Opinión

Envejecer con sentido: una mirada profunda a la vejez

El envejecimiento suele ser percibido en la sociedad contemporánea como una etapa negativa, asociada al deterioro físico, la pérdida de capacidades y la cercanía de la muerte. Sin embargo, desde una perspectiva existencial -particularmente la propuesta por Viktor Frankl- la vejez no es una condena ni un simple declive, sino una fase decisiva de la vida humana, cargada de posibilidades de crecimiento interior, responsabilidad y sentido. Envejecer con sentido implica asumir el paso del tiempo como parte natural de la existencia y descubrir que, aun en medio de las limitaciones, la vida sigue interpelándonos y ofreciéndonos una misión.

La vejez frente a una cultura que idolatra la juventud

Vivimos en una cultura obsesionada con la juventud, la productividad, la eficiencia y la apariencia física. El valor de las personas suele medirse por lo que producen, por su rendimiento laboral o por su imagen externa. En este contexto, la vejez se vive con temor, se disimula o se rechaza. Las arrugas se esconden, las canas se cubren y la palabra “viejo” se evita, como si nombrarla fuera reconocer una pérdida de valor.

Frente a esta mirada superficial, Viktor Frankl propone una visión radicalmente distinta: el valor del ser humano no disminuye con la edad, porque no depende de lo que tiene o de lo que hace, sino de lo que es. La vejez no elimina el sentido de la vida; por el contrario, puede intensificarlo. Cuando ciertas capacidades disminuyen, otras se fortalecen: la sabiduría, la reflexión, la profundidad, la capacidad de comprender la vida desde una mirada más amplia.

Envejecer no es solo sumar años, sino madurar. Madurar significa integrar la experiencia vivida, aprender de los errores, reconciliarse con la propia historia y asumir con mayor claridad la responsabilidad frente a la vida y frente a los demás.

Viktor Frankl y la búsqueda de sentido

La reflexión de Frankl sobre el envejecimiento no es teórica ni abstracta. Está enraizada en su experiencia vital. Como sobreviviente del Holocausto, Frankl vivió el sufrimiento extremo en los campos de concentración nazis, donde perdió a gran parte de su familia. En medio del horror, descubrió que incluso en las circunstancias más inhumanas el ser humano conserva una libertad fundamental: la libertad de elegir su actitud ante lo que le sucede.

De esta experiencia nació la logoterapia, una corriente psicológica que sostiene que la principal motivación del ser humano es la búsqueda de sentido. Para Frankl, la vida siempre tiene sentido, incluso en el sufrimiento, la enfermedad o la cercanía de la muerte. El problema no es lo que la vida nos da o nos quita, sino cómo respondemos a ello.

Esta visión se aplica plenamente a la vejez. Mientras haya vida, hay sentido. Mientras una persona esté viva, puede amar, aprender, dar, acompañar, reflexionar y asumir una responsabilidad. La vejez no es el final del sentido, sino una forma distinta de vivirlo.

El sentido como diálogo con la vida

Frankl afirmaba que el ser humano no debe preguntarse qué espera de la vida, sino qué espera la vida de él. La vida interpela constantemente a la persona, y esta responde con sus decisiones. En la vejez, esa pregunta sigue vigente: ¿qué me pide hoy la vida?, ¿cómo puedo responder desde mi situación actual?

En esta etapa, el sentido no siempre se encuentra en grandes logros externos, sino en pequeños actos cargados de significado: acompañar a alguien, transmitir una experiencia, escuchar, cuidar, reconciliarse, agradecer. La misión puede ser discreta, pero no por ello menos valiosa.

Aceptar el paso del tiempo con dignidad

Uno de los pilares de envejecer con sentido es la aceptación. Aceptar no significa resignarse ni rendirse, sino reconocer con honestidad los cambios que trae el tiempo. El cuerpo se vuelve más lento, algunas fuerzas disminuyen y ciertos roles sociales cambian. Sin embargo, aceptar estas transformaciones permite liberar energía para lo que aún es posible.

La dignidad en la vejez no depende de la ausencia de fragilidad, sino de la actitud con la que se vive. Una persona mayor puede perder capacidades físicas, pero no pierde su valor ni su identidad. Aceptar el envejecimiento implica reconciliarse con el propio cuerpo, con la historia personal y con los límites, sin que ello anule la alegría de vivir.

El valor de la experiencia y la memoria

La vejez es portadora de una riqueza única: la experiencia acumulada. Cada año vivido es una historia, una lección, una relación, una herida y una sanación. En un mundo que valora lo inmediato y lo nuevo, las personas mayores representan la memoria viva de la humanidad.

Envejecer con sentido implica reconocer que la experiencia no es un peso, sino un tesoro. El consejo de una persona mayor, su mirada serena y su capacidad de relativizar los problemas surgen de haber atravesado la vida con sus luces y sombras. Recuperar el valor de esta experiencia es esencial tanto para la persona mayor como para la sociedad.

Seguir encontrando propósito en cada etapa

Uno de los grandes miedos asociados a la vejez es la pérdida de propósito, especialmente cuando termina la vida laboral o cuando los hijos ya no dependen de uno. Sin embargo, Frankl sostiene que el sentido no se agota con una etapa. Cambia de forma, pero permanece.

El propósito en la vejez puede manifestarse de múltiples maneras: cuidar de los nietos, realizar voluntariado, transmitir conocimientos, escribir la propia historia, acompañar a otros en el sufrimiento, cultivar la espiritualidad o simplemente estar presente con amor. No existe un único modo correcto de vivir la vejez, pero sí la posibilidad constante de vivirla con sentido.

Dar como forma de trascendencia

Para Frankl, el dar es una de las vías más interesantes para encontrar sentido. Dar no solo bienes materiales, sino tiempo, atención, escucha, afecto y presencia. En la vejez, el acto de dar adquiere una dimensión especial, porque ya no busca reconocimiento ni éxito, sino trascendencia.

El dar permite salir del encierro en uno mismo y conectar con los demás. Incluso en medio del dolor o la enfermedad, una persona puede dar ejemplo de fortaleza, paciencia o esperanza. De este modo, la vejez se convierte en una etapa fecunda, capaz de transformar a quienes rodean a la persona mayor.

Prepararse para el final con serenidad

Hablar de envejecimiento es también hablar de la muerte. Lejos de ser un tema tabú, la conciencia de la finitud puede otorgar mayor profundidad a la vida. Saber que el tiempo es limitado nos invita a vivir con más autenticidad, a priorizar lo esencial y a reconciliarnos con nuestra historia.

Envejecer con sentido implica aprender a soltar, a despedirse, a cerrar ciclos y a mirar la vida con gratitud. No se trata de vivir con miedo al final, sino de prepararse para él con serenidad, sabiendo que una vida vivida con sentido puede culminar en paz.

El legado como respuesta a la vida

Una de las preguntas fundamentales de la vejez es qué dejamos cuando ya no estemos. El legado no se mide solo en bienes materiales, sino en valores, actitudes, historias y ejemplos. Muchas personas no dejan grandes herencias económicas, pero sí una huella profunda en la vida de otros.

El legado es una forma de trascender y de responder a la vida con responsabilidad. Es decir: “He vivido, he amado, he aprendido, y todo eso permanece en otros”. En este sentido, la vejez es una etapa privilegiada para tomar conciencia del impacto que nuestra vida ha tenido y sigue teniendo.

La espiritualidad como dimensión esencial

Con el paso de los años, muchas personas experimentan un despertar o una profundización de la dimensión espiritual. No necesariamente ligada a una religión concreta, sino a una conexión más honda con lo esencial: el sentido, la trascendencia, el amor, la verdad.

Frankl sostenía que el ser humano es cuerpo, mente y espíritu, y que el espíritu no envejece. Aunque el cuerpo se desgaste, el espíritu sigue buscando significado. La espiritualidad ayuda a afrontar la vejez con esperanza, a encontrar consuelo y a sentirse parte de algo más grande que uno mismo.

Decir “sí” a la vida hasta el final

La actitud fundamental que resume el pensamiento de Frankl es decir “sí” a la vida a pesar de todo. Ese “todo” incluye el sufrimiento, la pérdida, la fragilidad y la vejez. Decir sí no significa negar las dificultades, sino afirmarse en la vida con gratitud y compromiso.

Envejecer con sentido es una decisión cotidiana. Es elegir cada día vivir con intención, apreciar lo simple, cuidar los vínculos y responder a la vida con responsabilidad. La vejez no es el epílogo de una historia vacía, sino el último capítulo de una vida rica y profunda.

En definitiva:

Envejecer con sentido no es algo automático ni garantizado. Requiere conciencia, aceptación, humildad y gratitud. Es el resultado de una vida vivida con propósito, donde cada etapa ha sido asumida como una oportunidad de crecimiento.

Quien ha vivido con sentido llegará a la vejez no con miedo, sino con paz; no con arrepentimiento, sino con plenitud. Como afirmó Viktor Frankl, la vida cobra sentido precisamente cuando se le pone fin. Y ese final, si se ha vivido con autenticidad, puede convertirse en un acto de belleza y reconciliación con la existencia.

Miguel Cuartero. Orientador Familiar

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