Opinión

El valor de unas manos

Los oficios no desaparecen de un día para otro, no hacen ruido, no ocupan grandes titulares ni provocan manifestaciones. Simplemente, un día bajan la persiana y ya no vuelven a levantarla. Con ellos se marchan décadas de experiencia, de esfuerzo silencioso y de un saber que difícilmente podrá recuperarse cuando quienes lo poseen ya no estén.

Así están desapareciendo muchos de los oficios que durante generaciones dieron vida a nuestras calles y formaron parte de la identidad de España. El relojero que devolvía la precisión a un reloj heredado, el zapatero que prefería reparar antes que sustituir, el encuadernador que rescataba libros destinados al olvido, la bordadora capaz de convertir un hilo en una obra de arte. La mercería donde no solo se vendían botones, agujas o cremalleras, sino también consejos, paciencia y oficio, el panadero artesano que conocía cada masa por el tacto y no por la pantalla de una máquina.

No eran únicamente profesiones, eran una forma de entender el trabajo y, sobre todo, una manera de transmitir conocimientos de una generación a otra.

España fue durante muchos años un referente en numerosos sectores artesanales. Nuestros tejidos, bordados, encajes, manufacturas y trabajos realizados a mano cruzaban fronteras por su calidad. Detrás de cada pieza había horas de dedicación, precisión y orgullo por el trabajo bien hecho. Nada se improvisaba, cada detalle tenía importancia porque quien lo elaboraba ponía también una parte de sí mismo.

Sin embargo, el paso del tiempo, la transformación de la economía, la competencia internacional y nuestros propios hábitos de consumo han ido cambiando esa realidad. Poco a poco hemos sustituido la calidad por la rapidez, la reparación por el reemplazo y la durabilidad por lo desechable. Hoy resulta más habitual comprar un producto nuevo que arreglar el que ya tenemos, aunque muchas veces la reparación siga siendo posible.

También hemos dejado de aprender habilidades que antes eran habituales, cada vez menos personas saben coser un botón, hacer un dobladillo o remendar una prenda. Bordar, tejer o encuadernar parecen actividades reservadas a unos pocos. Lo que durante siglos fue conocimiento cotidiano corre el riesgo de convertirse en una curiosidad del pasado.

Con cada taller que cierra no solo desaparece un negocio, desaparece una historia familiar, una técnica perfeccionada durante años y una parte de nuestro patrimonio cultural. Hay conocimientos que no pueden conservarse en un libro ni almacenarse en un ordenador. Solo sobreviven cuando unas manos enseñan a otras manos.

No se trata de rechazar el progreso ni de vivir anclados en la nostalgia. La tecnología ha mejorado nuestras vidas en muchos aspectos y ha abierto oportunidades impensables hace unas décadas. El verdadero problema aparece cuando confundimos avanzar con olvidar, cuando creemos que todo lo antiguo carece de valor simplemente porque existe una alternativa más barata.

Quizá deberíamos preguntarnos qué estamos perdiendo realmente, porque un objeto fabricado artesanalmente no solo tiene un precio, tiene una historia. Cada puntada, cada costura, cada pieza de madera trabajada, cada hoja encuadernada o cada barra de pan elaborada con paciencia contienen algo que ninguna cadena de producción puede reproducir, el tiempo, la experiencia y la sensibilidad de quien las creó.

Las nuevas generaciones difícilmente valorarán estos oficios si nunca llegan a conocerlos. Por eso resulta tan importante protegerlos, apoyarlos y transmitirlos, no por romanticismo, sino porque forman parte de nuestra cultura y de nuestra identidad. Un país que pierde también a sus artesanos pierde también una parte de su memoria. Tal vez aún estamos a tiempo de cambiar algunas costumbres, de volver a valorar el trabajo bien hecho, de reparar antes que sustituir, de comprar menos y elegir mejor. Porque lo autentico lleva el sello de unas manos que saben, de una experiencia que no puede improvisarse y de una dedicación que ninguna máquina será capaz de reemplazar.

Cuando desaparece un oficio no solo se apaga un modo de ganarse la vida, se apaga una forma de entender el mundo, y esa perdida nos empobrece a todos, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello hasta que ya es demasiado tarde.

CONCHI BASILIO

Noticias de Opinión

El sentido de mis letras...

“El espíritu de la cooperación como el pensamiento cooperativo, ha de ser nuestro modo de gestionar los bienes colectivos, esos caudales que no deben ser sólo la propiedad de unos pocos y, aún menos, deben perseguir fines especulativos”

Moisés Palmero Aranda

“La familiaridad sirve en las pláticas más que el talento. Indudablemente, nada puede conseguirse sin esperanza y cordialidad. De ahí, la importancia de proteger el parlamentarismo y a sus mandatarios”