Opinión

La biblioteca de Leibniz

El genio universal que fue Leibniz se pone de relieve si pensamos en las 200.000 páginas que escribió a lo largo de su existencia. Se interesó por diversas materias de conocimiento: filosofía, teología, historia, matemáticas, lógica, derecho, física, lingüística, política, diplomacia e ingeniería. Fue un verdadero polímata. Nació en 1646 en Alemania y falleció en 1716 a los setenta años. Destacó también por ser un voraz lector. Su biblioteca particular constaba de 8.000 libros, pero también leía o resumía muchos otros que llegaban a sus manos o que podía consultar y extractar en bibliotecas europeas a las que tenía acceso, especialmente en Alemania. Los libros y la correspondencia le servían también para sus investigaciones en numerosas cuestiones. Su red de correspondencia estaba formada por más de mil intelectuales de su época, con los que se carteaba. Escribió a lo largo de su vida más de 15.000 cartas. Se comunicaba con Bernoulli, Huygens, Leeuwenhoek, Robert Boyle, Newton, Malebranche, Bayle, Tomasius, Des Bosses, Arnauld y muchísimos más. Las cartas que escribía Leibniz eran como una especie de laboratorio intelectual en el que analizaba y comentaba ideas, teorías e hipótesis de cuestiones científicas y también filosóficas y teológicas. Por ejemplo, la invención de los primeros microscopios llamó poderosamente su atención y observó que en una gota de agua se percibía la existencia de innumerables microorganismos dotados de vida y movimiento. Algo que también asombró no solo a la comunidad científica, sino también a la filosófica y a los teólogos.

Leibniz también realizaba resúmenes de la gran cantidad de libros que leía y los usaba como herramientas de trabajo para sus escritos. La originalidad y la inteligencia de Leibniz fueron prodigiosas desde su infancia. Comentaba extractos de libros, a los que añadía multitud de ideas personales que surgían en su mente. Ampliaba las ideas comentadas y sus escritos se hacían cada vez más extensos. Como indica Javier Echevarría "determinada memoria que en su forma acabada tiene 50 páginas in-folio salió de un cupón de 15 líneas." De hecho, se sabe que todas las obras de Leibniz siguen este procedimiento de escritura, con cristalizaciones sucesivas elaboradas en torno a un núcleo inicial muy reducido. Incluso en uno de sus libros más extensos los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, de más de 500 páginas, las notas que acumuló sobre el Ensayo sobre el entendimiento de Locke le sirvieron para elaborar profundos y extensos comentarios sobre la teoría empirista del conocimiento de este filósofo inglés. Su biblioteca constituye la base del pensamiento enciclopédico de Leibniz.

Además, la rapidez de su escritura le permitió producir una cantidad ingente de escritos sobre numerosas cuestiones de los distintos ámbitos del conocimiento de su tiempo. No se conoce un promedio exacto, pero, dada la enorme cantidad de manuscritos y correspondencia que escribió, una cifra del orden de diez páginas manuscritas diarias resulta verosímil, lo cual es realmente asombroso.

Leibniz buscaba una ciencia unificada, porque creía que todas las verdades están conectadas y forman parte de un orden racional. Era un argumentador extraordinario que no toleraba incoherencias ni contradicciones en los razonamientos.

Su ideal era una matemática universal: un lenguaje y una lógica universales capaces de expresar todo el conocimiento humano. De esta forma, se resolverían desacuerdos mediante el cálculo racional.

Leibniz trabajó para diversas casas principescas alemanas y dedicó muchos esfuerzos a promover la reconciliación entre el protestantismo y el catolicismo. Consideraba que muchas diferencias entre ambos eran más de forma que de fondo. Pensaba que podían superarse a través del diálogo racional y la búsqueda de doctrinas comunes.

El racionalismo monádico que elaboró Leibniz sostiene que la realidad está compuesta por sustancias simples e indivisibles llamadas mónadas. Estas no son partículas materiales, sino centros de fuerza, percepción y actividad. Cada mónada refleja el universo entero desde su propio punto de vista, aunque con distintos grados de claridad.

Leibniz rechazó los átomos materiales de tipo mecanicista, porque consideraba que la materia no podía explicarse como simple extensión y choque de partículas. Prefería mónadas inmateriales con fuerza y percepción. Pensaba que la física mecanicista era insuficiente para explicar la actividad interna de la naturaleza. Estaba equivocado, pero tampoco tenía forma de saber que lo estaba. En su tiempo, se desconocían muchas cuestiones en relación con los procesos naturales. Para Leibniz, la presciencia divina era el conocimiento previo, por parte de Dios, de todos los acontecimientos futuros dentro del mejor de los mundos posibles.

Leibniz desarrolló el cálculo infinitesimal de forma independiente a Newton, buscando un método general para el cambio y la variación. La notación de Leibniz permite manejar expresiones de forma simbólica y sistemática, lo que facilitó enormemente el desarrollo posterior del análisis matemático.

Leibniz dejó un legado inmenso en filosofía, teología, matemáticas y ciencia. En filosofía, desarrolló el sistema de las mónadas y la idea de la armonía preestablecida que influyeron en el idealismo posterior. En lógica, anticipó ideas del cálculo simbólico y la formalización del razonamiento. Su pensamiento influyó en la Ilustración y en la ciencia moderna, destacando por su visión integradora del conocimiento humano.

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Autor Bayardo Quinto Núñez Bayquinú