Hace un tiempo escribí una crítica literaria sobre la novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, sin haber visto su adaptación cinematográfica. Hoy, después de salir del cine, puedo reafirmarme en una idea que rara vez falla: los libros casi siempre son mejores.
He salido con un sabor agridulce. Aún no sé muy bien qué pensar de la película; quizá el problema hayan sido mis propias expectativas. Tal vez esperaba reencontrarme con la intensidad desgarradora de la novela y, en su lugar, me encontré con una versión suavizada.
Tengo la sensación de que buena parte del público no había leído la obra original y, por eso mismo, la disfrutó más que yo. Quien desconoce el texto de Brontë no echa en falta lo que no sabe que ha sido omitido.
Comenzaré por lo positivo. La interpretación de los actores es sobresaliente; el vestuario, impecable; y los paisajes, junto con el decorado, resultan verdaderamente inmejorables. La atmósfera visual está muy lograda, aunque, en mi humilde opinión, habría prescindido de ciertos detalles —como esas gafas de sol en una escena concreta— que rompen la coherencia temporal.
Hablo de "nueva versión" porque, en efecto, lo es: han eliminado personajes fundamentales, suprimido episodios clave —como el encuentro de Heathcliff y Catherine con los Linton— y alterado tanto el carácter como la esencia de varios protagonistas. Incluso han transformado el papel de Isabella hasta hacerlo casi irreconocible, ya que ha pasado de ser hermana a simple acolita. En definitiva, han reescrito media novela. Y digo media porque la segunda parte, al parecer, no despierta demasiado interés.
Es cierto que a mí misma esa segunda parte me resultó más densa en su momento; sin embargo, es en ella donde se revela con mayor crudeza el verdadero Heathcliff: vengativo, devastado, consumido por el resentimiento que nació en la primera mitad de la historia.
La película, en cambio, opta por romantizarlo todo en exceso. Se convierte así en una versión más comercial, más adaptada a la sensibilidad contemporánea. Incluso el ama de llaves, que, aunque no fue de mi agrado en la novela, tampoco era necesario convertirla en una villana envidiosa y vengativa.
Por otro lado, el giro que le han dado al personaje de Isabella desvirtúa por completo la intención original de Brontë. La historia se vulgariza, se sexualiza y se simplifica. Y aunque suene severo, mi crítica no implica que no haya disfrutado ciertos momentos de la película. De hecho, ha logrado materializar una fantasía compartida por muchos lectores: escuchar a los protagonistas pronunciar un "te amo".
En la novela no hay besos. Ni siquiera una confesión explícita de amor. Y, sin embargo, el amor está en cada página, latiendo con una intensidad que no necesita palabras. Se percibe. Ellos lo saben. El lector lo sabe.
Brontë no buscaba la perfección romántica; creó un universo de pasión desmedida, de frustración y de tormento. Un amor áspero, inquietante, que deja el alma en desasosiego. La película, en cambio, parece desconfiar de la inteligencia del espectador, como si fuera necesario subrayarlo todo, explicarlo todo, hacerlo más evidente —incluso a través de escenas prescindibles— para garantizar su comprensión.
El final, además, da la impresión de cerrar definitivamente la puerta a la continuación de la historia, como si la segunda generación nunca hubiera existido.
En conclusión, si deseas disfrutar plenamente de la película, quizá sea mejor no haber leído la novela. Pero si lo que buscas es comprender la intensidad, la oscuridad y la complejidad del amor que imaginó Emily Brontë, entonces acude al libro… y no esperes demasiado de la película.