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"Fui campeón del mundo y debía dinero": la confesión más cruda de Kiko Martínez

Seis Europeos. Cuatro Mundiales. 44 victorias y 31 KO. Desde fuera, la carrera de Kiko Martínez parece una de esas historias que se cuentan solas: talento, cinturones, gloria. Pero cuando se sienta a hablar sin postureo, el relato cambia de color.

Porque lo más duro -insiste- no es el golpe, ni el rival, ni siquiera el miedo. Lo más duro es lo que ocurre cuando se apagan las luces del gimnasio y empieza la vida real: "El entrenamiento no es lo más duro. Lo más duro es vivir como atleta".

Esa es la línea que atraviesa la conversación con Juan Pedro Espadas, CEO de ENFAF, en su podcast. Un episodio que no va de épica fácil, sino de algo más incómodo: soledad, necesidad, obsesión y un deporte que muchas veces premia más al que "vende" que al que mejor pelea.

"He peleado lesionado… y he ganado": cuando el cuerpo se rompe, pero la vida aprieta

Kiko lo dice sin dramatismo. Como quien explica una norma no escrita del boxeo profesional:

"He peleado lesionado y he ganado."

Costillas rotas. Desgarros. Hombros dañados "de punta a punta". Infiltraciones. Voltarén. Sprays. Y un plan que, en realidad, no era un plan: "echarle huevos y decir que sea lo que Dios quiera".

¿La razón? No es heroísmo. No es romanticismo deportivo. Es algo más simple y más brutal: "Me hacía falta ese dinero."

Y ahí se cae el mito más cómodo: el del campeón como figura intocable. Kiko cuenta que incluso siendo campeón mundial, llegó a subir al ring porque lo necesitaba, porque en el boxeo —como en tantos deportes— la estabilidad no está garantizada.

En su boca suena a sentencia: "Al final, el que pelea casi siempre pelea por necesidad."

El boxeo mueve dinero… pero no lo reparte igual

Hay una pregunta que flota durante todo el episodio: ¿cómo puede existir semejante desbalance en un deporte que genera millones? Kiko lo resume con una frase que explica más que cualquier informe:

"Aquí quien gana dinero es el que vende. El que no vende no gana dinero. Da igual lo bueno que seas."

Pay-per-view, televisión, promotoras, narrativas. Un sistema donde el talento pesa, sí, pero no siempre manda. Kiko lo plantea con un punto de resignación —casi de fe— cuando admite que su carrera siempre fue "a la sombra" y que, de alguna manera, eso lo salvó: menos margen para "liarla", menos ruido, menos distracciones.

Porque el ruido, en su mundo, es veneno.

"Hay que enamorarse de la soledad": la cara B del alto rendimiento

Si esperas que el campeón hable de gloria, te equivocas. Cuando le preguntan qué es lo más duro del boxeo, Kiko no habla de golpes. Habla de soledad. Y lo dice como una condición imprescindible: "Hay que enamorarse de la soledad."

La soledad como rutina. Como método. Como filtro. Comer solo. Entrenar solo. Levantarse de madrugada. Apartarte de tu pareja, tu hija, tus amigos. No por desprecio, sino por foco.

"Lo más duro es estar fuera de tu gimnasio y vivir como un atleta."

Dentro del gimnasio —dice— todo el mundo entrena. Lo difícil es lo demás: las otras veintidós horas. Lo que comes. Lo que duermes. Lo que evitas. Lo que callas cuando ves una pizza delante y tú tienes tres huevos con atún. Lo que tragas cuando tu vida social sigue… y tú no puedes seguirla.

Kiko lo cuenta sin victimismo, pero con una honestidad rara en el deporte de élite: dormir separado para no perder descanso, evitar gente para no caer en tentaciones, vivir en "modo campamento" incluso dentro de casa, repetir y repetir hasta que el cuerpo responda solo. En su caso, esa disciplina llega a rozar la obsesión y no se esconde: "No quiero curarme de eso. Es lo que me mantiene vivo."

Cuando "más" no significa "mejor": el error que le costó el cuerpo

Hay otra confesión que desmonta un mito muy extendido: el del sacrificio entendido como exceso.

Kiko reconoce que durante años vivió con una idea que hoy le parece tóxica: "Antes era 'más es mejor'. Ahora sé que más no es mejor."

Entrenamientos interminables. Sobrecargas. Chalecos lastrados subiendo cuestas durante semanas. Pesos brutales. Días y días sin bajar el ritmo. El resultado: lesiones, desgaste, compañeros que se quedan por el camino.

Con el tiempo, llega la otra gran palabra del episodio: ciencia.

Kiko contrasta lo que se hacía antes —no beber agua entrenando, recortes extremos— con lo que sabe ahora: estrategias de carga y descarga, recuperación, periodización. Lo dice claro: "La ciencia hay que escucharla."

Y aun así, el cuerpo recuerda. Y el ring, como él mismo repite, no perdona.

"El ring no perdona, pero tampoco miente"

Esta frase es, probablemente, el titular moral de toda la conversación. Kiko la lanza como si fuera una ley física:

"El ring no perdona, pero tampoco miente."

No puedes engañarlo. Si no hiciste lo que tocaba, lo pagas. Y cuando llegas a la élite, donde todos son fuertes y todos son buenos, lo que decide no es el talento: son los detalles.

Comer bien. Descansar bien. Gestionar la cabeza. Cuidar el entorno. No discutir en casa. No vivir al límite por fuera del deporte. Todo suma. Todo se nota.

Y, sobre todo, todo tiene un coste.

Retirarse no fue el final: fue dejar de mirar el móvil cada minuto

La parte más humana del episodio llega cuando habla de la retirada. No como un cierre perfecto, sino como un intento de escapar de una tortura silenciosa: "¿Tú sabes lo que es esperar 24/7 una llamada telefónica… durante meses, años?"

Ese estado de alerta permanente —"no me llaman, no me llaman"— lo estaba destruyendo. No era solo ansiedad deportiva. Era supervivencia emocional.

Y aquí aparece una contradicción preciosa: se retira… pero sigue entrenando como si mañana fuera a pelear. No por dinero. No por fama. Por algo más difícil de explicar: identidad.

"Mi mente cree que no está retirada todavía."

Tres consejos de Kiko a los que sueñan con el boxeo

Al final, cuando le piden tres consejos para los jóvenes que sueñan con apostarlo todo al boxeo, Kiko no vende humo ni frases motivacionales vacías. Vuelve a la crudeza que ha marcado su carrera: primero, obsesión, no solo disciplina —"la disciplina te hace ir, la obsesión te hace hacerlo bien"—; segundo, cuidarse de verdad, sin alcohol, sin drogas, sin atajos que comprometan el rendimiento; y tercero, rodearse bien y proteger la estabilidad emocional, especialmente la relación de pareja, porque cuando eso se rompe, todo lo demás empieza a tambalearse. No suena bonito. Suena real. Y por eso funciona.

No suena bonito. Suena real. Y por eso funciona.

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