tierra adoptada' (donde el poeta proclamó su arraigo al afirmar que tras caminar 15 minutos sentía que en realidad nunca se había ido) y el vitalista poema 'Aún no morí', elegido para culminar la lectura recordando que, a pesar del dolor y la luz amarilla del día, si duele es que estás vivo.
Colofón
Antes de dar por concluida la cita, Sánchez Rivas desveló el secreto de la construcción de 14. Reveló que la obra nació primeramente como una pieza corta escrita para un recital con motivo del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, pero que cobró su forma definitiva al fusionarse con la noticia real de una joven que se arrojó desde una torre de 14 pisos en Cornellà de Llobregat.
El poeta ofreció además una hermosa reflexión sobre el oficio de escribir, explicando que, aunque los textos crecen antes de ir a imprenta, una vez publicados se niega a corregirlos. Indicó que corregir un poema publicado es como decirle a un hijo que ha fracasado y que debe empezar de cero, prefiriendo tener otro poema que le reporte nuevos momentos placenteros.
Entre bromas sobre el centenar de poemas que restaban por descubrir en las páginas del libro, invitaciones a conseguir los ejemplares firmados a través de su familia y el cariñoso aplauso del público, la presentación se cerró en una atmósfera de fraternidad festiva. En El Cerro, al menos por una tarde, la poesía logró vencer al ruido y demostrar que entre un silencio y otro silencio habita siempre la esperanza de la palabra.