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6 de cada 10 personas se han sentido mal alguna vez por no tener deseo sexual, según Platanomelón

Más de la mitad reconoce altibajos en su deseo sexual, en un contexto marcado por la carga mental, la presión social y la brecha orgásmica

Solo el 42% de las mujeres afirma sentirse satisfecha y en equilibrio con la forma en que está viviendo su deseo sexual

La experiencia no elimina la presión: casi la mitad de las mujeres entre 25 y 44 años ha fingido un orgasmo

Hablar de bienestar ya no es solo hablar de salud mental, deporte o skincare. También es hablar de deseo sexual. Y ahí los datos invitan a frenar un momento y mirar con un poco más de profundidad.

En una reciente encuesta realizada por Platanomelón, el 61% de las personas reconoce haberse sentido culpable alguna vez por no tener deseo sexual. Es un dato que refleja hasta qué punto el deseo sigue estando atravesado por expectativas y presión social: cuando baja, muchas veces no se vive como algo natural, sino como algo que hay que explicar, justificar o incluso “arreglar”.

Esta presión convive con una realidad más amplia. Según la radiografía presentada por la marca, solo el 42% de las mujeres afirma sentirse satisfecha y en equilibrio con la forma en que está viviendo su deseo sexual. Dicho de otra manera: más de la mitad reconoce que su deseo sexual no siempre está alineado con cómo le gustaría vivirlo.

En un momento en el que el placer femenino está más presente que nunca, en redes, en medios y en conversaciones cada vez más abiertas, el dato llama la atención. Porque hablar más de deseo sexual no significa necesariamente vivirlo con más calma o más conexión.

Además, las mujeres declaran con mayor frecuencia sentir falta de deseo sexual, mientras que los hombres tienden a afirmar que experimentan más deseo sexual de lo habitual.

Salud mental, presión social y deseo sexual

Y aquí el contexto importa. La carga mental, la conciliación, el estrés constante, la presión por “llegar a todo” o incluso la autoexigencia estética no se quedan fuera de la ecuación: también influyen en cómo se experimenta la sexualidad. El deseo sexual no es solo algo físico, sino también emocional y cultural.

A esto se suma otra percepción muy extendida: el 78% considera que todavía se espera que los hombres disfruten más del sexo que las mujeres, y el 66% cree que las mujeres siguen cargando con mayor presión para “hacerlo bien” en la cama.

Aunque la narrativa pública ha cambiado y el placer femenino ha ganado espacio, los guiones culturales no desaparecen de un día para otro. Y cuando el deseo sexual se cruza con expectativas externas, la culpa y la autoexigencia aparecen con facilidad. Hablar de deseo sexual es, en el fondo, hablar también de salud mental.

Más experiencia, pero no menos presión

Estas expectativas también influyen en cómo se vive el placer y el orgasmo. El análisis por edad revela que el orgasmo no está presente para todas. Entre un 20% y un 25% de las mujeres afirma no haberlo experimentado en sus relaciones, una proporción que se mantiene relativamente estable a lo largo de las distintas etapas de la vida. Aunque el 79% de las mujeres de 25 a 34 años dice haber tenido un orgasmo, el porcentaje baja ligeramente en otros grupos de edad: 78,7% entre 45 y 54 años, 76,4% entre 35 y 44 y 75,5% entre 55 y 65.

A esta realidad se suma otro dato significativo que acentúa la brecha orgásmica: casi 1 de cada 2 mujeres entre 25 y 44 años reconoce haber fingido un orgasmo alguna vez (49,7% entre 25 y 34 años y 49,8% entre 35 y 44). Entre las más jóvenes, de 18 a 24 años, la cifra baja al 33,8%. Frente a un 95% de los hombres heterosexuales que afirma alcanzarlo en la mayoría de sus relaciones sexuales.

Es decir, más experiencia no siempre implica menos presión para la mujer. Fingir no siempre responde a la falta de placer, sino a dinámicas de complacencia o a evitar incomodidades en la relación. El deseo sexual puede estar presente, pero no siempre se vive con total libertad ni de forma equitativa en la pareja.

En este contexto, la conversación sobre sexualidad femenina va más allá de visibilizar el placer: también implica cuestionar las expectativas que todavía condicionan cómo se vive.

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