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El I Encuentro Grupo Oretania de Cantautores y Poetas convierte a Infantes en el refugio inexpugnable de la palabra y el compromiso social

Dicen que el patio de La Alhóndiga de Villanueva de los Infantes custodia el eco de los siglos, la voz de los clásicos y el latido profundo del Campo de Montiel. En el silencio de sus columnas aún laten los surcos que los presos tallaron con desesperación, marcas de un dolor antiguo que el tiempo no ha borrado. Sin embargo, el pasado sábado, ese mismo espacio se despojó de sus sombras para vibrar con una energía bellamente humana, imperfecta y conmovedora, que transformó el viejo sufrimiento en una promesa cargada de futuro.

El primer Encuentro Grupo Oretania de Cantautores y Poetas Manchegos no fue un festival más; fue una liturgia de la resistencia cultural, un manifiesto lírico y un abrazo colectivo que demostró que, en pleno siglo XXI, el arte nacido del alma sigue siendo el único refugio inexpugnable para el espíritu humano.

Ante un aforo entregado, catorce creadores ciudarrealeños —siete poetas y siete cantautores— se dieron la mano en un escenario donde la palabra desnuda y las cuerdas de las guitarras tejieron un tapiz inolvidable. La jornada, que había comenzado por la mañana con una fecunda mesa redonda, alcanzó su clímax en la tarde con un recital poético-musical que ya forma parte de la historia cultural de la provincia.

El preámbulo del recital estuvo marcado por el protocolo institucional, pero un protocolo teñido de cercanía y convicción. La alcaldesa de Villanueva de los Infantes, Carmen María Montalbán, abrió el turno de intervenciones con palabras de sincera gratitud hacia el Grupo Oretania, una entidad que ha hecho de la descentralización de la cultura su bandera. Montalbán ensalzó el esfuerzo titánico de Vicente Castellanos y Luis Díaz-Cacho Campillo para levantar un encuentro de esta envergadura desde la pura ilusión. "Gracias por venir a Infantes, por compartir vuestro talento y por llenar este espacio de sensibilidad, de emociones y de cultura", pronunció la regidora.

Para Montalbán, la cita tenía un doble significado. Por un lado, el rescate de la memoria: "Este encuentro sirve para recordar y rendir homenaje a Javier Segovia, una figura humilde y ligada a la canción de autor manchega. Recordar su legado es también reconocer a quienes han hecho de la música y la poesía una forma de transmitir sentimientos, ideas y compromiso". Por otro, la reafirmación de una identidad telúrica: "Villanueva de los Infantes siempre ha sido tierra de historia, de literatura y de arte. Desde el Ayuntamiento seguimos creyendo firmemente en la cultura como una forma de unir a las personas y dar vida a nuestros pueblos".

Tomó el testigo Luis Díaz-Cacho Campillo, coordinador del elenco poético, quien desgranó la intrahistoria y los pilares estructurales del festival. Rememoró que el proyecto nació en agosto de 2025 bajo el influjo de las tierras de Calatrava, materializándose ahora de la mano de siete cantautores y siete poetas. Díaz-Cacho lanzó una propuesta formal al Ayuntamiento, que Villanueva de los Infantes se convierta en la sede fija e indefinida de este encuentro. Explicó, además, una hermosa inversión de roles respecto al histórico del Grupo Oretania, "En esta ocasión, los papeles se invierten, es la poesía la que acompaña a la música como elemento principal". Justificó la selección de los poetas (Eloísa Pardo, Juan José Guardia Polaino, Luis Romero de Ávila, Presen Pérez, Teresa Sánchez Laguna y Marciano Sánchez) bajo criterios de estricta cercanía al Campo de Montiel.

Vicente Castellanos comenzó evocando una vieja canción de Rafa Amor, 'La pared', para recordar que las barreras se derrumban "ante la fe, ante la verdad, ante el amor y ante una canción". A partir de ahí, hiló una bellísima disquisición sobre el oficio del cantautor en la contemporaneidad.

Castellanos explicó que el rol del creador ha cambiado drásticamente desde los estertores de la Transición. Si entonces se buscaban himnos colectivos para "soñar" con un mundo nuevo, hoy el cantautor busca en el interior para "descubrir", adoptando un rol mucho más intimista, volcado en la estética, la belleza y la simbiosis con el poema.

"La IA te puede hacer una canción en diez o veinte segundos", reflexionó Castellanos mirando al público. "Vale, bien. Pero lo nuestro es pura magia. Lo nuestro es estar delante de la gente, mirarlos a los ojos y sentir prácticamente su respiración. Esa magia, esa respiración compartida de una canción interpretada de una manera que nunca más se repetirá, porque depende del estado de ánimo, del día y de los que tienes delante... eso es irrepetible. Frente al algoritmo, nosotros buscamos nuestra identidad, nuestra autoestima, conocernos y valorarnos".

Cantautores y poetas

El cuerpo central del festival se articuló como un diálogo continuo donde la música de autor y el recital poético se alternaron sobre el escenario. El encuentro se estructuró a través de un equilibrado y simétrico cartel de siete cantautores y siete poetas que desnudaron su sensibilidad social y humana ante el público.

Alfredo Sánchez inició su actuación aludiendo a la última hoz guardada por su familia, labrada en madera de olivo por su tatarabuelo, como símbolo del trabajo en el campo. Seguidamente interpretó una antigua "canción de Siega" centrada en el rigor del verano manchego ("Madre mía, qué calor, estoy a la sombra y sudor"). Tras la pieza intimista Vivir para sentir, cerró con Vengo, un tema compuesto en relación con las restricciones colectivas de la pandemia que funciona como un inventario de elementos identitarios de la región como son el trigo, la noria, el azafrán, el queso viejo, la navaja y la cal.

La autora infanteña Presentación Pérez centró su participación en la exploración de los paisajes cotidianos y la memoria familiar. Su primer texto fue 'Tu mirada', extraído de su poemario "Con nombre propio" (Mahalta), un tributo a su madre donde contrastó el refugio de la infancia con la actual ausencia de la figura materna, "Mis párpados se entornan con tu nombre; tu eco en los espejos y tu voz... son cinceles que graban mis mejillas". Posteriormente leyó 'Dónde pongo la mirada' (de su libro Perfiles, reflexiones y miradas), un texto que sitúa el foco lírico en la periferia social y en la realidad de los desposeídos de la era contemporánea.

Ángel Aguas encarnó la vertiente del músico enfocado en la crónica social y la justicia de base. Comenzó actuando en sintonía con Presen Pérez, vistiendo con arpegios los poemas de la autora para acentuar su carga dramática. En solitario, ofreció el tema 'Una historia de oro', una composición dedicada a visibilizar los accidentes laborales a través del relato de Juan, un obrero joven víctima de la precariedad y de la falta de medidas de seguridad en la construcción. Aguas se despidió con 'La canción de las canciones', un tema de insumisión juglaresca que rechaza la tibieza creativa en el panorama musical.

Luis Romero de Ávila, que habitualmente acaricia el aplauso con la arquitectura perfecta de sus sonetos, decidió esta vez romper sus propios moldes. "Hoy no vengo de sonetos", advirtió al respetable, antes de descorchar un poema inédito, vibrante, que en sus propias palabras aún "olía a caliente", "La estrofa de Endia en fa", una obra lírica que celebra la fusión indisoluble entre la música y la palabra, presentándolas como un refugio espiritual capaz de transformar la melancolía en esperanza. Mediante el uso de la personificación —como unas cuerdas que sonríen al hablar de la vida— y la petición de vivir el arte con calma, el autor eleva la figura del creador a la de un iluminador de pasiones. Finalmente, el texto culmina con una ingeniosa metáfora donde las notas de la escala musical, del do al si, desfilan para sellar la fraternidad de los presentes y sentenciar que la canción y la poesía son una misma fuerza capaz de escribir la historia.

La poeta local Eloísa Pardo Castro comenzó su intervención expresando su arraigo por Villanueva de los Infantes y el propio edificio de La Alhóndiga. Su lectura constó de dos partes. La primera fue un recorrido nostálgico por hitos urbanos de París (Montmartre, el Sena, el Sacré-Cœur), donde abordó la ausencia de compañía en los paisajes idílicos. Su segundo poema, precedido por una cita del escritor Luis García Montero ("Tal vez la vida solo nos tiene que dar aquello que después sabe quitarnos"), estuvo dedicado al amor tardío y su capacidad para romper el aislamiento en la madurez.

Víctor Manuel Gutiérrez Caballero, anunciado bajo su alias artístico, "Febo" manifestó su satisfacción por actuar en el festival antes de interpretar 'Sopa de letras'. Esta pieza rindió tributo a los grandes nombres de la canción de autor hispana, enlazando títulos y referencias de temas clásicos de autores como Aute, Sabina o Cecilia. Para interpretar 'Recuerdos de una noche de verano', el cantautor invitó al escenario a su hija, María Gutiérrez. Ambos cantaron a dúo un tema que escenificó el relevo generacional y la continuidad de la canción de autor en la provincia.

La cantautora María De Toro ofreció una intervención de corte vitalista. En sus primeras palabras, celebró la oportunidad de ampliar la representatividad y las voces femeninas en el cartel del festival. Interpretó dos temas orientados a la superación personal. El primero, titulado 'Como un paso', recurrió a la metáfora del caminar de un gato para describir los procesos de reconstrucción individual y búsqueda de autonomía, "Es un gato que va encontrando todo a su paso... todo a tu paso eres tú". Cerró su bloque con 'Presente continuo', una pieza sobre la toma de decisiones firmes frente a las dificultades del pasado.

Luis Díaz-Cacho regresó a los micrófonos en su faceta literaria. Con un discurso directo, expuso cómo el fallecimiento de su padre y de su hermano influyeron en su obra, afirmando que las pérdidas ayudan a madurar y deben compartirse de forma natural. Recitó un poema de corte existencial centrado en la aceptación de lo efímero de la vida, "Amanecer cada día como si de nuevo naciese... Tan sólo quiero ser uno más". Concluyó con 'La España posible', una radiografía social del Campo de Montiel que sirvió de alegato contra la despoblación y en defensa de las gentes del entorno rural.

Vicente López transformó el encuentro en Villanueva de los Infantes en un poderoso espacio de memoria y compromiso social. En la primera parte de su intervención, el cantautor rindió homenaje a Javier Segovia y emocionó al público con una bellísima "nana para muy mayores", inspirada en el paisaje de Moral de Calatrava y dedicada a la mujer manchega como constructora de vida. Posteriormente, su guitarra se convirtió en un instrumento de disidencia política y denuncia social; al evocar los versos de Pablo Guerrero y recordar la tragedia de la Nakba, López alzó un clamor desgarrador contra el genocidio en Palestina, transformando su música en un manifiesto de insumisión y revolución pacífica frente a la indiferencia del mundo.

La poeta de Valdepeñas Teresa Sánchez Laguna centró la primera parte de su intervención en la lectura de 'Descarnado trozo'. Este poema, de marcado realismo urbano, narra una experiencia verídica de la autora en la salida del metro de la Puerta del Sol en Madrid ante una anciana sin hogar, reflexionando sobre la indiferencia colectiva: "¡Qué secos los ojos cuando se cierran! Mis pies retoman su triste camino dejando un jirón de muerte marchito". Finalizó su tiempo en el escenario con 'Corazón de Luna', un homenaje literario inspirado en la obra Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.

Con Sandalio Morales, el escenario se inundó de nostalgia y verdad, el cantautor de Membrilla que convirtió su intervención en un puente entre el amor filial y la militancia social. Tras evocar con cercanía sus lazos con el recordado Javier Segovia, el artista desnudó el alma ante un aforo conmovido al interpretar "Canción para mis hijos", un emocionante himno familiar de 1980 que culminó en un vibrante recitado contra el éxito deshumanizado y a favor de los oprimidos. Con el pulso firme frente a la actualidad, Sandalio remató su paso por Villanueva de los Infantes rescatando la inmortal obra de Rafael Amor, "No me llames extranjero", precedida por una certera crítica a la hipocresía de las fronteras y las banderas, consolidando un espacio de resistencia cultural donde la música y la palabra recordaron que, por encima de cualquier división, solo habita la fraternidad humana.

Juan José Guardia Polaino ofreció un recital de un impacto emocional devastador, transformando la palabra escrita en una herramienta de combate ético y denuncia social. En el primer bloque de su intervención, el poeta recuperó una obra de 1989 para trazar un mapa histórico de la crueldad humana, denunciando con rabia y lirismo las masacres de Bagdad, el napalm, el hambre en el Amazonas y la opresión en Centroamérica. Posteriormente, conectó este dolor histórico con la actualidad más descarnada al recitar un poema inédito dedicado a la infancia palestina bajo el asedio. Con un lenguaje combativo y despojado de artificios, Polaino ofreció su voz unánime para romper el bloqueo de la indiferencia, denunciando las condiciones inhumanas de la guerra y exigiendo justicia para las víctimas más vulnerables del conflicto.

Marciano Sánchez ofreció una lectura poética de honda raíz social y telúrica, convirtiendo su intervención en un viaje descarnado a las entrañas del sufrimiento obrero. El poeta de Puertollano comenzó su intervención rindiendo un emotivo tributo a la memoria de Javier Segovia, recordando con gratitud el premio que en 1985 unió sus caminos y que justificaba su presencia en el encuentro. A partir de ese lazo histórico, desgranó un díptico poético de una crudeza bellísima sobre las clases trabajadoras de la región. Centró su lectura en dos realidades laborales del entorno provincial: el agricultor manchego ante los imprevistos climatológicos del granizo y, apoyado en una cita de Rabindranath Tagore, el sufrimiento de las familias en la cuenca minera ("Voces negras de mineros que aún no han vuelto").

El cierre definitivo del festival estuvo guiado por la generosidad de su coordinador melódico, el infanteño Vicente Castellanos. Presentándose con humor como de los "últimos de Filipinas", Castellanos se mostró profundamente emocionado por el nivel humano, poético y musical visto en Infantes: "Los poetas son la palabra, la palabra es el encuentro y el encuentro es la vida, es la esperanza". Evitando el lucimiento solitario, convirtió su espacio en un acto de justicia hacia el poeta de Valdepeñas Juan Camacho, ausente por motivos de salud tras sufrir un ictus reciente. Actuando a dúo con Teresa Gallego, Vicente musicalizó de forma bellísima un poema de Camacho, "En el manantial donde arrulla su boca el agua, dejaría colgadas dos sílabas por si hubiera de ir a buscarla".

Finalmente, Castellanos se adueñó del broche de oro al presentar una canción nacida de un poema de Luis Díaz-Cacho. Tras confesar con humor que la primera vez que lo leyó le pareció "un poco tonto", admitió haber descubierto después que albergaba "la vida misma". Con 'La vida es el amor', un vibrante himno existencialista sobre caerse, levantarse, sufrir, disfrutar y seguir caminando con el amor como único absoluto, "Me levanto, tropiezo, me caigo, me vuelvo a levantar... siempre amo, el amor es la vida". Con el público infanteño cantando a pleno pulmón y acompañando con palmas bajo los soportales de La Alhóndiga, se clausuró una tarde inolvidable de fraternidad y memoria viva.

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