Durante el verano, las piscinas, las playas y otros espacios acuáticos ganan protagonismo en la vida diaria. Más allá del ocio, estos entornos también favorecen la actividad física y pueden facilitar la participación conjunta de personas con y sin discapacidad. Cuando la práctica se adapta, el agua se convierte en un espacio accesible para moverse, relacionarse y disfrutar del deporte.
El medio acuático tiene características que facilitan el movimiento. La flotabilidad reduce la carga sobre las articulaciones y permite realizar diferentes acciones que, fuera del agua, pueden resultar más complejas. Además, la resistencia del agua ayuda a trabajar la fuerza y el control del cuerpo de forma progresiva.
“El agua genera un contexto especialmente favorable para la inclusión. Hay personas que encuentran en este entorno una forma de moverse con más seguridad y participar en grupo con independencia de si tienen o no una discapacidad”, señala Javier Pérez, director de la Cátedra Fundación Sanitas de Deporte Inclusivo.
La clave está en diseñar la práctica para que todas las personas puedan participar desde el inicio. Esto implica revisar la accesibilidad del espacio, adaptar las reglas de la actividad, contar con apoyos cuando sean necesarios y explicar los ejercicios de forma clara. En el deporte inclusivo, la adaptación no debe entenderse como una excepción, sino como parte de la organización natural de la actividad.
También resulta importante evitar una mirada excesivamente asistencial. Las personas con discapacidad necesitan entornos preparados, profesionales formados y margen para tomar decisiones durante la actividad. La sobreprotección puede limitar la autonomía y reducir la experiencia deportiva a una participación pasiva.
Desde el punto de vista físico, conviene adaptar la intensidad al nivel de entrenamiento y a la experiencia previa en el agua. En actividades con personas con discapacidad física, sensorial o intelectual se deben tener en cuenta aspectos como la seguridad del entorno y hacer las adaptaciones que sean necesarias para permitir la participación de todas las personas.
Los expertos de Sanitas recomiendan algunas pautas para facilitar la práctica de deportes inclusivos en el agua:
· Natación inclusiva: permite ajustar la distancia, el ritmo y el tipo de apoyo según la autonomía de cada persona. Puede practicarse de forma individual o en grupo y resulta especialmente útil para trabajar la movilidad, la coordinación y la confianza en el agua.
· Aquagym adaptado: los ejercicios dentro de la piscina reducen el impacto sobre las articulaciones y permiten graduar la intensidad con facilidad. Es una opción adecuada para grupos con diferentes niveles motrices, siempre que se indiquen los movimientos de forma clara y se respeten los tiempos de aprendizaje.
· Waterpolo inclusivo: adaptar el espacio de juego, el tiempo o la forma de desplazamiento facilita que más personas puedan participar. Esta modalidad ayuda a trabajar la cooperación, la orientación dentro del agua y la toma de decisiones en equipo.
· Juegos cooperativos en piscina: actividades con pelotas, relevos adaptados o circuitos sencillos permiten introducir el deporte inclusivo de forma lúdica. Son especialmente útiles en niños y jóvenes, ya que fomentan la relación entre iguales sin centrar la atención en la discapacidad de la persona.
“Estas actividades muestran que la inclusión en el agua no depende solo del tipo de deporte, sino de cómo se organiza la práctica. Bajo esta misma idea, Fundación Sanitas impulsa desde hace años el deporte inclusivo entre personas con y sin discapacidad, con proyectos que promueven su práctica en diferentes entornos, ya sea desde la escuela, la competición o la divulgación. El objetivo es que la inclusión forme parte natural de la actividad deportiva y no dependa únicamente de iniciativas puntuales”, concluye Yolanda Erburu, vicepresidenta de Fundación Sanitas.